El Barça se lo pasa pipa. No es poco ahora que ha retomado el camino hacia esa Copa de Europa –permítanme ser ‘viejuno’ con estas cosas– que le es esquiva desde la noche de Berlín de 2015. La senda hacia la final del Metropolitano, claro, se empinará. Pero Hansi Flick ha logrado que un puñado de futbolistas hambrientos disfruten de lo lindo mientras corren como si la vida se escurriera. Y quizá no haya más secreto en el fútbol que ese, por mucho que a Mbappé le dé pereza hacer otra cosa que marcar goles.
Poca oposición pudo presentar el Feyenoord neerlandés ante un Barça en estado de gracia desde que comenzó la temporada, con sus cuatro triunfos enhebrados en la Liga y esta primera victoria en una liguilla de la Champions donde será puesto a prueba en mes y medio en el Parque de los Príncipes por el temible campeón, el PSG de Luis Enrique.
Ya llegará ese examen. Mientras, Flick demostró que su plan está tan interiorizado por sus futbolistas que el engranaje no se resiente sean quienes sean los ejecutores.
El bigoleador Raphinha se ha destapado –quién lo iba a decir– como uno de los mejores arietes del mundo. Su gol inaugural abrumó. Enlazó un control orientado sublime con un recorte que obligó a derrumbarse a dos defensores como si fueran secundarios de una película de Bud Spencer y Terence Hill (ya ha marcado ocho tantos en este inicio de curso). Adeyemi, que venía siendo el suplente de Gordon, agradeció su titularidad con una estética rosca desde fuera del área que, además de brindar el 2-0, permitió a la hinchada aliviarse al ver que el alemán no se abría la crisma tras completar un salto mortal hacia atrás. Incluso Christensen, otrora con contrato fijo en la enfermería, puede llegar a afianzarse como acompañante de Cubarsí en el centro de la zaga.
Todo fluye en un Barça en que Lamine corre y deleita (cerró la tarde con el primer gol de falta de su carrera), en que Rodri templa y ofrece sentido, y en el que Pedri inventa y mira donde nadie más lo hace. En el primer gol de Raphinha fue el canario quien advirtió a Lamine, antes de que el de Rocafonda, con un único toque, prologara la obra de arte de Raphinha. Después del gol del brasileño en el minuto tres, mientras llovía a cántaros en Barcelona, los cielos comenzaron a abrirse y un rayo de sol se coló en el césped.
A los que ponen la música en el Spotify Camp Nou les dio por poner el ‘Come as you are’ de Nirvana –sí, ahí Kurt Cobain juraba que no tenía un arma– justo cuando comenzó a caer la de Dios. El cielo se caía sobre un estadio en obras y con el esqueleto aún en cueros. Los hinchas más duros del Feyenoord, de negro y sin plásticos, cantaban, gritaban –y también insultaban– como si nada. Aún faltaba un rato para que comenzara el partido, tiempo suficiente para que los sufridos habitantes del palco descubierto pudieran alargar el rato de canapés y para que los esforzados y eficientes empleados de prensa del Barça, que ya tenían el plan listo desde hacía días, recolocaran a los periodistas y los pusieran bajo la visera de chapa, unos metros más arriba de los pupitres encharcados.
La lluvia debió ser un engorro para esos turistas que acostumbran a poblar las gradas del estadio y a aflojar la billetera, quizá sin saber que aquí, cuando viene el agua, sólo va a protegerte el plástico y el paraguas. Y que las palomitas te las comerás con más agua que sal. Ya llegará el tiempo de las comodidades, de los palcos VIP y de los parques de atracciones.
Karim Adeyemi celebra su gol ante el Feyenoord. / AFP7 vía Europa Press
Cuando marcó Adeyemi, Deco ya se había secado la cara en el palco y los aficionados podían guardar el paraguas para ponerse a disfrutar en paz de lo propuesto por el Barça. Gio van Bronckhorst, campeón de Europa con los azulgrana en otra jornada lluviosa, la de París de mayo de 2006, no pudo pedirle más a sus futbolistas del Feyenoord. Defendieron como pudieron, se desplegaron muy bien cuando tocó, y tuvieron alguna opción gracias a ese rayo franco-argelino apellidado Moussa que trató, sin éxito, de jugar en Arabia Saudí en este mercado estival. Incluso marcaron un gol (Steijn) y les anularon otro, al valenciano Ferri, por un fuera de juego medido con una pestaña cuando ya estaban 3-0 en contra. Pedri y Raphinha habían vuelto a aliarse en su garbeo por un paraíso al que se apuntó el sorprendente fichaje estival, Gabriel Jesús, que siendo menudo peinó hacia atrás un centro de Lamine para zanjar el festival.
En tiempos en que Europa parece que se va al garete, el Barça, mediante el fútbol, está dispuesto a ofrecer algo de luz. Con un hijo de los márgenes como Lamine, a sus 19 años, anudándose por primera vez el brazalete de capitán.
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