Murciana, formada en la ESAD de su ciudad y lanzada a la fama internacional por el cortometraje Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2017), que le valió el premio a mejor actriz en Venecia y una nominación al Goya, Marta Nieto es hoy una de las actrices más sólidas del panorama español. Premio Max 2023 por La infamia y debutante como directora con La mitad de Ana (Seminci, 2024), llega ahora a los escenarios con Tres noches en Ítaca, el nuevo texto de Alberto Conejero dirigido por María Goiricelaya, junto a Cecilia Freire y Amaia Lizarralde. La obra recala en Murcia el 8 de mayo y en Molina de Segura el 16 del mismo mes.
En Tres noches en Ítaca interpreta a Ariadna, la más racional de las tres hermanas: una astrónoma que no perdona a su madre y antepone su carrera a todo lo demás. ¿Le resulta un personaje incómodo o cercano?
Alberto Conejero es un autor muy poético y hay algo de los arquetipos de los personajes que representan, de una manera marcada, diferentes personalidades. Ariadna, es la más mental, la que ha antepuesto su carrera a todo lo demás porque tiene una ambición, quiere realizarse, tiene un talento. Su arco es quizá el más radical: empieza de una manera y acaba en un lugar completamente diferente. En realidad es bastante lúdico de interpretar, porque hay que hacer grandes transiciones y entender de manera profunda este tipo de personalidades. Hay una frase de ella muy significativa: «vocación hace que la vida te estorbe». Eso nos ha resonado a muchas dependiendo del momento. La incursión de la mujer en el mercado laboral hace que, cuando tienes una pasión y una vocación, a veces se olviden otras cosas. Ese punto de partida, tan humano y tan común, genera un viaje muy profundo y tremendamente poético.
Cuanto mejor esté yo y más disfrute de la vida, más voy a poder enseñarle a mi hijo cómo disfrutarla
Usted se apuntó al teatro de adolescente, en Murcia y descubrió su vocación. ¿Fue una certeza o un susto?
Me apunté instintivamente a clases de teatro. Era una chica muy tímida, hasta tartamudeaba, y me costaba encontrarme. Me subí a un escenario en el instituto y tuve la certeza de que, a través de otros personajes, podía encontrarme a mí. Fue una epifanía; lo recuerdo como una señal indudable que me daba mucha fuerza. En mi familia no hay actores y te tienes que mover, superar obstáculos. Esa fuerza te la dan la vocación y la certeza de que eso es para lo que tiene sentido tu talento.
Las tres hermanas tienen entre cuarenta y cincuenta años, la madre cerca de los setenta. Es una obra protagonizada por mujeres. ¿Nota que la industria está cambiando?
Poco a poco las cosas van evolucionando. Que un dramaturgo contemporáneo tan importante como Alberto Conejero decida escribir sobre cuatro mujeres en la mediana edad, en la madurez, es muy significativo. Hay una demanda de público que quiere verse reflejado. Las salas de teatro, las de cine, las bibliotecas, las exposiciones están llenas de mujeres que sostienen la cultura, y es importante que se vean reflejadas en lo que se cuenta.
La obra plantea algo difícil: entender a una madre no como madre, sino como persona con deseos propios que quizá no coinciden con los de sus hijos. ¿Cuánto de ese ejercicio ha hecho usted en su propia vida?
La reflexión que te propone la obra la transitas tú primero, como artista, para poder ofrecérsela al público. Hay algo muy valioso en una mujer que, con setenta y seis años, decide dedicarse a sí misma, reinventarse, renacer en un cuerpo más viejo. Las madres y los padres, además de dar amor, intentamos enseñar a vivir. ¿Y cómo se enseña si no das tú el ejemplo? Hay una frase preciosa de la función: «qué fuerte cuando descubres que las madres son personas». Yo soy mucho más que la madre de mi hijo. Cuanto mejor esté yo, cuanto más disfrute de la vida, más voy a poder enseñarle a disfrutarla.
Estuve un tiempo en tierra de nadie porque no necesitaban actores murcianos; eso está cambiando
Si en lugar de madre hubiera un padre en esta obra, probablemente no se hablaría de ‘abandono’, sino de ‘búsqueda personal’. ¿La obra toma partido sobre eso o lo deja deliberadamente en el aire?
Alberto Conejero lo coloca de manera sutil para ir hacia la luz. El texto no ahonda en el drama ni en las oscuridades que puede haber en las familias, sino que, poniéndolas de manifiesto, va construyendo el retrato de la madre hacia la gratitud. Todos lo hacemos lo mejor que podemos, y esa madre también. Al final, no te quiero hacer espóiler, pero hay un tratamiento en el que la madre sigue gestionando a las hijas, cada una a su manera. La ausencia no es tal, en realidad.
Conejero la define como tragicomedia. Se habla de pañuelos en el patio de butacas, pero también de risas. ¿Cómo se trabaja ese equilibrio desde el escenario?
Hay un personaje más cómico, con una personalidad muy lúdica, que es Penélope, la hermana mayor. Luego está el personaje roto y precioso que interpreta Cecilia Freire. Y luego Ariadna, más fría y racional. El contraste entre ellas es hilarante por momentos. El humor está en los caracteres y en la situación, no está forzado, porque la obra es, sobre todo, realista.
Hemos podido verla como actriz y también dirigiendo su primera película. Dirigir es una exposición distinta: ya no puede esconderse detrás del personaje. ¿Cómo salió de esa protección?
Entiendo el trabajo y la vida como retos, como aprender cosas nuevas. Sentí la pulsión de escribir y de dirigir y pude hacerlo muy bien acompañada. No hay un planteamiento fijado en el resultado ni en la exposición, sino en el proceso. Me gustan los procesos: ir haciendo herramientas, hacer cosas que no he hecho antes. Desde ahí aparece la oportunidad, y desde ahí elijo los papeles cuando puedo: algo que no haya hecho antes, que me lleve a lugares diferentes, que me enseñe algo que no sé.
Cuando vuelve ahora a la interpretación, ¿le resulta más fácil o más difícil haber dirigido? ¿Ve cosas que antes no veía?
Hago el ejercicio de asumir solo mi parte. No me pongo el traje de ‘cómo lo haría yo’. Me coloco como un elemento de color para funcionar en el espectáculo y confío absolutamente en la dirección, porque si no, es imposible. El crédito es de otro.
Siendo de Murcia y no de Madrid ¿nota que el origen geográfico deja huella en cómo una se mueve por esta industria?
Cuando yo llegué a Madrid había una manera de expresarte que era la que todo el mundo adquiría. Pero no lo siento como una renuncia. Mi trabajo es ser flexible y moldeable: puedo hacer de murciana, de gallega, acento neutro… Mi trabajo es ser plástica. Las separaciones creo que no aportan. Lo que sí es cierto es que hay industrias cada vez más regionales: la gallega, la catalana, la andaluza tienen sus propios trenes. Murcia es una comunidad que ahora empieza a moverse, hay ayudas, se incentiva el rodaje. Es muy importante, porque el imaginario de la idiosincrasia de la Región no solo lo podemos contar nosotros desde allí. Yo he estado mucho tiempo en tierra de nadie, porque nunca necesitan actores murcianos. Creo que eso empieza a cambiar, y es bueno para que nos contemos nosotros a nosotros mismos.
Usted pidió en una ocasión que no retocaran sus fotos. ¿Le costó y le pasó factura?
Soy bastante poco beligerante, pero no me gusta sentirme manipulada. No lo considero una cruzada de mi carrera, pero soy yo, con mis cosas, y me gusta lo que hace el paso del tiempo en mí, en todos los sentidos: en mi conciencia, en mi forma de ser, pero también en mi cara, en mi cuerpo, en mi pelo. Respetarme forma parte de mi manera de ser. No considero que sea algo excepcional. Tenemos que convivir y respetarnos, y yo soy de esta manera.
Madre fue el gran punto de inflexión. ¿Tenía intuición de lo que iba a pasar?
Sí que tenía un deseo, porque en ese momento sentía muchas ganas de hacer personajes más grandes, más profundos, donde me metiera a fondo. Había mucho deseo puesto en que pasara algo así. Y pasó. Fue una de las películas más importantes de mi carrera y lo agradezco un montón. Me colocó en otro sitio desde el que he podido hacer otras cosas. Una sorpresa, sí.
El teatro le ha dado un Premio Max, el cine premios en Venecia, y ha debutado como directora. Dejando al margen los premios, ¿qué le da cada lenguaje que el otro no puede darle?
Para mí tiene que ver con las historias y los personajes. Hay historias cuyo formato perfecto es el teatro, que son muy difíciles de trasladar al cine. Cada historia encuentra su manera de expresarse. La brújula para mí es: personajes que me enseñen algo, que me lleven a lugares donde no he ido, en los que pueda desahogar y reflexionar. Quiero hacer cosas que me aprieten un poco. Me gusta hacer cosas con el corazón.
Conejero ha dicho que esta obra habla sobre el derecho a renacer una y otra vez. ¿Es un mensaje político o una verdad personal? ¿Hay diferencia?
Todo es político. Vivimos en sociedad y todo significa, quieras o no. Lo puedes hacer con conciencia o sin ella, pero todo lo que haces, cuando tiene repercusión, implica consecuencias. El arte genera un canal directo de empatía: a través de las historias se te abre el corazón y empiezas a entender otras formas de ser, de vivir. Eso es profundamente político y profundamente didáctico, sin quererlo. Alberto Conejero es un autor muy político, muy de la memoria. Y en esta obra hay destellos de cosas actuales que nos interpelan.
La obra llega a Murcia el 8 de mayo. ¿Cambia algo actuar ante un público que quizás la conoce de antes de ser actriz?
Hay mucho más amor. Me gusta muchísimo actuar para mi familia, para mis amigos, para mi ciudad. Quizá no sé si presión, pero sí más ganas de expresar las cosas con precisión, de estar brillante, de regalarles mi mejor versión. Para ellos, por supuesto que sí.
¿Qué es lo que esta obra le puede dar al espectador que no encuentre en ningún otro sitio?
Es una obra tan sólida y tan profunda que prefiero que cada uno resuene de manera autónoma con lo que más necesite. Son tres personajes muy diferentes pero muy reconocibles en distintas facetas de nuestra propia naturaleza. Todos tenemos un poco de las tres. Esperemos conseguir que el corazón se abra y vibre con nosotras.
















