Las personas se comportan de forma menos egoísta cuando ciertas regiones cerebrales se estimulan simultáneamente. La estimulación regular o el entrenamiento específico podrían incluso promover un comportamiento altruista a largo plazo.
El comportamiento altruista, ese impulso que nos lleva a ayudar a otros, aunque suponga un coste personal, ha sido durante mucho tiempo un enigma para neurocientíficos y psicólogos. Ahora, una investigación publicada en PLOS Biology revela que es posible amplificar este comportamiento mediante estimulación cerebral no invasiva. El hallazgo no solo confirma que el altruismo tiene bases neurobiológicas concretas, sino que abre la puerta a intervenciones capaces de mejorar la conducta prosocial.
El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Zúrich y la Universidad Normal del Este de China, se basa en un descubrimiento previo: cuando tomamos decisiones generosas, existe una sincronización específica de ondas cerebrales entre la corteza frontal y la corteza parietal. Esta comunicación oscilante en la banda gamma parece crucial para integrar la preocupación por el bienestar ajeno en nuestras elecciones. Los científicos se preguntaron entonces si era posible manipular esa sincronización para influir directamente en el comportamiento.
Si el altruismo puede estimularse, ¿seguimos pensando que es solo cuestión de moral? La evidencia apunta a una arquitectura neuronal modulable. / IA/T21
Juego del dictador
Para responder a esta cuestión, diseñaron un experimento con 44 participantes que jugaban un «juego del dictador modificado», en el que debían repartir dinero entre ellos mismos y otra persona. Mientras decidían, recibían estimulación transcraneal de corriente alterna de alta definición, una técnica que permite modular la actividad cerebral mediante pequeñas corrientes eléctricas aplicadas sobre el cuero cabelludo. Los investigadores aplicaron tres tipos de estimulación: una en frecuencia gamma, otra en frecuencia alfa como control, y una simulada (placebo).
Los resultados revelaron que, cuando se potenciaba la sincronización en gamma entre las regiones frontoparietal, los participantes tomaban decisiones significativamente más generosas en comparación con las otras dos condiciones. Este efecto fue especialmente marcado en situaciones de desigualdad desfavorable, es decir, cuando la persona tenía menos dinero que la otra. Parece que la estimulación ayudaba a los participantes a integrar mejor los intereses ajenos en su proceso de decisión, precisamente en un contexto donde el egoísmo suele dominar.
Lo más revelador del estudio es que la estimulación no simplemente añadía ruido o variabilidad a las decisiones. Los análisis computacionales demostraron que el efecto aumentaba el peso que las personas asignaban al bienestar del otro durante la elección. En otras palabras, no se trataba de una alteración general del comportamiento, sino de un refuerzo concreto de la motivación altruista.
Referencia
Augmentation of frontoparietal gamma-band phase coupling enhances human altruistic behavior. Jie Hu et al. PLOS Biology, February 10, 2026. DOI:https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3003602
Cuestión cerebral
Este trabajo establece por primera vez una relación causal entre la sincronización neuronal interregional y el altruismo, trascendiendo las correlaciones observadas en estudios previos con electroencefalografía o resonancia magnética funcional. Demuestra que la comunicación entre áreas cerebrales distantes, mediada por oscilaciones en frecuencias específicas, es un mecanismo funcional que determina cómo nos comportamos socialmente.
Las implicaciones son múltiples. En el ámbito clínico, esta tecnología podría ofrecer nuevas vías para mejorar las funciones sociales en trastornos como el autismo, la psicopatía o la alexitimia, donde los déficits de comportamiento prosocial son centrales. También plantea preguntas éticas importantes sobre los límites de la modificación del comportamiento social mediante intervenciones neurotecnológicas.
El estudio subraya además que el altruismo no depende únicamente de la actividad local de regiones cerebrales aisladas, sino de cómo estas se comunican entre sí. La corteza frontal evalúa los intereses del otro, mientras que la corteza parietal integra esa información en el proceso de acumulación de evidencia que conduce a la decisión final. Cuando esa conversación neural se intensifica, nuestra capacidad de actuar generosamente se expande.














