Aunque tú no lo sepas

Hace años, en una feria del libro en Madrid, mi hija y yo nos hicimos sendas fotos con nuestros escritores favoritos. Ella con Javier Marías, hosco de entrada y al final jovial con ella, displicente conmigo. Yo con Luis García Montero, –»como mi silueta en la ventana/así duele la noche»– que me trató con tal empatía que parecía ser una la única persona con la que en aquel momento le interesaba hablar. Todo lo contrario que su mujer, con la que coincidí en el baño en un Congreso en Cáceres sobre Rafael Alberti y María Teresa León. Ella era estrella y ponente de la mano del encantador Hilario y yo, humilde público asistente. Le pedí una firma, me miró, cansada o harta o es que ella miraba así, desde su altura de metro ochenta sobre tacones de aguja, y firmó aprisa sin una sonrisa. Cuando años después en el Retiro, su amabilísimo marido me trataba con tanto mimo, no pude dejar de compararlos.

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