En Francia colea la polémica por las advertencias de un general que
asegura que la ciudadanía debe prepararse para sufrir y enviar a sus
hijos a morir en la guerra. También el gobierno alemán cree que no
basta con un ejército bien preparado, sino que se necesita una
sociedad lista para la guerra. Más crudo aún ha sido el secretario
general de la OTAN, Rutte, quien piensa que los europeos deben
prepararse para guerras igual o más devastadoras que las de sus
abuelos.
Esto no significa en absoluto que la guerra sea inevitable,
aunque el riesgo de un conflicto a gran escala no había sido tan
elevado en décadas. Ni había sido tampoco tan vulnerable la
posición de Europa, con Rusia tratando de restaurar su imperio, una
China cada vez más asertiva y autoritaria y un EE. UU. que ya no
solo se desmarca de sus aliados, sino que ha oficializado su
intención de deshacer la Unión y está boicoteando la ampliación a
los Balcanes.
Es
casi un tópico afirmar que la Unión ha salido siempre fortalecida
de las crisis. Esta vez sin embargo hay serias dudas. En defensa, sin
minusvalorar los avances en 2025, persisten diferencias internas que
lastran la imprescindible integración de capacidades. Las mismas
diferencias que han frenado la firma del acuerdo con Mercosur, vital
para el multilateralismo que defiende Europa. Todo ello impide a los
europeos influir en las grandes transformaciones históricas en curso
en estos momentos. Tal vez el miedo a una guerra despierte a Europa
del letargo, pero eso no garantiza que sus decisiones vayan a ser
adecuadas y racionales.














