Francisco Sánchez Hernández ha muerto, pero antes de morir vio, trabajó y se divirtió. Siendo sindicalista fichado, abogado administrativista —lo fue hasta su jubilación en el Ayuntamiento— o uno de los fundadores del Antroxu de Avilés, el del primer Descenso de Galiana, el de la Gran Orden, el de las calles petadas de todo tipo de disfrazados. La enfermedad —las muchas que tuvo— le obligó a dejar el escenario.
Era madrileño, de la cosecha de 1947. «Coreano de pura cepa», bromeaba, iconoclasta, en una entrevista con este periódico, que también fue el suyo y el de sus columnas de fin de semana.
Había pertenecido al grupo de teatro «Cátaro» allá a comienzos de los setenta, la compañía en la que debutó, por ejemplo, su hermano César Sánchez —toda la vida en la Compañía Nacional de Teatro Clásico— y que dirigió el legendario Mario Menéndez, autor de la no menos legendaria «El vivo retrato». Y luego su hermano Juan. Y Pepe Jiménez. Todos hicieron las maletas coincidiendo con el cierre del Palacio Valdés y se fueron a conquistar Madrid.
«Mi madre era de Madrid y mi padre, como si lo fuera», explicó en aquella entrevista. «Mi abuelo paterno era ingeniero de minas y estaba de paso por el pueblo de Ceclavín, en Cáceres, cuando mi abuela alumbró a mi padre. Él nunca conoció Ceclavín», avisó. «Mi abuelo materno lo que tenía era una pequeña constructora. Trabajó en la Gran Vía que, por entonces, estaban levantando», añadió.
¿Y cómo termina una familia de madrileños de pro en Avilés? «Mi padre trabajaba en Construcciones Govasa, la empresa que se encargó de los edificios de Versalles, del Carbayedo Nuevo, de la cimentación de Cristalería, de la iglesia de Llaranes y de la restauración de San Nicolás, al poco de la llegada de Ángel Garralda a la ciudad», reconstruyó.
Sánchez se hizo abogado. Dijo: «Quizá porque presentar un caso tenía un poco de teatral». Lo fue hasta 2012, cuando se jubiló de su puesto en el Ayuntamiento de Avilés. Por entonces se habían jubilado también otros destacados trabajadores municipales: Ramón Rodríguez, José María Martínez, Antonio Ripoll…
Abrió despacho laboralista —lo era de CC OO— e hizo oposiciones al orden público porque, siendo farandulero como había sido toda su vida, también era un hombre de orden.
Dirigió la legendaria asamblea que se celebró en la sidrería Yumay en septiembre de 1980 y de la que nació el Antroxu de Avilés. El primer Carnaval fue el de 1981. «Lo celebramos el núcleo duro de la Gran Orden del Antroxu. Llovió», recordaba Sánchez. Y en 1982 nevó. Y, a partir de ahí, todo fue viento en popa, nevara, lloviese o hiciera un sol de justicia —las menos de las veces—.
Sánchez, aparte de actuar, dedicó su vida a escribir. Fue uno de los de la Academia de Avilés, aquellos que analizaron la ciudad de acuerdo con «Sabugo ¡Tente Firme!», pero también escribió trabajos como «Concurrencia competencial (Constitución y Estatuto de Autonomía) para la integración de la propiedad del suelo. Técnica de clasificación del suelo». Con su muerte, Avilés pierde a uno de sus personajes más sensacionales.
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