Teherán ha llamado a una ronda de consultas a buena parte de sus guerrillas patrocinadas a lo largo de Oriente Medio con el objetivo de buscar una respuesta conjunta a una posible incursión de Israel en el sur del Líbano. Aunque, desde un principio, tanto el régimen de los ayatolás como los propios líderes de Hezbolá han preferido evitar un enfrentamiento directo con el estado hebreo, la dinámica de las últimas semanas hace pensar en una posible continuación de la guerra de Gaza en suelo libanés.

Motivos tendría Israel al respecto: por un lado, su seguridad se ve amenazada continuamente por la presencia de tropas de Hezbolá en el terreno marcado por la ONU en 2005 como zona desmilitarizada. Hace años que Tel-Aviv pide que el ejército libanés se encargue de proteger dicho espacio, pero el régimen de Beirut es débil y poco puede hacer en la práctica frente a un ejército como el de Hezbolá, inflado por los petrodólares de Irán y armado hasta los dientes.

Por otro lado, el gobierno de Netanyahu percibe que es un buen momento para terminar lo que quedó a medias precisamente en 2005, cuando Hezbolá resistió los ataques desde el sur y la guerra acabó en una especie de empate, algo poco habitual en los conflictos entre árabes e israelíes. Una vez metidos en una guerra en Gaza poco planificada y aún por cumplir los dos grandes objetivos fijados en un principio -ni Hamás ha sido eliminada ni los rehenes han vuelto a casa-, parece que la única estrategia es huir hacia adelante y aprovechar el ansia de venganza de una ruidosa minoría de la población para embarcar al país en otro conflicto que tape los problemas internos.

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Bombas sobre Aleppo

En este contexto hay que situar el ataque de este viernes sobre la ciudad siria de Aleppo, el mayor en décadas por parte de la aviación israelí. Las FDI buscaban golpear a Hezbolá, destruir parte de su estructura en el país gobernado por Bashar al-Assad y mandar de paso un mensaje al dictador apoyado por Irán y Rusia. Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, la organización británica que se encarga desde hace años de cubrir la guerra civil siria y los conflictos derivados, habrían muerto al menos 36 soldados en los bombardeos.

No fue esta la única acción que Israel ha emprendido en el extranjero en las últimas 24 horas. Ali Abdulhassan Naim, subcomandante de la unidad de cohetes de Hezbolá, ha muerto en un ataque con drones en el sur de Líbano. Su muerte, anunciada por las FDI y el ministerio israelí de defensa como un nuevo éxito en su lucha contra el terrorismo, fue confirmada horas después por la propia milicia terrorista, aunque sin especificar detalles que pudieran tomarse como una muestra de debilidad frente a Israel.

En total, según las FDI, los ataques sobre objetivos de Hezbolá tanto en Líbano como en Siria superan los 4.500 sólo en lo que va de marzo, con el resultado de 300 terroristas muertos. Por su parte, la organización chií sólo reconoce la muerte de 200 de sus hombres desde el inicio del conflicto en Gaza el pasado mes de octubre. Como es habitual, estas cifras son muy difíciles de verificar, pero sí se observa un incremento en los ataques y en su virulencia que hace pensar en una posible intervención terrestre inminente.

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Las reuniones de Teherán

De ahí que, según el think tank estadounidense Critical Threats, el mismísimo Ali Jamenei y varios hombres importantes del recién reelegido gobierno de Ebrahim Raisi, hayan recibido en los últimos días al líder de Hamás, Ismail Haniya, a los secretarios generales de Hezbolá y la Yihad Islámica, y al ministro sirio de defensa, Ali Mahmoud Abbas. En rigor, estas reuniones fueron anteriores al ataque en Aleppo, y no una consecuencia del mismo, con lo que hay que suponer que algo se temía Irán al respecto.

Tanto Hezbolá como la Yihad y Hamás forman parte del llamado Eje de Resistencia iraní en Oriente Medio, un intento de equilibrar la influencia política y religiosa de Arabia Saudí y de los emiratos… y de desestabilizar la intervención estadounidense en Siria y en Irak. En cuanto a Ali Mahmoud Abbas, su presencia consolida públicamente las excelentes relaciones entre el gobierno de Al-Assad y el de Raisi y, de alguna manera, introduce a Rusia en la estrategia común, pues la relación militar entre los tres países es más que fluida.

De hecho, la unión entre Siria e Irán y su objetivo común de combatir a Israel supone un problema diplomático para Putin de primer orden. Desde el inicio de su intervención militar en Ucrania, Israel se había mostrado cauto en sus reacciones para no incomodar al Kremlin. A todo el mundo le sorprendió la frialdad con la que Moscú reaccionó a su vez a los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023. Una frialdad que no sentó nada bien al gobierno de Netanyahu y que anticipaba buena parte de lo sucedido desde entonces.

La amenaza del ISIS

Hay que recordar que Israel no es el único enemigo común del Eje de Resistencia ni de Moscú. Hay otra amenaza a la que probablemente necesiten hacer frente juntos y de la que seguro que se habrá hablado estos días en Teherán: el resurgir del Estado Islámico. Más allá del atentado en el Crocus City Hall del pasado 22 de marzo, justo en medio de esta serie de reuniones, las noticias que llegan desde Irak no son alentadoras: el ministro de asuntos exteriores ha pedido a la comunidad internacional que no se relaje ante la amenaza terrorista y que no deje solo a su país (un país que tiene como primer ministro interino a Mohammed Al Sudani desde hace dos años) en la lucha contra el Daesh.

Estas palabras chocan con las que el propio Sudani manifestó hace poco más de un mes coincidiendo con la visita de la ministra Margarita Robles a Bagdad, en la que se acordó la retirada de las tropas españolas de la coalición internacional encabezada por Estados Unidos. Según declaró Sudani el 7 de febrero, “lo que queda de los terroristas del ISIS ya no representa una amenaza para el estado iraquí”. No se sabe a qué se debe este cambio drástico de opinión, pero no invita al optimismo.

En resumen, estamos ante un nuevo momento de escalada en la violencia que asola regularmente a Oriente Medio. A la guerra de Gaza hay que sumarle los continuos escarceos entre Israel e Irán y la inestabilidad de Siria e Irak como estados autónomos. El riesgo de que ambos países caigan en manos del ISIS, como sucedió en 2014, o se entreguen por completo a las manos de Irán, con la mediación de Putin, es altísimo. Ninguna de las dos soluciones resulta en absoluto atractiva para Occidente, que algo tendrá que hacer para frenar estos movimientos antes de que sea demasiado tarde. Evitar una guerra abierta en Líbano sería un buen primer paso.