Domingo a más de 30 grados a la sombra. El Málaga CF jugó desde las dos de la tarde en Balaídos con unas condiciones extremas para futbolistas y aficionados. Así lo denunció en sala de prensa el técnico del Celta, Claudio Giráldez, que relató que uno de sus jugadores, Pablo Durán, sufrió un «golpe de calor» antes del pitido inicial y ni siquiera pudo sentarse en el banquillo. Hubo además situaciones de emergencia en las gradas, con personas atendidas con idénticos cuadros derivados de las altas temperaturas y la intensa humedad reinante.
El impacto de tan elevados termómetros en este arranque de septiembre no sólo se ha dejado sentir en suelo gallego. Lo sufrió un cupo significativo de espectadores en Madridring, el circuito donde se desarrolló la gran carrera del GP de España de Fórmula 1.
Y ya hemos visto que durante los últimos siete días la Vuelta a España incluso ha recortado tramos de etapas, debido a temperaturas cercanas a los 46 grados tras las protestas de los corredores. De hecho, en estas circunstancias, este mismo domingo se confirmaba que en 2027 la competición no se celebrará en agosto. Proteger a los espectadores y deportistas del calor extremo es ya un reto ineludible de salud pública.
Y como decíamos, la competición liguera en España también debe preservar la salud de jugadores y seguidores. Porque un partido de fútbol es, para millones de personas, el ritual cumbre de la semana. Pero cuando el termómetro supera la barrera de los 30 grados centígrados y las gradas de cemento quedan totalmente expuestas al sol directo, sin una sola lona o voladizo que proyecte sombra, el espectáculo muta en una trampa térmica.
La responsabilidad es compartida, sin duda. LaLiga es libre de diseñar los horarios a la caza del telespectador asiático, sí. Pero los recintos son en muchos casos públicos, dependientes de las propias administraciones que luego se encargan de garantizar la salud de las personas. No es lógico, por lo tanto, que se exponga a un riesgo vital aquella persona que desea seguir cada fin de semana, abono en mano, al club de sus amores.
El cuerpo humano está diseñado para autorregularse mediante el movimiento y la sudoración, como es de sobra sabido. Sin embargo, sufre un castigo silencioso pero devastador cuando permanece inmóvil en cualquier asiento. Si el mismo es de plástico y durante más de 100 minutos se convierte en el único refugio para nuestro aparato locomotor, las consecuencias pueden resultar de lo más dañinas.
Porque la inactividad física, lejos de ser un alivio, se convierte en el peor enemigo de la salud bajo un estrés térmico extremo. A nivel puramente fisiológico, la inmovilidad bloquea el mecanismo más eficiente de retorno sanguíneo: la contracción de los músculos de las piernas, conocida como la bomba muscular.
Al igual que cuando nos desplazamos en avión, tren o en el vehículo particular, la sangre comienza a acumularse en las extremidades inferiores debido a la gravedad. De ahí que sea importante recorrer el pasillo, mover las extremidades o hacer altos en el camino al menos una vez cada dos horas.
Si agregamos a la ecuación ese calor extremo, el organismo pasa a activar una respuesta de vasodilatación periférica; es decir, ensancha los vasos sanguíneos para redirigir el flujo sanguíneo hacia la piel, con la intención de enfriarla a través del sudor.
Al combinarse la vasodilatación con la falta de movimiento nos encontramos, según nos han relatado más de una vez distintos expertos en medicina, la presión arterial se desploma drásticamente. Así se produce el típico síncope por calor: el cerebro deja de recibir suficiente oxígeno de manera repentina, provocando mareos severos, visión borrosa y, finalmente, el desmayo fulminante del espectador.
Lo hemos visto este fin de semana en Vigo, pero también ha sido mediático un cuadro similar en un espacio televisivo de máxima audiencia, a vueltas con esto de la supervivencia. Y es que mientras la presión cae, el corazón se ve obligado a realizar un sobreesfuerzo titánico. El ritmo cardíaco se acelera de forma abrupta y esa taquicardia sostenida genera un estrés idéntico al de un ejercicio moderado o severo. ¿Por qué no evitar las horas de máximo calor? Seguro que salvaríamos vidas.
Fuente: La Opinión de Málaga













