El cielo amenazó con aguar la fiesta tras una jornada pasada por agua hasta media tarde, pero los chubascos respetaron el grueso del certamen, hasta el filo de la medianoche, en una tregua providencial que los ovetenses aprovecharon para echarse en masa a las calles. Con la decisiva resolución de la Capitalidad Europea de la Cultura 2031 a la vuelta de la esquina, en diciembre, la decimocuarta edición de la Noche Blanca vivió otra multitudinaria entrega que da un masivo empujón a la candidatura. Las colas volvieron a adueñarse de las esquinas del Antiguo en una velada que coronó a La Vega como gran escenario y en la que la ciudad demostró músculo cívico, abarrotando recintos patrimoniales e industriales hasta la madrugada.
«Oviedo está en movimiento», celebró el alcalde, Alfredo Canteli, en la presentación oficial del acontecimiento cultural, que tuvo lugar en el Convento de las Pelayas. El regidor apreció la ciudad «llena de gente» y su «ambiente fenomenal». «Queremos que siga creciendo todos los años», remató sobre la cita en un acto en el que estuvo acompañado por su esposa, Marta Suárez; el concejal de Cultura, David Álvarez; el director artístico de la Noche Blanca, José Castellano; el vicepresidente primero de la Cámara de Comercio de Oviedo, José Manuel Ferreira, con su mujer, Montse Soriano, y la madre superiora de la congregación de las Pelayas, Rosario del Camino Fernández-Miranda.
En cuanto al desarrollo del acontecimiento, el ambiente se palpó desde las cinco de la tarde, aunque pasadas las siete la plaza Porlier fue un crisol de contextos. Por un lado, discurría la ruta urbana sobre patrimonio arquitectónico guiada por David Alonso, que se mezclaba con los forofos del tardeo sabatino y los de la selección española. Allí también desembocaban los espectadores que salían del teatro Filarmónica tras presenciar «Un rayo de luz», la obra teatral de sombras y objetos de la compañía «Luz, micro y punto».
«Nos ha encantado, lo recomendamos a todo el mundo», aseguraban entusiasmados Laura Camporro y Manuel Argüelles a la salida del coliseo de la calle Mendizábal sobre la performance. Aún era de día, pero la agitación ya era evidente y se distinguía a las pandillas que trazaban itinerarios para no perderse el siguiente punto de la programación.
Al enfilar el camino hacia la Fábrica de Armas de La Vega por la calle Jovellanos se descubría una estampa ya tradicional, pero no por ello menos impresionante: una fila kilométrica para acceder a los célebres cantos de vísperas del Monasterio de San Pelayo. En el tobogán de la calle Azcárraga, el goteo de paseantes se convertía ya en un río de peregrinos que cogía caudal hacia el complejo fabril, una marea que con la caída de la noche se tornaría multitudinaria, ya que la oscuridad favorecía los menesteres que se practicaban en la antigua fábrica.
Vanguardias de la electrónica
Las vanguardias de la electrónica visual tuvieron su lugar en La Vega. Dentro del recinto, la Nave M1 ofreció una de las estampas más originales de la edición. Allí, bajo unos sencillos focos cenitales verdes y azules que teñían la penumbra, Enrique del Castillo desplegó la liturgia analógica de «Umbráfono». El artista jienense manipulaba sus lectores ópticos artesanales, cambiando constantemente tiras de celuloide de 35 milímetros para extraer de sus bandas sonoras sonidos y texturas respaldadas por el bombo de graves.
«Ya le vimos actuar en el L.E.V. Festival, en la capilla de La Laboral», comentaban al unísono Mateo Riera, Pelayo Granda y Sofía Valdés, tres jóvenes cuya indumentaria y corte reflejaban a las claras su militancia en la música electrónica de vanguardia y que hicieron una sugerencia: «Un festival de electrónica en La Vega sería brutal».
Justo enfrente, en la misma nave, esperaba el despliegue escénico de «Protocol 99 C». La instalación del dúo Lolo y Sosaku se activó sobre un entarimado envuelto en humo y flanqueado por un impresionante equipo de sonido Void Acoustics, con cuatro torres en las esquinas que despertarían la envidia de cualquier club de techno por su inmensa potencia: la pegada de los subgraves hacía vibrar literalmente la ropa. Sobre las mesas –donde más tarde la pareja de artistas desarrolló, además, dos sesiones en vivo manipulando sintetizadores–, cerca de veinticinco artilugios mecánicos cobraban vida y aportaban capas al sonido: cadenas que rozaban sobre planchas metálicas, pistones y martillos que percutían. «Son aproximadamente veinticinco», explicaba en plena faena Nathan Ridley, técnico de sonido encargado de controlar la exhibición mediante una tableta digital.
En la vecina nave estaba «Puppet», la propuesta participativa firmada por 1024 Architecture y el productor francés Vitalic. Allí, una marioneta virtual bailaba en una pantalla gigante al son de las órdenes de los usuarios. El cierre del recorrido por La Vega tuvo tintes casi litúrgicos con «Bestia Sagrada», de Isabel Do Diego, álter ego del artista andaluz Juan Diego Calzada. Una iluminación en tonos rojos daba la bienvenida a un show donde el creador consagró una performance que recordó a un rito ancestral.
En paralelo, la Catedral registró el mayor «llenazo» de la jornada. Cerca de 300 personas se quedaron a las puertas sin poder entrar tras agotarse el aforo, ocupado por 1.100 privilegiados tras soportar colas que casi alcanzaron los soportales del Ayuntamiento; esto también ocurrio conlos recorridos guiados por la ciudad e instituciones como la Junta o la Cámara de Comercio. La soprano de Luisiana Bridget Bazile y su pianista desgranaron un emocionante recorrido por la historia de los espirituales negros, contagiando a un auditorio entregado que rompió a acompañar con palmas himnos universales del género. Fuera del cogollo, la galería Arancha Osoro concentró las miradas con la suspensión capilar y las impresiones botánicas de Andrea Álvarez en «Oósfera»; mientras, las nuevas olas musicales resonaban en Kuivi Almacenes.
El colofón esperaba en el Campo San Francisco. La escultura cinética «Hulahoop», de Collectif Scale, mecía sus aros en una hipnótica coreografía de destellos y música para que Oviedo despidiese la velada coronada de luz en una Noche Blanca convertida en faro cultural imbatible en el camino hacia 2031.
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