Un equipo de la Academia China de Ciencias identificó seis zonas del interior de la Tierra que no habían sido registradas antes. Se encuentran a unos 2.900 kilómetros de profundidad, cerca del límite entre el manto y el núcleo externo, y presentan propiedades distintas de las regiones que las rodean.
Para localizarlas, los investigadores utilizaron un sistema de inteligencia artificial entrenado para reconocer señales sísmicas muy débiles. El modelo analizó más de dos millones de registros procedentes de casi 5.000 terremotos ocurridos entre 1990 y 2024.
El análisis reunió cerca de 175.000 señales sísmicas de alta calidad, más de diez veces la cantidad acumulada en estudios anteriores. Ese volumen de datos permitió obtener una imagen mucho más detallada de la zona situada entre el manto terrestre y el núcleo externo.
Los científicos estudian esas profundidades mediante las ondas generadas por los terremotos. Cuando atraviesan materiales con una composición o estructura diferente, las ondas modifican su velocidad o dirección. Esos cambios permiten deducir la presencia de estructuras anómalas sin observarlas de forma directa.
Hasta ahora, una de las principales dificultades era localizar señales muy débiles dentro de enormes cantidades de datos. En trabajos anteriores, gran parte de esa revisión se hacía de forma manual. El nuevo estudio empleó aprendizaje profundo para detectar esas señales con mayor rapidez, mientras los investigadores verificaron y corrigieron los errores del sistema.
El resultado fue la identificación de seis áreas con diferencias significativas que no habían aparecido en investigaciones previas. El nuevo mapa también sugiere que varias zonas consideradas antes como estructuras separadas podrían formar parte de franjas extensas y continuas.
Los investigadores todavía no pueden determinar con certeza de qué están hechas esas regiones. Una posibilidad es que contengan restos de placas tectónicas y fragmentos de la corteza terrestre que descendieron durante millones o miles de millones de años.
Las condiciones extremas de presión y temperatura a esa profundidad pueden alterar esos materiales, provocar una fusión parcial o transformarlos en otros minerales. Eso podría producir acumulaciones con propiedades distintas de las del manto circundante.
También existe una hipótesis más especulativa: parte de ese material profundo podría proceder de Theia, el antiguo cuerpo planetario de tamaño similar a Marte que, según una de las principales hipótesis, chocó con la Tierra hace unos 4.500 millones de años y contribuyó a la formación de la Luna. El estudio no demuestra que las seis zonas descubiertas tengan relación con Theia.
El hallazgo puede ayudar a estudiar cómo se desplazan el calor y los materiales dentro del planeta, procesos relacionados con la actividad volcánica y el movimiento de las placas tectónicas.
Por ahora, las seis zonas constituyen nuevos objetivos de investigación. Los científicos saben que existen y que difieren de su entorno, pero aún deben determinar su composición y su origen.











