Los cuentos de hada aún existen y el de Riazor tuvo a Noé Carrillo como protagonista. Más de una vez, en sus años en Abegondo, fue el patito feo de su generación, tuvo incluso algún pie fuera de la cantera. Hace poco dos lesiones inoportunas se cruzaron en los últimos pasos de su camino al primer equipo. Pero el Dépor, a quien es bueno, siempre le espera. Y solo había que aguardar a que ese balón cabeceado por Bil apareciese ahí manso para empujarlo a la red. No llevaba ni cinco minutos en el terreno de juego en el día de su debut y ya asomaba el descuento cuando el joven de Teo ponía por delante al Dépor y lo catapultaba a la siguiente eliminatoria de la Copa del Rey. Salió corriendo Noé y con los ojos húmedos a celebrarlo a la banda, la grada rugía, era uno de los suyos, juntos habían empujado la pelota a la red. El Fabril, el Dépor quieren más, no están saciados, más ahora que aparecen los octavos de final. El tanto premiaba un ejercicio de competitividad y de supervivencia de un Dépor híbrido, que se levanta así de los dos últimos golpes tumbando a un equipo de la élite de La Liga Española. De sopapo en sopapo.
La Copa se ponía seria con la llegada de un Primera a Riazor, también de una reciente pesadilla. El primer daño colateral es que los fabrilistas se quedaban en el banquillo. Ya llegaría su momento. El Mallorca no es el Sámano o el Sabadell ni la coyuntura blanquiazul era la misma de hace un mes, ya que se exponía a una tercera derrota seguida en casa y, aunque la diferencia de categoría era constatable, eso siempre escuece. A Hidalgo, además de la Liga, le obsesionaba igualar al Mallorca por dentro. Ante ese triángulo formado por Jaume Costa, Pablo Torre y Antonio Sánchez, otros tres futbolistas de pierna dura como Gragera, Rubén López y Villares. Sin mediapunta y con el zurdo, por fin, en el medio, no en el lateral. Por una vez el Dépor se libraba, de paso, de llevar la iniciativa en Riazor. Al menos, no iba a ser un partido unidireccional e iba a encontrar espacios para transitar, y eso siempre lo agradece.
Falta de finura
Otra cosa es que tuviera la finura para saber leerlos, para atinar con ese último pase, para sobreponerse a las emboscadas de los bermellones. Lo intentó ya en el minuto cinco con una cabalgada de Quagliata que finalizó Cristian Herrera de manera precipitada. El italiano, cada día más desatado y con el don de la ubicuidad, fue una de las principales vías de ataque en una primera parte en la que debió asear su área más que probar a Bergstrom. Tenía mucha altura Quagliata en salida de pelota preparada por los coruñeses que volcaba a Barcia por ese costado. Ese trío de pivotes ofrecía piernas para hacer coberturas y vigilancias.
También estaba fresco y era una pesadilla Assano. Al japonés le falta puntería, pero es un gran generador. Falló tres muy claras en torno al cuarto de hora que habrían cambiado el partido. Algunas de esas oportunidades llegaban con pérdidas del Dépor por el centro en plena salida. Un peligro. Entre la capacidad del Mallorca para empujar a su equipo hacia adelante y la falta de contundencia coruñesa en los despejes, poco pudieron respirar y atacar los blanquiazules. Mulattieri estaba solo, Mella necesitaba activarse.
La segunda parte arrancó a cara descubierta. A los tres minutos Diego Villares, a la media vuelta, ya estrellaba una pelota en el palo. Entre esa acción y una presión sin mucho futuro de Noubi que rescató un saque de esquina, Riazor se encendió. No suele necesitar mucho, siempre sabe cuando su equipo lo necesita, cuando las noches grandes tocan a la puerta. Y era una velada para disfrutar, para quitarse los últimos sinsabores y para recordarle al fútbol español que, en nada, el Deportivo vuelve a ese lugar del que nunca debería haber salido. Otra cabezazo fuera de Mulattieri avisaba de que el equipo coruñés había regresado del intervalo dispuesto a incordiar.
El Mallorca buscó atemperar el duelo con la pelota, adelantando líneas, inclinando el campo para que cayese la victoria por su propio peso. Abdon Prats, siempre él, tuvo un cabezazo que olía a 0-1. Minutos más tarde, llegaron 60 segundos mágicos, en los que hubo un palo para cada equipo. Maffeo para los visitantes y Nsongo Bil para los locales. Las porterías temblando y la grada también.
El camerunés se estrenaba en Riazor y tuvo unos grandes minutos, también Mario Soriano y Luismi Cruz, quien fabricó el tanto del triunfo con los dos fabrilistas, en el minuto 85. Fue el estallido final, el que hará que la grada no lo olvidé en tiempo. Solo quedan 16 equipos en esta Copa del Rey y uno de ellos es el Dépor. Hace casi dos décadas que no llegaba tan lejos. Ahora solo queda disfrutar y seguir peleando.














