Ignoro si todavía se usa el término WAG (de ‘Wives And Girlfriends’, esposas y novias) para referirse a las parejas femeninas de los futbolistas. Denominaba con su punto peyorativo a unas mujeres guapas, de físicos espectaculares y vestidas a la última, sobre todo interesadas en el dinero y el lujo, colgadas del bracete de los jugadores de primera. Encarnaban el estereotipo de la rubia tonta y parásita, aunque hubiese morenas como Victoria Beckham que lo invalidaban por la vía de los hechos, gracias a su trayectoria y cuenta corriente personal.
En fin, un cliché machista que guardar en el cajón de lo inservible, junto a las fajas, los delantales y los bigudíes. En la maravillosa serie ‘Ted Lasso’, que ahora entrena a chicas, adoramos a Keeley Jones (Juno Temple), novia de futbolista, modelo preciosa, un punto ‘naif’ y aficionada al ‘brillibrilli’. Lista y con personalidad, nadie en su sano juicio le colgaría el sambenito de WAG. En LaLiga española pisa con idéntico garbo Ester Expósito, actriz madrileña de 26 años, que no pierde ocasión de demostrar que la inteligencia se entrena usándola a diario, y el feminismo también.
Sale desde hace unos meses con Kylian Mbappé, delantero de Real Madrid, que ignora que las ruedas de molino o te las tragas o no te las tragas, en el término medio te atragantas.
Un escándalo que el novio de Ester Expósito solo se pusiera la mitad de la camiseta que, con el lema ‘Todos somos caballas’, forma parte de una campaña de empresarios valencianos en apoyo de Ceuta. El hombre, francés hijo de inmigrante camerunés de origen nigeriano y de argelina, ambos progenitores deportistas profesionales, quiso precisar así que también se pone en la piel de los africanos que se desplazan en busca de una vida mejor. Error. En el mundo del fútbol los matices sobran: o estás en fuera de juego o no. Suerte que el presidente del club merengue Florentino Pérez, que se cree el Papa porque no hay nadie más arriba, corrigió a su rebelde moreno y corrió a rendir visita de cortesía a la ciudad autónoma invadida por pobres. Solo algunos millonarios, los de pedigrí, deben dar lecciones de política.
No soy aficionada a las quinielas, pero apostaría a que Ester Expósito habría pasado de enfundarse la dichosa prenda, no parece en absoluto una persona que se deja torear por el primero señor que llega, ni que sea don Florentino. En su camiseta se lee ‘No todos somos borregos’. En cuanto al alboroto patriótico-textil, se solidarizó con su novio, dando apoyo a publicaciones en redes sociales que aplaudían a quien no se deja utilizar para dar oxígeno a los que se crecen con el odio y la polarización.
La actriz que se dio a conocer en la serie ‘Élite’ de Netflix no pierde ocasión de decir lo que piensa. «Siempre estoy hablando de política«, afirmó recientemente en una entrevista promocional del último thriller tontorrón que protagoniza, la película ‘Enfrentados: Marfil’, estrenada en Prime. Esta joven en activo desde su adolescencia tiene un cerebro para la actualidad y un cuerpo para el ‘show business’. En los múltiples reportajes de moda en los que su aspecto de ángel rubio deslumbra con trapos de marcas de lujo, ella se dedica a pronunciarse sobre la cosificación de las mujeres, en especial de las niñas, y misoginia en general, sobre salud mental, Gaza, la flotilla y los refugiados, como activa colaboradora con ACNUR y admiradora de la asociación Open Arms de rescates en el mar. «No son criminales, no vienen a hacernos daño», comentó sobre los inmigrantes.
Afirma que su abuela solía decir «esta niña nació vieja» porque hablaba por los codos, y que su novio de jovencita la llamaba ‘La pitbull’ porque «era chunguilla, brava, buscaba pelea todo el tiempo«. Chorradas, las justas.
Como ya le ocurrió a Sara Carbonero en el Mundial de Sudáfrica en su incipiente relación con Iker Casillas, algunos culparon a Ester Expósito del laxo rendimiento de Mbappé en el campeonato de EEUU, un clásico del machirulismo futbolero. La pareja, perseguida este verano en sus glamourosas salidas por Ibiza y la Costa Azul, no se debe de aburrir en las sobremesas, ambos comparten la facilidad para el compromiso público: él habló contra el avance electoral de la ultraderecha en Francia, ella de «empatía social» y contra las campañas de odio que recibe. En una le afeaban su presencia en la famosa casita de los conciertos de Bad Bunny, a lo que contestó: «Se puede ser feminista y perrear hasta el suelo». Pues claro que sí, querida, que lo único que no te van a quitar es lo bailado.
Fuente: Diario de Mallorca










