«Es mucho lo que debemos a Eugenio», dijo Nilo Palenzuela el 17 de diciembre. La afirmación ayuda a tomar conciencia. Junto a la tristeza por su muerte, la gratitud. Sí, le debemos, mucho. Mucho más de lo que pensamos.
Se da por hecho lo que podría no existir. Me refiero a una mínima atmósfera cultural respirable en Canarias. A la pasión compartida por la poesía y la filosofía. Esa especie de «parque natural protegido» que se desvía de la industria cultural y del régimen de distracción continua. Es un hábitat frágil. Si esa comarca humanizada persiste, es gracias al compromiso de personas como Eugenio Padorno. Durante más de medio siglo, como poeta, ensayista, profesor y editor.
Para empezar, por la exigencia de su escritura. Su concepción de la poesía es radical. Doble o nada. Una opción infrecuente entre los poetas españoles contemporáneos. ¿Por qué Eugenio Padorno creía en el «absoluto literario» hasta el punto de irle la vida en ello? ¿De dónde venía esta radicalidad? ¿De su hermano Manuel? ¿De la onda expansiva del modernismo insular? Hace unos días, su amigo Jorge Rodríguez Padrón, el mejor crítico de la poesía canaria, evocaba la influencia del Colegio Viera y Clavijo, al que nombra «espacio mayor de nuestra historia literaria moderna». ¿Habrían aprendido allí ambos el «amor y el respeto a la palabra»? Ese respeto, ya extemporáneo, me parece el mejor legado de nuestro autor.
En efecto, Padorno ha dado cuerpo, para sus discípulos y de algún modo también para la sociedad canaria, a una convicción: «esto es posible». Es posible tomar en serio el absoluto literario, como hicieron sus admirados Stéphane Mallarmé, Paul Valéry, José Lezama Lima o María Zambrano. Es posible esperar de la poesía una rara intensidad de la percepción y una conciencia nueva de las cosas. Se haya nacido fuera o dentro de los centros de hegemonía cultural.
Pues, desde el punto de vista del absoluto literario, los premios y las medallas pasan por pasar. De ahí la inquietud que recorre sus textos: haber deseado ser un «poeta secreto», haberse zafado de las vanidades. Sabía muy bien que escribir conlleva un gesto de separación. Segregarse un tiempo hacia el secreto. También cabe llamarlo exilio. Por supuesto, hay que volver a la luz para compartir lo hallado y velar por el «parque natural protegido». Pero sin aquella incursión en la «soledad acogedora» como dijo Leopardi, la empresa queda en agua de borrajas.
La otra vía por la que Eugenio Padorno cultivó una comarca espiritual habitable fue el estudio y la difusión de la tradición literaria canaria, desde Comedia del recibimiento de Cairasco de Figueroa en el siglo XVI a Domingo Rivero y al grupo de Poesía canaria última. La escritura, dice Freud, es «el lenguaje de los ausentes».
¿Qué sería de nosotros sin sus palabras? En la escucha de la historia de las letras canarias Eugenio Padorno creó escuela. Sus discípulos han continuado la tarea. Antonio Becerra nos descubrió la personalidad fascinante del canónigo Doctoral Graciliano Afonso; Oswaldo Guerra sigue los pasos de su maestro en el rescate de los textos decisivos de la tradición interna; Helena Tur reabrió la pregunta por la condición insular; Yeray Rodríguez, heredero directo del magisterio de Padorno en la ULPGC, interpreta a Saulo Torón a la luz del franciscanismo; José Miguel Perera ha profundizado como pocos en Cairasco de Figueroa y Sebastián Padrón Acosta; Miguel Pérez Alvarado transforma nuestra imagen de Alonso Quesada y Tomás Morales; Bruno Pérez Alemán desarrolló la tesis padorniana de Unamuno, escritor canario y Octavio Pineda reaviva ese impulso desde el Departamento de Ediciones del Cabildo de Gran Canaria.
¿Y cuántas colecciones de poesía y pensamiento no ha animado Eugenio Padorno durante décadas? ¿A cuántos escritores no ha alentado y publicado? El entusiasmo por la poesía que otros podrían llegar a escribir algún día, el poema por venir, es otro signo mayor de ese distrito cultural esquivo al capital simbólico. De algún modo, la constelación de libros en torno a Eugenio Padorno esboza una pequeña sociedad alternativa, «entre el lugar y más allá», como reza uno de sus títulos. Para ingresar en ella basta el carnet de lector y no resignarse a confundir lo real con lo visible.
Los poemas son «recuerdos que piensan», decía Paul Celan. Así sucede en Eugenio Padorno. ¿Y qué piensan? El pasadizo que lleva del pasado a la esperanza. En la memoria repentinamente recobrada se imprime la pista de un futuro inédito. De ese futuro, si acaso entrevisto, hablan sus poemas sobre la infancia en Puerto Cabras, la juventud en Las Canteras o los ecos nocturnos del mar en la casa de la calle Albareda. Por eso cabe afirmar que la memoria poética de Eugenio Padorno, es decir, la memoria creadora, sigue creciendo. Más de lo que pensamos.
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