Lo más significativo de los decretos aprobados por el Consejo de Ministros no es tanto lo que establecen, sino lo que dejan de lado. Particularmente se ha cerrado un compromiso sorprendente: el Gobierno va a dejar en el cajón la reforma de la ley del Suelo.
Yo diría que es lo fundamental: cuando queda quizás medio año de legislatura esta retirada supone que la reforma de la normativa quedará paralizada —proceso electoral por medio— como mínimo doce o catorce meses.
Cambiar la malhadada ley del suelo supone una asignatura obligatoria para desembrozar el camino a la construcción masiva de vivienda pública en España.
Ciertamente, el Gobierno había arrastrado los pies pero ocuparse de la ley del suelo suponía un destello de vida inteligente en el Ministerio.
Al menos se pretendía blindar los planes urbanísticos frente a defectos de forma, limitando la nulidad total y permitiendo plazos razonables para la subsanación. Se sorteaba así un papeleo interminable, se reducían plazos burocráticos y, por tanto, los constructores e inversores ganaban en seguridad jurídica.
Objetivos tan elementales como imprescindibles, pero que chocan contra la imbecilidad ideológica de las familias de la izquierda aliada con el gobierno: losposcomunistas de Izquierda Unida y el progresismo bonito y happyflower de Más Madrid et alii.
La construcción es mala. Los constructores son odiosos. La vivienda no puede ser un bien económico (sic).
Así que para que no se multipliquen nuevos pisos y ayuntamientos —pero qué asquerosidad— lo que debe hacerse es que los arrendatarios, en la práctica, sean los dueños de las fincas arrendadas.
Es su casa, no. Como la de la señora Maricarmen: un piso de renta antigua con el contrato caducado nada menos que en 2007.
Antes, y durante casi medio siglo, la octogenaria podría haber adquirido la vivienda en propiedad. Las hipotecas eran un chollo a principios del 2000. No lo hizo.
Y es que este caso es muy poco representativo entre los cientos de desahucios que se producen en este país todos los días.
Es despreciable propaganda política engalanada por un miserabilismo político y jurídico grotesco.
Todo para parir estos dos decretos con cesárea —ya veremos si se convalidan ambos— y para que ayer Pedro Sánchez salga por televisión para aseverar que ha escuchado a la gente.
Es una conducta hedionda y miserable la de un dirigente que está seguro de que los electores de izquierda son oligofrénicos.
Con tus decretitos de purpurina solo empeorarás las cosas.
Sánchez sigue jugando a ser alfa y omega, institucionalidad y radicalismo, continuismo y ruptura y dirige la mejor maquinaria de propaganda que ha tenido jamás el PSOE, porque en realidad la maquinaria ya es totalmente el PSOE y el PSOE no es otra cosa que una extensión de los departamentos, discursos y argumentarios de la potente Presidencia del Gobierno.
Nada más.
Ahora tocan gruñidos mesiánicos contra aquellos que tienen casas y las alquilan y pretenden sacar pasta, los muy canallas, aunque las dos terceras partes de los ministros tengan tres o más viviendas en propiedad.
Da igual.
Es como escuchar al presidente del Gobierno las sacrosantas virtudes de la educación pública aunque se haya doctorado con una tesis irrelevante en una mediocre universidad privada y sus hijas estén estudiando en centros de pago (incluso en el extranjero).
Nos han montado en nuestras mismísimas narices una farsa insoportable que pagamos entre todos mientras la gente vive cada vez peor y las perspectivas económicas y laborales para los próximos años producen grima.
La socialdemocracia española se ha diluido en un populismo vociferante y oportunista, en una crisis fiscal sonriente, en que pactar lo que sea para sostener Sánchez en el poder carece de consecuencias y el que venga atrás que arree.
No hay motivos, sin embargo, para felicitar a las comunidades autónomas. Tampoco al Gobierno de Canarias.
Unas 2.200 viviendas no son precisamente gran cosa. Y esa será toda la mies de la legislatura.
La razón es muy sencilla: con los precios de licitación, las constructoras se enfrentan a unos márgenes de beneficio muy cortos y asfixiantes.
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