Taylor Swift colapsó Twitter este miércoles 28 de marzo. Y, de paso, Ticketmaster. Esa misma mañana la compañía de venta de entradas había anunciado una segunda fecha en Madrid de su gira The Eras Tour, en el estadio Santiago Bernabéu.

A las tres de la tarde, la hora fijada para el comienzo de la venta de entradas, ya se había hecho el caos: gente en el puesto quince mil de la cola se sentía afortunada por no estar en el dieciséis mil, ojos secos de mirar la pantalla sin pestañear, y pasivo-agresividad en las redes contra Ticketmaster en los casos en los que no se conseguía entrada.

Lo mismo ocurrió al día siguiente con el grupo de rock La Raíz. El reencuentro de la banda cinco años después de su separación en el madrileño Wizink Center el próximo 22 de noviembre hizo que miles y miles de personas estuviesen pendientes de la web de Enterticket a las diez de la mañana.

En ambos casos, el denominador común es el mismo: una cola virtual en la que estar horas esperando tu turno para comprar en las que el símbolo de “refrescar” es un gran botón rojo que no debes pulsar si no quieres perder tu puesto (pero con el que te sale el instinto de hacerlo).

De ‘bocadillo y a esperar’ a ‘código y a esperar’

Una situación que contrasta con la manera en la que se compraban entradas hasta hace no mucho. Que internet ha cambiado la forma en la que vivimos es un hecho, pero también que lo ha hecho con la forma en la que accedemos al ocio.

Quien quería comprar un asiento en la plaza de toros comprobaba si tenía dinero suficiente y se iba a la ventanilla de “sol” o “sombra” dependiendo de la respuesta. ¿Un asiento en el teatro? La receta se basaba en cotillear la pantalla que la persona detrás del mostrador enseñaba al de delante con los asientos que estaban todavía disponibles y pedir mentalmente que no te quitasen el que querías.

Y aunque en muchos casos esta situación sigue ocurriendo, que la persona de delante sea un número en la cola virtual y no “un señor con gorra y bocadillo de chorizo” es cada vez más común.

En conciertos como los de Taylor Swift, es necesario conseguir primero un código. Proporcionado por Ticketmaster, los afortunados que lo consiguieran no tienen una entrada asegurada, sino un puesto asegurado en la cola virtual. ¿En el lugar 10, o en el 10 mil?, depende de la rapidez con la que entres en la página para conseguir la entrada.

A partir de ahí, solo toca esperar y saberte el número de la tarjeta bancaria para comprar las entradas antes de que entre otra persona de la cola y te las quite.

Mensaje del grupo La Raíz a través de sus redes sociales

En el caso de La Raíz el código no era necesario, pero la cola virtual era también requisito para conseguir las entradas (y medir la paciencia).

Psicóloga social sobre hacer colas

En cualquier caso, lo claro es que hay que esperar. Y sobre esto ha realizado un estudio la University College de Londres, basándose en el comportamiento de británicos haciendo cola. Los resultados concluyen en “La regla del seis”: solo estamos dispuestos a esperar seis minutos antes de irnos de la fila y preferimos no unirnos a una cola de más de seis personas. Además, el estudio afirma que un espacio de menos de 15 centímetros puede provocar ansiedad o estrés.

Pero aún así, seguimos haciendo fila. Según los antropólogos Joseph Heinrich y Robert Boyd, “hacer cola es una conducta altamente sofisticada porque requiere la cooperación entre extraños que, probablemente, nunca se van a encontrar de nuevo”.

Una visión de la espera con la que también está de acuerdo la psicóloga general sanitaria Alba Calleja, quien afirma que nos gusta formar parte de una fila “porque las emociones se contagian”.  Si pensamos en las personas que hacen cola para comprar algo específico, “la lógica del pensamiento del consumidor es que si tanta gente espera será que es bueno“, afirma la también experta en comportamiento social.

“Esa percepción de limitación obliga a priorizar su necesidad y aumenta el deseo de obtener una cantidad superior a la que está disponible“. Y si para ello hay que esperar, se espera.

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