En un tiempo no muy lejano Taylor Swift habría hecho las delicias del movimiento conservador en Estados Unidos. Una artista blanca con raíces en el ‘country’ convertida en la mayor estrella global de la música que inicia un romance con un jugador de fútbol americano. Él, Travis Kelce, también es blanco y símbolo perfecto de esos hombres grandes y barbudos que una parte de la derecha ve como la representación de una masculinidad supuestamente amenazada. Y, como guinda, ha llegado con su equipo, los Chiefs de Kansas, a la Super Bowl, la fiesta mayor del deporte rey de EEUU, que se celebra el domingo 11.

Ese tiempo claramente no es hoy. Es 2024, año de elecciones presidenciales. Swift tiene sus propias ideas políticas y en cuestiones como los derechos reproductivos y de la comunidad LGTBQ, el género y la identidad sexual o la raza no comulga con la línea dominante en el Partido Republicano. Este está dominado por Donald Trump y su movimiento MAGA (siglas de Hacer América Grande de Nuevo) y vive entregado a un populismo que cada vez se nutre más de las teorías de la conspiración y las alimenta.

Con Swift la caída por la madriguera de la paranoia conspiranoica se ha acelerado hasta extremos que hasta el equipo editorial de ‘The Wall Street Journal’, poco sospechoso de inclinarse del lado demócrata, ha calificado de “raros” y de los que se ha reído sin disimulo. Y Rich Lowry, voz del conservadurismo tradicional, apunta a que se ha llegado al punto de “perder el contacto con el sentido común y la realidad”.

La teoría

El runrún empezó en diciembre, cuando la revista ‘Time’ eligió a Swift persona del año (una selección que, según informaciones de prensa, enfadó al propio Trump). Entonces algunas de las voces más excéntricas, radicales y directamente desquiciadas de la derecha, como las de Jack Posibiec y Laura Loomer, empezaron a sugerir que Swift, su fenómeno y su romance eran todo parte de una oscura operación psicológica (“psyop” en la jerga estadounidense) urdida por el Pentágono, para el que ella sería un activo.

“Están preparándose para una operación para usar a Taylor Swift en la elección contra Trump, a favor de (Joe) Biden, lo van a conseguir y van a volver a los ‘swifties’ en votantes, verán”, decía Posobiec, que aseguraba también que Kelce era “un novio señuelo elegido a dedo” por esas supuestas fuerzas oscuras y, de paso, aprovechaba para denigrar el estilo de vida de Swift como ‘DINK’ (siglas en inglés de “dos ingresos, no niños”, algo que la ultraderecha no ve ideal para adultos de 34 años).

Cuando arrancó el año la cosa salió de internet y redes sociales para llegar a las televisiones conservadoras y ultraconservadoras, de One America News o News Nation a la aún más influyente: Fox News. Y allí el mes pasado el presentador Jesse Watters sugirió que el éxito del ‘Eras Tour’ no ha sido fruto no de la profesional entrega de Swift ni de la apasionada adoración de millones de fans en todo el mundo.

“¿Se preguntan alguna vez cómo o por qué ha estallado así?”, planteó Watters. “Bien, hace unos cuatro años la unidad de operaciones psicológicas del Pentágono barajó la idea de volverla un activo durante una reunión de la OTAN. ¿Qué tipo de activo? Un psyop para combatir desinformación online”.

Su supuesta prueba era un vídeo con parte de la intervención en una conferencia de 2019 de Alicia Marie Bargar, pero era una reunión de un grupo en el que participan 25 países y Bargar, investigadora en una universidad, solo mencionó a Swift como potencial ejemplo de famosos con influencia.

Super Bowl “amañada”

A Kelce también lo tiene la ultraderecha en la diana, tanto por haber aparecido en un anuncio de Pfizer instando a vacunarse contra el covid como en otro de Bud Light, la marca de cerveza que vivió un boicot tras otro anuncio con una influencer transgénero. Y la paranoia metió la quinta cuando el pasado domingo los Chiefs se aseguraron su presencia en la Super Bowl.

Obviando que los de Kansas han llegado a la final cuatro veces en los últimos cinco años, empezó a sugerirse que esa clasificación había estado amañada, como los conspiranoicos dicen que estará la final. Y la idea en la descabellada teoría es que luego Swift y Kelce se comprometerán y, de cara a noviembre, respaldarán a Biden y pedirán el voto para él y los demócratas.

Vivek Ramaswamy, que fue rival de Trump en primarias y ahora es uno de quienes suena como su potencial candidato a vicepresidente, ha echado leña al fuego de las conspiraciones. También lo ha hecho Stephen Miller, que fue uno de los principales asesores de Trump en la presidencia y puede tener aún más poder si vuelve a la Casa Blanca. Y hasta en el Pentágono, conscientes de “los peligros de las teorías de la conspiración”, han salido a desmentir que Swift sea parte de una “psyop”.

Activo político

Lo que nadie niega es que el posible apoyo de la artista a Biden (que ya lo recibió de ella en 2020), sería ciertamente un activo político. El demócrata estaría encantado de tenerlo otra vez y, según un artículo de ‘The New York Times’, es el respaldo de una celebridad que su equipo de campaña más está buscando. Porque ciertamente van a necesitar toda la ayuda que puedan obtener para tratar de compensar la apatía o directamente el desencanto y la rabia del voto joven con él (especialmente por su apoyo a Israel pese a la situación en Gaza). Y saben de lo que es capaz Swift.

El año pasado, por ejemplo, una hora después de que colgara en Instagram (279 millones de seguidores) un ‘stories’ llamando a registrarse para poder votar, el tráfico en la web Vote.org se había disparado el 1.200%. Y ese día se registraron 35.000 personas, más que ningún otro desde 2020.

No siempre fue así. Swift no siempre habló de política y en su documental ‘Miss Americana’ lamentó no haberlo hecho contra Trump en 2016. Y en 2018, cuando dio su apoyo a dos demócratas en Tennessee, su favorito para el Senado perdió por 11 puntos ante la candidata republicana.

Su voz política, no obstante, se iba afinando y con ella levantaba ampollas entre los conservadores. “Siempre he votado y votaré según el candidato que proteja y luche por los derechos humanos que creo que todos merecemos en este país”, dijo entonces. “Creo en la lucha por derechos de la comunidad LGTBQ y que cualquier forma de discriminación basada en género u orientación sexual está mal. Creo que el racismo sistemático que vemos en este país hacia la gente de color es aterrador, nauseabundo y prevalente”.

En 2020 denunció a Trump por “hacer trampas descaradamente y poner millones de vidas de estadounidenses en peligro”, en referencia a los esfuerzos del republicano por limitar el voto por correo en pandemia. Y después de que el Supremo derogara la protección constitucional al aborto, ella tuiteó apoyando un derecho que se anticipa que volverá a ser un tema central en noviembre y determinante para la movilización.

“¡No te metas en política!”

El mensaje que Swift oye estos días desde la derecha es claro. “¡No te metas en política!”, “debería pensárselo dos veces antes de tomar una decisión sobre 2024”, “si quiere preservar su legado debería mantenerse alejada de la política” se lee en redes y se oye en Fox News (donde de repente parece interesar el cambio climático, aunque sea para cuestionar lo que contaminará el vuelo de Swift a la final de la Super Bowl en su jet privado desde Japón, donde tiene un concierto).

Trump, según ha publicado ‘Rolling Stone’, presume en privado de que es “más popular” que ella y con fans “más comprometidos”. Asegura que no habrá cantidad de famosos suficientes para salvar a Biden. Y es una idea que repiten desde su campo. “Lo de los famosos apoyando a Biden es como donar a Nikki Haley”, ha dicho el encuestador John McLaughlin, aprovechando para tirar una pulla a la rival que queda en liza en primarias frente a Trump. “Son métodos de alardeo moral, como llevar una máscara en público tras Covid. Los famosos pueden apoyarle pero no rebaja la inflación, detiene guerras, arregla la frontera o reduce el crimen. El índice de aprobación de Biden aún apesta”.

Otros, eso sí, son conscientes de que el apoyo de Swift a Biden podría tener impacto. Y Charlie Kirk, el ultraderechista fundador del grupo Turning Point USA, ha dicho que sería un “tsunami (…) muy difícil de frenar”.