La «extracción» de Nicolás Maduro y Cilia Flores cada hora que pasa empeora como noticia. La fuerza bruta empleada contra el derecho internacional se revela, además de todo, como un atropello sin apenas consecuencias favorables para la democracia en Venezuela, que es para las personas decentes la única ventaja que se podría obtener de una acción así. El tirano cae pero el régimen continúa con sus peores secuaces al frente. A su vez, los ganadores legítimos de las urnas permanecen a un lado despreciados por Donald Trump que los considera poco respetados y sin apoyo, porque en el fondo sabe que la segunda de las extracciones, la del petróleo, está garantizada con Delcy Rodríguez y su hermano, que tendrán como misión el reciclaje del chavismo y seguir reprimiendo a los venezolanos. A Trump le da igual: en el principio y en el fondo de su idea está el petróleo; la democracia y la libertad en Venezuela probablemente le importan tanto como a mí la recolección del cacahuete en la vieja Tanganica.
Soy todo menos optimista porque los propios actores de la película se han empeñado, empezando por el propio Trump, en mostrarse absolutamente cristalinos sobre el verdadero interés en capturar a Maduro dejando al resto de los usurpadores de la democracia bajo supuesta tutela. Pero habrá que ver, no obstante, cómo evoluciona esto. Tampoco despierta otra cosa que pesimismo la reacción indignada en las redes sociales contra el ataque al derecho internacional después de años de no haber mostrado esa extrema izquierda indignada el menor signo de preocupación por los abusos de la dictadura chavista y la ausencia del Estado de derecho en Venezuela. De los líderes mundiales del nuevo orden, decididos a subvertir las reglas por medio del matonismo, solo cabe abrigar el sueño idealista de perderlos de vista uno tras otro, Trump, Putin y Xi Jinping, a la cabeza.
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