Hace ahora 90 años, la calle Mayor de Triana se convertía en un mar de serpentinas y bolas de nieve -rellenas de confetis- para celebrar unos multitudinarios carnavales en la tradicional batalla de flores. Según relata la prensa de la época, la fiesta pasó un tanto desapercibida en los primeros días, pero fue en el Martes de Carnaval cuando el público se echó a la calle e inundó el casco de la ciudad en carruajes y grupos hasta que la lluvia los espantó y los hiciera refugiarse en las fiestas de clubes y sociedades. Poco podían presagiar que el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria de 1936 sería el último que pudieron disfrutar en la calle hasta marzo de 1976.
Durante 40 años los bailes de máscaras pervivieron en la capital grancanaria en la clandestinidad y en sociedades y clubes privados. Puesto que a diferencia de Santa Cruz de Tenerife, donde se enmascararon como Fiestas de Invierno, el entonces obispo, Antonio Pildaín, conocido por su moral muy conservadora, se negó en rotundo, tal y como recalca el cronista oficial de la ciudad, Juan José Laforet.
«Unas fiestas fantásticas y con gran arraigo»
Pero, ¿cómo eran los carnavales antes de la prohibición franquista? Laforet resalta que aquello eran «unas fiestas fantásticas y con gran arraigo». Aunque hay evidencias de fiestas de máscaras en la ciudad desde 1574, sería a mediados del siglo XIX cuando toman mayor empaque con bailes en el teatro Cairasco -hoy Gabiente Literario- y las primeras batallas de flores. Una tradición que crecería en las primeras décadas de 1900.
Preparativos de la cabalgata del Carnaval de 1936. / Fedac
Aquel febrero de 1936 el Carnaval regresó a las calles con normalidad. La fiesta comenzó con el Jueves de Compadres, una fecha en la que se celebraba un baile de trajes y disfraces en el Teatro Pérez Galdós en el que participaban el alcalde y la alta sociedad. El coliseo también fue el escenario del concurso de disfraces infantiles el domingo. Según Laforet, los actos con niños fueron clave para inculcar una fiesta que luego se transmitiría de generación en generación pese a la prohibición en la calle.
Según relataba el ‘Diario de Las Palmas’, la lluvia desmejoró ese año los primeros desfiles del domingo y el lunes, motivo por el que se vieron «las calles pobres, salvo algún que otro grupo de máscaras y alguna que otra isa parrandera». El Martes de Carnaval la cosa se animó más y la prensa destacó entonces que «la concurrencia en la calle de Triana fue verdaderamente extraordinaria».
Las carrozas más llamativas
Y es que el cielo se despejó y el público salió a tomar la calle, especialmente la juventud. Lo hicieron en vehículos engalanados; entre las carrozas más llamativas estaba una con una tunera y otra inspirada en Egipto. Hasta Electro Moderno, comercio regentado por posibles espías nazis, patrocinó una. La batalla de serpentinas no se disolvió hasta bien entrada la tarde, cuando la lluvia volvió a hacer acto de presencia.
La gente entonces acudió a las fiestas que se prolongaron hasta la madrugada en el Gabinete Literario -con música hasta las cuatro de la mañana-, el Círculo Mercantil, el Club Naútico o el Círculo Arenales. El Teatro Hermanos Millares, en el Puerto, también estuvo a rebosar de máscaras a las que les bastaba con ponerse un pañuelo en la cara para ir disfrazadas.
Laforet indica que las carrozas con gente que iba tirando las bolas de confetis desfilaban por Triana, Malteses y la calle Muro hasta llegar a Santa Ana, «iban parando delante de ciertos puntos, donde había plataformas y allí todos se tiraban las serpentinas y demás». Entre medias, grupos de máscaras y parrandas, muchas de ellas provenientes de San José, «el barrio más carnavalero».
40 años para su recuperación
La prensa denunció que hubo chicos que se dedicaban a recoger confeti del suelo y tirárselo a la cara a transeúntes durante un descuido. El periodista indicó que se debería haber mayor seguridad de cara a la próxima edición, además de poner sillas para el público y cobrar un precio por las mismas. Lo que no sabía es que esa edición nunca tendría lugar. El franquismo decretó la prohibición del Carnaval en las calles el 3 de febrero de 1937 en la España sublevada contra la II República.
Habría que esperar 40 años para su recuperación. Eso sí, con epicentro en La Isleta y con aires más «cosmopolitas» indica Laforet. No obstante, la cabalgata con carrozas no deja de ser una reinterpretación de aquellos desfiles de serpentinas y confetis. Las batallas de flores se conservan en Canarias en las fiestas de agosto de Guía, las fiestas lustrales de La Palma y son hoy seña de identidad del Carnaval de Barranquilla, en Colombia.
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