El rincón caballa de mi recién abandonada adolescencia se quedó en mi memoria como el paraíso de mi vida. A él vuelvo cuando necesito escapar de los semejantes y de mí misma.
La Ceuta que yo conocí era, sobre todo, la residencia de los militares, en especial de la Legión. En aquellos tiempos me encantaba Paco Ibáñez y su canción: «La mala reputación». Estaba (y estoy) en contra de que los chicos tuvieran que hacer la mili, pero no olvido a aquella familia que me invitó y acogió en su casa, y su vida fue parte de «la mía elegida», ni a aquel militar de alta graduación, de aún mayor coherencia y honestidad, junto a su extraordinaria mujer, sus hijas y, en especial, su hijo. Ellos fueron, y son, el ejemplo de las buenas personas que conozco y de mi profunda consideración hacia esa tierra.
«La perla del Mediterráneo» era mestiza, con aires africanos y acentos de Andalucía, en una España que dejaba de estar «cara al sol» para empezar a ser europea. Estuve en las Fiestas de la Virgen de África, y son, junto con las de la Virgen de la Salud de Marugán, «mis fiestas populares» preferidas. Recuerdo mi vestido largo, un caftán de seda blanco, brillante, con dorados, y mi melena larga, recién rizada, con mis primeras mechas rubias. Creo que nunca me he sentido igual de guapa. Fue el agosto que definió mi vida, de eso no tengo ninguna duda. Además, reforzó mi deseo de convertirme en periodista y de serlo a mi manera.
Este agosto de 2026, Ceuta ha estado marcada por la nube de la confusión, el aprovechamiento ideológico y las intrigas convertidas en mentiras —tal vez necesarias—, junto a verdades dolorosas. Por el camino, víctimas colaterales cuyas muertes son imperdonables y excusas injustificables. Coberturas periodísticas desplegadas sobre alfombras glamurosas que conviven, casi obscenamente, con las dificultades del día a día. Y, lo más terrible, las vidas perdidas, algunas antes incluso de haber nacido.
Sin olvidar a quienes, por el hecho de ser mujeres, son además niñas utilizadas y violadas por propios y ajenos. El salvaje que llevan dentro iguala al delincuente de guante blanco con el de la mano sucia. Y esto conviene dejarlo claro para evitar que nos sigan manipulando: no viola «un moro», lo hace un hombre, un hombre violador. Según las estadísticas verificadas de la Fundación ANAR, más de la mitad de los abusos sexuales a menores que atienden diariamente ocurren dentro de la propia familia, a pesar de que eso mismo no se refleje en las condenas judiciales ni en las retiradas de custodia a algunos de «esos progenitores».
No entraré a cuestionar las visitas oficiales y extraoficiales de ninguno, salvo para valorar la de Sira Rego, ministra de Juventud e Infancia, y su valiente alegato a favor de los derechos humanos en la reciente comisión en el Congreso de los Diputados. «Lo que no voy a discutir es si un niño tiene derechos», para inmediatamente añadir: «No voy a aceptar que la infancia sea criminalizada».
La miseria duele y da miedo a los residentes, y también a «los sin sitio». Frente a ellos, la estrategia y la opulencia del poder, que se utiliza como excusa y ventaja el sometimiento, de quienes, en nombre de Dios y del cielo (paraíso), lo llamen como lo llamen, utilizan a su pueblo. Pero, de existir, no será el lugar al que acudan las manos que han movido los hilos de esta y de todas las tragedias, con el mismo denominador común en todas ellas.
¡Que Ceuta es España es incuestionable! Por mucha ambición a lo ajeno del rey de Marruecos, algo que parece intrínseco en su ADN, como bien padecen las buenas gentes del Sáhara, pero que tantas banderas de España se visualicen en las manifestaciones de esa manera, cuyos insultos solo van en una dirección, mientras algunos dirigentes fomentan el odio hacia el diferente (así lo deja claro la delirante «Prioridad Nacional» de ciertas comunidades con las que esos «ellos» han sido la clave para gobernar), es gravísimo. Lo que me hace desear que «el mundo se pare», incluso el tranvía con el nombre de ese sentimiento.
Yo era joven, muy joven, en los 80, pero aquellos años son los que me han enseñado a comprender que «solo sé que no sé nada», sin necesidad de ondear la rojigualda ni darme golpes en el pecho por la patria, y fundamentalmente estar lo más lejos posible de «esos tantos», y de tanta ignorancia con mala baba y xenofobia.
Y por eso vuelvo a refugiarme en aquel rincón caballa, aunque hoy sus aguas sean un mar de sangre y nos demuestre el fracaso humanitario de nuestra sociedad.
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