Se fue de Inglaterra, tras la Eurocopa, señalado. Y saldrá de Australia, campeón del Mundial, reforzado. Sin embargo, Jorge Vilda (Madrid, 1981) sigue siendo el mismo, pero diferente. Su beso a la Copa del Mundo esconde toda una historia de luces y sombras.

Aterrizó en Nueva Zelanda en el peor momento de su carrera como seleccionador. Aunque nadie lo llegó a reconocer, varias jugadoras que quedaron en quince habían pedido su destitución diez meses antes, entre tantas otras mejoras de condiciones que, en su mayoría, sí se han dado. Consideraban que tenía que haber un cambio en el banquillo para dejar de participar y empezar a ganar. Y solo alguien con su grado de amor propio -una cualidad tan positiva como negativa en exceso- es capaz de seguir así, como si nada, y meterse en el mayor de los escaparates haciendo oídos sordos y con una sonrisa. Acabó saliendo victorioso.

El mismo… pero diferente

Jorge Vilda ha sido el mismo que en Inglaterra. Se llevó al Mundial a las suyas y a otras que necesitaba. Entregó el brazalete a tres futbolistas de su confianza y se lo quitó a Irene Paredes, Alexia Putellas y Jenni Hermoso, cuando no hay mejores capitanas que ellas. Le preguntaron -le preguntamos-, una y otra vez, por cómo se gestiona un vestuario en un torneo así sabiendo que sus jugadoras habían pedido su cabeza. Y respondió, una y otra vez, con evasivas o con tópicos, agradeciendo, sobre todo, el respaldo del presidente Luis Rubiales, su gran valedor.

Dijo que tiene a veintitrés balones de oro en su equipo. A vintitrés capitanas. Habló públicamente de Misa Rodríguez sin explicarle, previamente, que no iba a jugar los octavos -ni los cuartos, ni las semifinales, ni la final-. Maria Pérez, su “apuesta personal, porque de lo que tenemos es lo que más se parece a Busquets [olvidando a Patri Guijarro]”, disputó veintiséis minutos en todo el Mundial, con la victoria en octavos ya sellada.

Sin embargo, en este torneo hemos visto a un Jorge Vilda diferente, al mismo tiempo. Uno que se jugó su pellejo -porque sí, porque si le hubiese salido mal su experimento contra Suiza quizás otro gallo cantaría- revolucionando el once en octavos. Sabía lo que hacía. Que decidió sentar -para siempre- a Misa y poner a Cata Coll, que acabó resultando una de las mejores -sino la mejor- portera del torneo. Que dio pocos minutos a Athenea, a Esther, a Irene Guerrero e incluso a Ivana después de la lesión, todas ellas también de su confianza. Y que dejó participar a todas -menos Enith Salón– en mayor o menor medida. Que falló en algunas decisiones, con onces y cambios, pero acertó en otros. Los cuartos se ganaron desde la pizarra. Y, aunque cuenta con muchas de las mejores jugadoras del Mundo, él también ha tenido su parte de mérito.

¿Y ahora, qué?

Detrás de esa sonrisa y seguridad en sí mismo, hubo unos días en los que no dio por sentado que iba a continuar. En la primera previa post derrota contra Japón. Entonó el ‘mea culpa’ con un “el responsable soy yo” y sobre su futuro dijo “no es tiempo de pensar en ello, no pienso en el día después”.

Si quiere, seguirá. Casi seguro. Porque la Federación apostó por él cuando ni los resultados ni el vestuario le acompañaban y ahora, después de ocho años, ya tiene un título. Y qué título. Le queda un año más de contrato y su gran deseo es disputar unos Juegos Olímpicos. Pero veremos qué hace. Porque Vilda sigue siendo Vilda. Y aunque a veces es demasiado previsible, también es una caja de sorpresas.