El joyero Pascual Mota Martínez, concejal del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria en la primera mayoría absoluta del Partido Popular en la capital, con 15 ediles y José Manuel Soria al mando (1995-2000), falleció el lunes 1 de septiembre a los 92 años y un día después, este martes, fue incinerado en el tanatorio San Miguel.
Mota, nacido en Barcelona, pero con residencia en Gran Canaria durante 56 años, será recordado sobre todo como buen artesano, ya que estuvo dedicado al oficio de orfebre durante más de 60 años, pero también por los cuatro años que dedicó al servicio público de la capital grancanaria. Desempeñó las responsabilidades de edil de Deportes y de dos de los distritos de entonces: el III, correspondiente a Arenales y Alcaravaneras y el VII, a Escaleritas, La Feria, Buenavista y Las Torres. Precisamente, en su condición de concejal del distrito VII se convirtió en uno de los protagonistas del caso Canódromo. Según él mismo aseguraba, antes de ser apartado de las negociaciones, llegó a pactar la compra del solar por 250 millones de pesetas en 1998, 1,5 millones de euros, una cifra más de tres veces y media inferior a los 5,5 millones que costaría posteriormente.
A su vez, Mota, que iba de 11 en la lista de Soria sin muchas esperanzas de salir elegido, presumía de haber sido el primer concejal de aquella mayoría absoluta del PP que se encaró con el alcalde, pues no estaba de acuerdo en su forma de hacer las cosas. En un reportaje elaborado por Jesús Montesdeoca en LA PROVINCIA con motivo de la dimisión de José Manuel Soria como ministro y su despedida de la política en abril de 2016, Pascual Mota, que entonces contaba con 83 años, relató su tormentosa relación con el que fuera su jefe y durante 17 años presidente del PP en Canarias.
Anécdotas de una relación tortuosa
“Al mes de empezar Soria como alcalde ya promoví una reunión en Infecar con José Miguel Bravo de Laguna, María Eugenia Márquez y otros dirigentes y les dije, con estas mismas palabras, que había que echar a ese hombre porque iba a ‘matar’ a mucha gente del partido”, recuerda Mota, quien lamentaba que Bravo de Laguna “no tuviera el valor de frenarlo desde el principio”.
Pascual Mota, junto a los también concejales Tino Montenegro, Rafael Viñes y Julio Aldaz, formó el primer grupo de víctimas de Soria. Desde 1995 convivieron a duras penas en el gobierno municipal y en las siguientes elecciones de 1999 desaparecieron de las listas.
“Puedo contar muchas anécdotas de su anormal personalidad porque con Soria no he coincidido jamás en las formas de hacer las cosas; él no tiene la mano izquierda que hay que tener en la vida y eso le ha convertido en un déspota insoportable, hables con quien hables todo el mundo coincide en su mal carácter”, apuntaba Mota, quien ya alejado totalmente de la política hablaba a lengua suelta con la libertad de alguien que sentía y proclamaba «no tener miedo a represalias».
El exconcejal quiso dejar claro entonces que siempre había alabado la preparación técnica de Soria -“ojalá yo tuviese la cuarta parte de su formación”-, pero resaltó en que “desde el punto de vista humano es un desastre” y desgrana varias anécdotas como ejemplo.
Mota contó que durante la tormenta tropical Delta “un secretario corrió hacia su despacho para informarle de que se había caído el Dedo de Dios de Agaete y la respuesta de Soria fue mostrarle sus dos manos extendidas para indicarle que los dedos estaban en su sitio”. En otra ocasión, aseguró, fue testigo de una discusión en la que el entonces alcalde cogió a un compañero del PP por las solapas y le amenazó con pegarle. “A mí vino una vez a hacerme lo mismo, pero le amenacé con el puño y se frenó”, resaltó.
Pascual Mota con Salvador Sagaseta en la gala de entrega de los Huevos de Oro de 1995. / José Carlos Guerra
Espíritu deportivo
Pese a quedar fuera de las listas, Mota participó en la campaña electoral de 1999 y fue apoderado en las votaciones. Al día siguiente, entregó una carta en la sede del PP para despedirse para siempre de la política, en la que había debutado junto a Gregorio Toledo, en Convergencia Canaria, de donde pasaría más tarde a Independientes de Gran Canaria (IGC), con Rafael Pedrero, para al final pasarse al PP. En el retrato de campaña que le hizo Salvador Sagaseta en 1995 días antes de las elecciones municipales, Mota atribuía sus coqueteos nacionalistas a sus orígenes catalanes, porque es una “región muy sensibilizada con el tema nacional”.
De cualquier forma, se fue de la política como llegó, sin alharacas y con deportividad. Volvió a su oficio de artesano, a su moto y a sus deportes, de los que nunca se apartó.
Independientemente del mundo de la política, Pascual Mota fue un deportista de élite. Dentro del atletismo, a los 14 años, logró ser campeón de Cataluña en pruebas de velocidad, 100 y 200 metros lisos, 200 metros vallas, relevos y lanzamiento de pesos; perteneció también a la plantilla de rubgy del FC Barcelona, ganando la Copa Pirineos; futbolista del Barcelona Industrial (después Barcelona Atlético); deportista premiado con el escudo de oro y brillantes del FC Barcelona por los servicios prestados al club; practicante de otros deportes como el hockey sobre hielo, el voleibol, la pesca submarina… y, desde luego, el motorismo. Sobre una Bultaco, participó en dos ocasiones en las 24 horas de Montjuic. Posteriormente, ya en sus años canarios fue patrocinador de varios torneos deportivos: golf, vela, tenis… Por eso, a nadie extrañó que Soria lo colocara al frente de la cartera municipal de Deportes.
Mantuvo una estrecha y entrañable amistad con LA PROVINCIA, especialmente con su redactor Salvador Sagaseta, que lo consideraba “una joya de amigo”. Mota colaboró durante años con el periodista en las galas de entrega de los prestigiosos Huevos de Oro. Todos los días, durante años, Sagaseta escribía en este diario su “Huevo de Oro, modalidad doble yema y premio a la mejor güevada” y una vez al año celebraba una gala donde las personalidades que más huevos habían acumulado recibían como trofeo una representación del huevo de oro en forma de joya diseñada por el orfebre ‘catalanario’, como le gustaba definirse haciendo alusión a su condición de catalán afincado en Canarias.











