Tengo el temor de enamorarme de algún plato y luego conocer a su autor. Digo autor y no autora porque, tristemente, esto de la alta cocina en España sigue liderado por hombres, casi todos encantados de conocerse. Y tengo ese temor porque ocurre como ese amor platónico que idealizamos hasta que lo conocemos, que es capaz de perder toda su magia en dos palabras.
Una de las cosas que más me aburre de la cocina considerada de autor, que suele ser esa que juega en la liga de las estrellas Michelin, es que, salvo excepciones, suelen creer que todo el mundo gira alrededor de su talento para guisar, freír, fermentar o lo que sea que hagan. Desconozco si ese ego desmedido nace en la otra revolución francesa, la gastronómica, que llevó a la fama extrema a los mejores cocineros del país galo, o tal vez aquí nació con la explosión de Ferran Adriá, aún gurú en la materia.
Los hay que hablan de ellos mismos en tercera persona, algo detestable y claramente preocupante; otros muchos se suben a un púlpito imaginario a contarnos cómo se inspiran para cocinar, sus viajes, lecturas e imagino conversaciones eternas con ChatGPT, que debe ser la única inteligencia capaz de aguantarlo. Mire, me gusta la gastronomía y todo lo rodea al ritual del comer y del beber. Me gusta disfrutar de platos nuevos y sorprenderme con creaciones hasta entonces inimaginables. Aún me sigo emocionando con cada viaje que tiene un fin gastronómico, la primera visita a un restaurante pendiente, el saborear ese plato mítico o tomar ese vino tan limitado.
Yo, mi, me, conmigo
En todas esas experiencias positivas nunca ha habido una conversación inspiradora con algún cocinero, que suele ser un gremio repleto de complejos, rivalidades y precaria capacidad intelectual, salvo, insisto, excepciones que no nombraré aquí porque le haría más mal que bien. Jamás he sentido nada por un plato como lo que sentí al ver la primera vez, por ejemplo, esa obra maestra de Rafael Sanzio llamada La Escuela de Atenas en los Museos Vaticanos.
En cambio, cuando uno habla con un cocinero de medio pelo comprueba que trata de convencerte de que sus platos y su legado forman parte esencial de la humanidad, porque claro, nadie jamás ha logrado esa textura, esa fusión, ese equilibrio. Me emocionó más Hemingway guiándome por su alocado París en la prodigiosa novela que cualquier menú de un tres estrellas, que no deja de ser otro placer efímero, como la novela o la pintura, pero con una pomposidad aberrante. Los cocineros hablan de ingredientes como si estuvieran hablando de algo vital, igual que el futbolista y sus eternos tópicos de once contra once y otras reflexiones para el recuerdo.
Por eso, desde hace tiempo, procuro tratar poco o nada con esos cocineros capaces de emocionarme, porque tengo el miedo de detestar su comida desde que intercambie alguna palabra con el individuo. Tratamos de mantener intacta la imagen ideal de lo que no conocemos y debe seguir así. De diez frases que uno puede escuchar de un cocinero con más o menos talento, seis serán para recordarte que es un genio y cuatro para recordarte que los demás son unos mediocres.
Todo ello, por supuesto, maridado con una pésima tolerancia a la crítica. Cuando voy a cenar y muy a mi pesar algún cocinero viene después a conocer mi opinión sobre este o aquel plato, asumo con cierta resignación que si algo no me gustó lo asumirá mal y pondrá mala cara, aunque haya sido él el que pidió opinión. Lo que pasa es que al guapo le encanta escuchar lo guapo que es, y cuando alguien le dice que tiene un amigo más guapo se enfada. Un coñazo. Si algún día la gastronomía, y concretamente la alta cocina, deja de ser noticia y tener interés, será precisamente por esos egos desmedidos e injustificados de unos profesionales que creyeron ser estrellas del rock y se olvidaron que lo suyo es hacer de comer. Nada más y nada menos.











