Gonzalo Giner (Madrid, 1962) es un hombre de pocas ambiciones y muchas pasiones, por ejemplo, la de convertirse en veterinario o escribir una novela. Lleva ya unas cuantas y acaba de publicar La sombra de los sueños’ (Planeta), un relato en el que aúna su amor por los animales, el arte, la historia y la ciencia. Le hemos acompañado hasta Jerez de la Frontera (Cádiz), donde nos habló de su nuevo libro, rodeado de los caballos de la Yeguada de la Cartuja. Para él son unos animales fascinantes y grandiosos, con unas características que les hacen únicos. “Me encantan desde todos los puntos de vista”, nos explica en una entrevista. Sin embargo, no son su animal preferido. “Sin duda, es la vaca. Trabajo a diario con ellas y hasta me gusta cómo huelen, entiendo que pueda sonar mal, pero cuando entro en un establo, no me desagrada el olor”.

‘La sombra de los sueños’ es una novela de aventuras y acción que transcurre entre dos tiempos, la época de Saladino, el legendario sultán que aunó todo el mundo islámico, y la época actual. Jalid bin Ayub está al frente del ficticio emirato árabe de Fyarjia y su obsesión por recuperar los restos de Shujae, la yegua de Saladino, le lleva a reclutar a una serie de personas por todo el mundo para ayudarle. Entre ellos a Sarah, una sofisticada empleada de la tienda de Hermès en París que tiene una doble vida. Gracias a los trucos de ‘magia’ que le enseñó su abuelo, ha sido capaz de robar obras maestras de diferentes museos sin que nadie se dé cuenta del cambiazo.

El autor destaca de los personajes que a todos “les mueven sueños trascendentes, pero también comparten un idéntico problema: van a necesitar saltarse algún que otro límite moral, legal o ético para conseguirlos”. En esta novela, ha querido plantear el dilema de hasta dónde deben llegar las personas para ver cumplidos sus sueños, dónde están las líneas rojas y si todo vale. “En lo personal te diría que no a la pregunta de si el fin justifica los medios, pero en la novela puede ser que sí. Hay objetivos superiores interesantes, aunque no todos”, explica.

En la novela explora los límites éticos de los sueños. El emir Jalid, que aúna a todos los personajes principales, vive obsesionado por la figura de Saladino, a quien admira profundamente. Quiere resucitar su figura ante los ojos del mundo occidental y honrar su legado. Con él comparte la pasión por los caballos y se propone recuperar los restos de Shujae, la yegua del mítico sultán, para clonarla. Para ello se rodea de una serie de personajes que, como Sarah, viven al límite: Mao Zhao Yang, un científico chino condenado a prisión permanente por prácticas antiéticas; Pawel Zalewski, un veterinario que se debate entre el amor por los animales y una novia exigente que no acepta la distancia que ponen entre ellos sus proyectos; Raisa, zooarqueóloga, secretaria personal de Jalid y su ‘brazo armado’ en la sombra; y, por último, Charles Boisí, amigo de Sarah y su cómplice en los robos a grandes museos.

Con gran precisión histórica, Gonzalo Giner nos lleva a diversos escenarios del siglo XII, XX y XXI. En su recorrido nos traslada a la necrópolis de Saqqara, el Museo d’Orsay de París, el castillo de Sahyun en el nuevo emirato de Damasco en el año 1188, las galerías Uffizzi en Florencia, la Biblioteca Nacional de El Cairo o la Garganta de Olduvai, en Tanzania.

Además de resucitar a Shujae, Jalid quiere recuperar objetos a los que se atribuyen poderes mágicos como la Lanza de Longinos, la que atravesó el cuerpo de Jesucristo en la cruz y el Santo Grial. En su investigación ha sido capaz de rastrear a lo largo de los siglos, un supuesto cáliz santo que acabó en la catedral de León, tal y como ha descubierto la doctora de Historia Medieval Margarita Torres. Esta reliquia, que presuntamente habría utilizado Jesús en la última cena, llegó hasta la capital leonesa procedente de Jerusalén tras pasar por El Cairo y Denia.

El propio autor confiesa compartir con Jalid la atracción por un personaje como Saladino, a quien define como un personaje culto, polifacético y, pese a todo, un hombre de paz. Generoso con sus enemigos, llegó a regalar un caballo a su gran rival, Ricardo Corazón de León, por entonces rey de Inglaterra, cuando perdió al suyo en el transcurso de una batalla.

Entrevista con Gonzalo Giner

 

Gonzalo Giner (Foto: Javier Ocaña)

PREGUNTA.- ¿Cuáles son los sueños de Gonzalo Giner?

RESPUESTA.- No son tan ambiciosos como los sueños que tienen mis personajes, son más cercanos, quizá porque algunos de estos sueños ya se han cumplido. De hecho, por ejemplo, presentar una novela en este lugar tan idílico no deja de ser un sueño conseguido. Mis sueños están cerca de la tierra, trabajo con ganaderos que tiene principalmente explotaciones medianas o pequeñas de vacas, ovejas o terneros, donde las ambiciones se miden por una rentabilidad a corto plazo. Nadie quiere ser Amancio Ortega y yo me desenvuelvo muy bien en ese entorno.

Me gusta disfrutar del día a día, del paisaje, de ver un caballo como lo estoy haciendo ahora mismo, que es una auténtica pasada. Me quedo con eso y los grandes proyectos o las grandes ambiciones, si llegan me parece bien, pero no sufro porque no lo hagan.

P.- ¿Dirías que la literatura y los animales son un cóctel extraño?

R.- No es habitual, aunque últimamente hay más veterinarios que se están apuntando a la literatura. Tengo unos cuantos compañeros que incluso ya han publicado en editoriales importantes. Pero el mundo animal desde el punto de vista profesional y la literatura, no se suelen llevar muy bien. No es que no se quieran, sino que no se encuentran porque se trata de un trabajo que exige muchísima formación continua. Nos tenemos que especializar en un montón de animales y no es sencillo saber de todo. No te queda otra que estar estudiando continuamente estudiando y no te queda tiempo para leer y disfrutar de otros mundos. Hay compañeros que me han confesado que El sanador de caballos’ fue el primer libro que leyeron mío y el segundo o tercero en toda su vida.

Puede parecer que ambos mundos están reñidos por lo que he dicho, pero nada más lejos de la realidad. El mundo animal, los animales, tal y como nosotros los vemos, trasladan sus emociones a través de mecanismos más sencillos que los nuestros. Es un mundo muy emocional. Nos trasladan emociones simples cuando reciben impactos muy concretos, lo mismo que pasa cuando lees una novela, también recibes emociones, las trasladas a ti mismo, las traduces, las masticas y respondes.

Escribir es un juego de emociones, me puedo pasar, no exagero, horas en las ganaderías observando el comportamiento de los animales y eso me despierta muchas cosas. Me veo como un actor privilegiado en este mundo y siento que tengo el deber de trasladarlo a las letras.

P.- ¿Cuál es tu animal preferido?

R.- Sin duda es la vaca, no son los caballos. Los caballos me encantan desde todos los puntos de vista, no solo el estético. Hay mil razones para adorar a un caballo, pero trabajo a diario con animales de producción, principalmente vacas, que me han encantado de siempre. Se puede entender hasta mal, pero hasta me gusta como huelen.

P.- En la novela planteas muchos dilemas éticos, entre ellos los límites de la experimentación. ¿Es equiparable la experimentación genética y clonación de animales con la humana?

R.- Me parece una barbaridad andar toqueteando el cromosoma o los genes humanos para fines no demasiado claros. El material genético que hay en los laboratorios resulta una tentación y hay un debate moral importantísimo. Para algunos son embriones humanos y un ser humano en potencia, para otros es un conjunto de células. Me parece un mundo muy delicado y complejo.

En el mundo animal el enfoque cambia completamente. Todas las tecnologías de implantación o transferencia embrionaria, inseminación artificial, inseminación in vitro, arrancaron en este mundo y después se trasladaron a los humanos, en un momento en el que parecía que estas técnicas de reproducción asistida no eran ética, e incluso casi pecaminosas.

Entiendo que habrá gente que rechace la experimentación genética con animales, pero se van a poder salvar muchas vidas gracias a esto

P.- ¿Qué límites hay a la experimentación con animales?

R.- Los límites éticos tienen más que ver con el comportamiento y el bienestar del propio animal. En ese sentido, las cosas en países como el nuestro se están haciendo muy bien. No me cabe ninguna duda que cualquier experiencia con animales de laboratorio respeta unos protocolos exigentes para que los animales no sufran y estén en la mejor de las condiciones.

Ahora bien, también entiendo que puede ser un tema de debate los programas de edición genética, en los que manipulas el genoma. Se está haciendo y con buenos resultados, por ejemplo, con cerdos para conseguir que tengan un hígado lo más parecido posible al humano. ¿El fin justifica los medios? No me parece mal si esas cosas se hacen con decencia. Entiendo que habrá gente que lo rechace, pero se van a poder salvar muchas vidas gracias a esto.

Quizá sean los toros los que mejor vida tienen hasta el último momento

P.- ¿Eres amante de los toros?

R.- He tenido clientes que tienen toro bravo y toda la parte de la finca, la dehesa y la crianza me fascina. Resultaría muy raro que alguien pudiera poner alguna pega a esta actividad, quizá sean los toros los que mejor vida tienen hasta el último momento. Sin embargo, no soy amante de la fiesta, aunque la respeto. Tengo una opinión mixta. Conozco mucha gente que está metida en este mundo, que me parece fascinante, aunque hay cosas que deben evolucionar, cambiar. Ellos también lo saben.

P.- En este libro se habla mucho de ciencia, de historia, de arte, de magia, incluso. ¿Forman parte de tu vida?

R.- Soy muy sensible a la contemplación del arte en general, aunque hay algunas disciplinas artísticas que se me escapan, por ejemplo, la arquitectura. La música es para mí es la disciplina artística número uno, porque es capaz de removerte, de hacerte vibrar, potenciar tus emociones y tus sentidos. El arte es muy importante, la historia, por supuesto, muchísimo. Y desde luego la ciencia forma parte de mí, de mi vocación, de mis 35 años de veterinario y no renunciaría jamás a ello.

P.- ¿De qué música estás enamorado?

R.- Siempre escribo con alguna música en concreto. En esta novela ha estado muy presente un compositor barroco que es anterior a Bach, que se llama Corelli es una locura, una pasada… Algunos amigos me dicen que tengo el síndrome de Stendhal porque hace muy poco, en un concierto en el Auditorio Nacional de la 9.ª Sinfonía de Beethoven, en el momento máximo en el que está el coro y toda la orquesta tocando, exploté a llorar. No puedo soportar tanta presión emocional.

P.- ¿Cuáles son tus libros de referencia?

R.- Acabo de leer ‘La biblioteca de los nuevos comienzos’, de Michiko Aoyama, es una delicia de novela. Me gusta un poco de todo, en los ultimos tiempos he leído a Jesús Carrasco, ‘Las hijas de la criada’, de Sonsoles Ónega… Pero mi autor de referencia extranjero más top es Stefan Zweig, del que destacaría ‘Carta de una desconocida’, y ’24 horas en la vida de una mujer’, como sus grandes títulos. En español mi preferido es Carlos Ruiz Zafón, me encanta. Pérez Reverte en la parte inicial de sus novelas y a Luz Gabás la tengo un montón de cariño. Pero el libro que más ha influido en mi vida, que hizo que me convirtiera en veterinario es el de ‘Todas las criaturas grandes y pequeñas’, de James Herriot y del que ahora se ha hecho una serie. Narra la experiencia de un aprendiz de veterinario en la Inglaterra rural de los años treinta.