Bill Maher se cansó de las mentiras sobre Israel y el 11 de septiembre

La cultura política en Estados Unidos atraviesa una profunda crisis de claridad moral. A un cuarto de siglo del colapso de las Torres Gemelas, el panorama ideológico revela una transformación radical frente al islamismo, la violencia extremista y la guerra en Medio Oriente.

Durante los últimos 25 años, los ciudadanos estadounidenses vivieron a salvo de otra tragedia a gran escala. Esto se debió a una victoria directa sobre el terrorismo. Sin embargo, la reacción actual frente a estos temas carece de la convicción de antaño. Hoy existe un rechazo explícito a utilizar la palabra “terror”. Las organizaciones de noticias prefieren matizar el término, cuando la realidad de aquel fatídico martes de 2001 fue impulsada por una visión del mundo muy clara y destructiva.

La corrección política obstaculiza la verdad. El choque de civilizaciones es un hecho tangible: el islamismo radical se opone frontalmente al liberalismo occidental. Este extremismo repudia la libertad religiosa, los derechos de los homosexuales y la igualdad de las mujeres. Resulta paradójico el respaldo que esta ideología recibe desde sectores progresistas.

El cambio generacional arroja datos alarmantes. Uno de cada cinco jóvenes estadounidenses tiene una opinión favorable de Osama bin Laden. En la mente de estas nuevas generaciones, el exlíder de Al Qaeda se equipara a figuras virales de internet como Luigi Mangione. Para muchos, el peor saldo de los ataques aéreos fue la sospecha hacia la comunidad musulmana, una perspectiva que ignora a las tres mil personas consumidas por el fuego en sus propias oficinas. Esta distorsión nace de una premisa instaurada en la juventud: Estados Unidos es la peor nación de la historia.

La situación en Gaza refleja esta brújula moral rota con total nitidez. Hamás opera como una mafia estructurada para el terror. Las celebridades y figuras públicas adoptan la narrativa del genocidio sin fundamentos. El rapero Macklemore, por ejemplo, asegura conocer los detalles de un exterminio inexistente. La respuesta militar israelí constituye una contraofensiva dentro de una guerra por su supervivencia iniciada en 1948. En esta dinámica territorial, el pueblo judío es el verdadero habitante originario.

La crisis alimentaria en la franja palestina tiene un responsable directo: Hamás roba los suministros. En contraste, las fronteras permitieron el ingreso de 94 mil camiones con más de 1.8 millones de toneladas de ayuda y facilitaron la salida de 36 mil pacientes para recibir tratamiento médico en el exterior. Estos números desmienten cualquier plan sistemático de aniquilación.

La acusación de genocidio en Gaza es una mentira fácil de desmontar. El Partido Demócrata sufre su peor declive moral desde el fin de la Reconstrucción posguerra civil. Sus candidatos deben superar una prueba de lealtad y repetir esta falsedad sobre el Medio Oriente, una imposición equiparable a la presión republicana para validar el fraude electoral de Donald Trump en 2020.

Las palabras tienen definiciones estrictas. Un genocidio implica el asesinato calculado de un pueblo entero, no las bajas civiles inherentes a toda guerra. La cifra de 73 mil muertos es una tragedia inmensa, pero de ninguna manera constituye un genocidio. Para entender el verdadero alcance de la palabra, basta con mirar a los judíos polacos: de tres millones antes de la Segunda Guerra Mundial, solo quedaron 45 mil con vida.

Las consecuencias de esta retórica van más allá de la semántica. La explosión global de antisemitismo bebe directamente de estas acusaciones sin sustento. Acusar a un país de exterminar a otro otorga un permiso social para el odio indiscriminado. Y la historia demuestra la rapidez con la que el mundo acepta las justificaciones para odiar a los judíos.

El discurso público estadounidense abandonó la certidumbre sobre sus enemigos. El progreso de estas décadas mutó hacia una simpatía por los agresores, debates estériles sobre la definición del terror y la adopción de consignas falaces que solo perpetúan la hostilidad histórica.

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