Subió al estrado instalado en el Hotel Bayerischer Hof ante un público expectante. Esta vez, Donald Trump envió a Marco Rubio, su secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, para dirigirse a los europeos en la Conferencia de Seguridad de Munich. Su aspecto atildado y comedido, encaja mejor en el perfil de un diplomático que la mirada desafiante y barba desaliñada de JD Vance. El año pasado el vicepresidente de EEUU había dejado perplejos y humillados a los aliados europeos con un discurso rudo, lleno de reproches y de amenazas existenciales para Europa.
Rubio encaró su alocución con un tono conciliador, edulcorado con lisonjas al pasado histórico de Europa, que presentó con grandilocuencia y pintó glorioso, sin claroscuros. Como el cuervo de la fábula de La Fontaine, el público cayó presa de la adulación las tres veces en las que Rubio se refirió al vínculo trasatlántico. Se oyeron aplausos cuando dijo que «nuestro destino está y estará siempre entrelazado con el vuestro»; que EEUU «siempre será una criatura de Europa» y cuando calificó a los europeos de «preciados aliados» y «los amigos más antiguos» de EEUU.
Un discurso diplomático en la forma y combativo en el fondo, que en definitiva es lo que hay que retener. Rubio, como Vance en 2025, repitió que Europa está sumida en una crisis de civilización provocada por la inmigración, la cesión de soberanía por la deslocalización industrial y la dependencia de las cadenas de suministro controladas por otras potencias, que no mencionó.
Cierto que dijo alguna evidencia, como que la globalización y el libre comercio no habían traído mecánicamente la democracia a los países por ser socios comerciales. Calificó la globalización como «un error que hemos cometido» sin señalar a nadie en concreto.
Pero también cayó en algunas contradicciones como fustigar la inmigración y presentarse a sí mismo como el remoto descendiente de españoles e italianos que había llegado a ser ni más ni menos que el orador que les hablaba en tanto que secretario de Estado de EEUU.
Y así es. Marco Rubio nació en Miami en 1971 en el seno de una familia de inmigrantes cubanos que llegaron a Florida en 1956. Siendo hijo de un tendero y de una dependienta pudo estudiar derecho y ciencias políticas y llegar a senador en 2013.
Pasó de ser, en la campaña de 2016, uno de los rivales republicanos de Donald Trump que lo ridiculizaba llamándolo «el pequeño Marco», a convertirse en un leal lugarteniente en su segundo mandato.
Paradójico, asimismo, es hacer una defensa de la soberanía nacional precisamente cuando su presidente, Donald Trump, amenazó hace poco con apropiarse de Groenlandia en clara violación de la soberanía de Dinamarca sobre la isla ártica. Amenaza, por cierto, que la primera ministra danesa, Mette Frederiksen no da por muerta y ha vuelto a repetir que la soberanía es «una línea roja».
Rubio remató su discurso con un «yesterday is over», dando por liquidado el viejo orden internacional. Sin cargársela abiertamente, calificó a la ONU de inoperante para resolver conflictos frente al liderazgo resolutivo de EEUU en Gaza, Ucrania, Irán y Venezuela. La «opération de charme» de Marco Rubio duró hasta su visita a Viktor Orbán para prometerle el todo el apoyo de Trump a dos meses de unas elecciones cruciales en Hungría. Se puede ir de paloma sin dejar de ser halcón.














