He leído que los niños españoles de hoy orinan un “cóctel de pesticidas”. La noticia no decía que los beben, sólo que los orinan, como si el veneno ya formara parte de su naturaleza, como si lo segregara alguna de sus vísceras con la naturalidad con la que el páncreas segrega cortisol cuando nos dan un susto. Nosotros, de críos, lo peor que llevábamos dentro era un chicle tragado por accidente, un miedo o una mentira. Ahora llevan glifosato, clorpirifós, un poco de nicotina agrícola y quién sabe qué más. Cada pis es una radiografía del campo, un informe líquido de la cadena alimentaria. Deberían poner urinarios con etiqueta: “Producto de proximidad”.
El cuerpo humano se está volviendo un muestrario de tóxicos. El futuro de la arqueología pasará por analizar la orina seca de una generación y descubrir que la dieta mediterránea ya venía aliñada con insecticidas. Todo lo que comemos, respiramos o tocamos busca su salida. La biología hace lo que puede: convierte la tragedia química en orina. Sin embargo, seguimos hablando de la pureza infantil, de la inocencia. Quizá la inocencia de hoy consista en no saber qué llevamos dentro. Los niños orinan pesticidas, pero sonríen, corren, juegan. El organismo se adapta antes que la conciencia.
Tal vez sea eso lo que más inquieta: la serenidad con que la vida incorpora el veneno. Ningún titular dice que los niños estén alarmados; somos los adultos los que fingimos sorpresa, como si no hubiéramos sido nosotros quienes rociamos los huertos, las naranjas, las fresas.
España, tierra fértil, patria del cóctel agrícola. Hemos conseguido que el campo entre en la ciudad por vías biológicas. La infancia ya no huele a colonia, sino a desinfectante. Pero no hay que exagerar: pronto alguna empresa descubrirá la oportunidad de negocio y lanzará el primer perfume ecológico con aroma a pesticida reciclado.
Y mientras tanto, seguimos hablando de “crecer sanos”. Sanos, sí, pero de laboratorio. A ver qué orinamos cuando lleguen al mercado las cebollas de Mercosur.














