En el barrio de Morvedre de València, perteneciente al distrito de la Saïdia, se produce una confluencia curiosa. En apenas unos metros coinciden la casa-museo de Concha Piquer, la que fue vivienda del cantante Nino Bravo y un bajo okupado en el que, según denuncian vecinos de la zona, se organizan fiestas cada fin de semana que «llegan a durar hasta 48 horas».
El inmueble con intrusos pertenece a un bloque de cuatro edificios de los que dos tienen problemas de okupación. Hace unos días Levante-EMV publicaba los graves problemas que los inquilinos de la calle Visitación 35 ocasionaban a los residentes de la zona. Pero este no es el único foco de incivismo, sino que quienes se encuentran en el bajo de la calle Ruaya número 44 también perturban la paz de los moradores del barrio.
«Se empieza a escuchar la música en los pisos superiores, a veces los viernes, y ya no para hasta varios días después», aseguran vecinos de la zona. Gente entrando y saliendo del bajo, a veces «con carros de supermercado llenos de bebidas alcohólicas», personas que salen a las cubiertas de los patios interiores – cubiertas no pisables- donde duermen o descansan sobre colchonetas tiradas en el suelo en una especie de chill-out improvisado y, aseguran «individuos totalmente borrachos un domingo por la mañana en los parques de la zona».
Dos personas tumbadas en las cubiertas interiores de una manzana del barrio de Morvedre. / Levante-EMV
Los vecinos afectados aseguran que «llega personal hasta en taxis» para participar en estas fiestas improvisadas. Esta situación se suma a un contexto de máxima tensión vecinal por la escalada de violencia que se vive con motivo de las actitudes, incluso amenazantes, de otros okupas que se han instalado a apenas dos portales de distancia de esta planta baja. De hecho, el edificio es de los mismos propietarios que de Visitación, 35 el principal foco de tensiones en ese cruce de València.
Los actuales dueños de ambas fincas compraron los edificios con la intención de rehabilitarlos y sacarlos al mercado inmobiliario como viviendas de alquiler. Desalojaron a los residentes anteriores, pero mientras en uno de ellos las 10 casas han estado okupadas desde el principio y no se ha podido llevar a cabo la reforma, en el otro tan solo vive un hombre, que se negó a abandonar su casa, y en uno de los bajos que no fue tapiado, también han entrado okupas.
Este problema de intrusismo «que sabemos que afecta a todo el barrio» lleva enquistado muchos años. Silvia Díaz, abogada de los dueños de las fincas asegura tanto ella misma como los dueños «nos hacemos cargo de la situación que padece el vecindario» sin embargo esta situación se ha enquistado y lo que temen los vecinos es que «no hay luz al final del túnel».
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