Creo que en las próximas elecciones voy a votar a quien me diga la concejala socialista de Torremolinos acosada sexualmente durante más de cuatro años por el secretario general de su partido en la localidad, Antonio Navarro. Esta malagueña consultaba cosas de la acción política del municipio y recibía respuestas del estilo «que te quiero meter ficha», «es que estás muy buena», «yo sé cómo quitarte el dolor de cabeza», o «iré depilado por si tienes un desliz». Un día ese jefe le mandó medio centenar de mensajes chabacanos en cinco horas, de noche. Cuando ella le amenazó con denunciarle porque le agarró el culo, él la esperó en la puerta de su casa, porque «tendrás que tirar la basura, ¿no?». Al final, después de avisar al partido por los canales pertinentes y recibir abulia por respuesta, se ha ido al juzgado. Si esta mujer harta de aguantar mecha y abandonada por los suyos me asegura que el PSOE es el partido del feminismo igual me lo tengo que creer. Lo digo así, porque por lo visto Pedro Sánchez anda preocupado por el voto femenino no militante, el que le aupó a La Moncloa, y que estos días se muestra resentido, según las encuestas. Sánchez no sabe si habrá suficientes mujeres que le voten con una pinza en la nariz.
En La Moncloa, por cierto, a dos puertas del presidente del Gobierno, trajinaba un tipo que se subía la bragueta junto a la cara de las trabajadoras, simulaba felaciones, les hacía comentarios sexuales continuamente y cuando le contestaban con acritud les preguntaba si es que no habían tenido sexo la noche anterior. Se llama Francisco Salazar, y no he sido capaz de encontrar el cargo concreto que desempeñaba, aunque todos aseguren que mandaba mucho y que era muy cercano del «hombre enamorado» Sánchez. O sea, que es uno de esos que medran en los partidos sin necesidad de presentarse a las elecciones, una mano derecha de tipos que nunca saben qué hace su mano izquierda. Las mujeres de su oficina usaron los canales habilitados por el PSOE para manifestar el acoso que sufrían, pero sus expedientes fueron silenciados a conciencia por la organización. En ambos casos, no se ha actuado contra los abusadores hasta que las víctimas han ido a la prensa. Parece preocupante el porcentaje de babosos que acumula el partido socialista, a no ser que la tara afecte únicamente de los íntimos de Sánchez. Muchos resortes en su organigrama para garantizar el bienestar de las mujeres, que a la hora de la verdad se pone por detrás de los intereses de las siglas.
A tres puertas de la oficina donde Salazar pedía a las trabajadoras que le mostraran el escote y hacía mobbing a las que protestaban, en la misma Moncloa, se reunía el Consejo de Ministras del Gobierno progresista, que piensa agotar la legislatura porque no se puede ceder el paso a la ultraderecha y sus recortes a los derechos de las mujeres. Su portavoz, la ministra Pilar Alegría, quedó a comer como amigos con Salazar hace un mes, cuando ya las denuncias en su contra se habían cursado y tapado, y se arrepiente. Cabe imaginar cómo debieron sentirse las víctimas del acoso. Ya veremos si las votantes de Aragón se lo perdonan cuando lleguen las próximas elecciones autonómicas. Su compañera la ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha calificado el caso de «machismo al más alto nivel» y se ha borrado. No se toman en serio el feminismo. Deben creer que también esta gran decepción pasará, como las anteriores, si resisten el tiempo suficiente.
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