La música como hilo conductor de una vida repleta de raíces marineras. Santa Pola abrió este lunes sus Fiestas patronales y de Moros y Cristianos en honor a la Virgen de Loreto con un pregón al compás de la trompeta. La de Pepe Andreu Garzón. El músico puso la nota con un pregón que tuvo mucho de autobiografía, pero especialmente de declaración de amor a su pueblo. De la infancia en la calle a la banda, los primeros trompetazos, París, Madrid, El Bicho, las giras internacionales, la nostalgia y el regreso. Toda una coctelera de recuerdos que confluyeron en la Glorieta, donde aquel niño que soñaba con ser músico acabó convertido en pregonero.
La emoción estaba asegurada desde primera hora cuando cayó la noche. La comitiva, entre la que se encontraban las autoridades locales, antiguos pregoneros, las reinas y damas así como los cargos festeros, se concentró junto al Barco-Museo Esteban González desde donde partió con las melodías de colla hacia las inmediaciones del Castillo Fortaleza. Escenario en el que Andreu cumplió con «el mayor reconocimiento que puede tener un santapolero», como reconoció en julio en la presentación cuando el equipo de gobierno (PP) desveló el cargo.
El músico arrancó su alocución reivindicando precisamente lo que supone ser de Santa Pola. Lo hizo en representación de bandas y corales hasta los grupos de rock y pop. Para el compositor, pertenecer a la villa marinera es una manera particular de enfrentarse a la vida, heredera de las mujeres y hombres del mar, «acostumbrada a recibir al que llega, a compartir los temores frente a los temporales y a unirse ante la adversidad (…) Ser santapolero es una pasión, una forma de ser desde el Cap fins a les Salines».
Crianza
A partir de ahí abrió el álbum familiar. Andreu se presentó como hijo de Bienve «el Xorrilo» y Dolores Garzón, criado entre el Barranco de Catarra y la calle Margarita Bascuñana en aquellos finales de los años ochenta en los que las fiestas comenzaban mucho antes del 31 de agosto, exactamente cuando los vecinos sacaban mesas, tijeras, cartulinas y papel charol para engalanar las calles. En su memoria permanecían las tardes fabricando adornos con su tía Teresica ‘la Xorrila’ y el tío Pepe, Salvadora y Tomás, Antonio ‘el Corero’ y Sunsión, María, la de la Tenda y Vicente, la tía Rita, la tía Victoria, la Camerolo y el tío Quitín, su abuela Pepica y su tío Gasparito. Ese ambiente era, como recordó, otra manera de vivir la fiesta con un vecindario unido a lo largo de mesas largas donde se sacaban sardinas, «bacallaret sequet», longanizas, horchata, agua limón y mantecado mientras se baldeaban las calles para combatir el calor.
Narró cómo fue su infancia rodeado de hombres curtidos por el sol y la sal, como su padre y su padrino, dedicados al mar. Oficio que pensaría que seguiría hasta que la vida le llevó por otros derroteros.
Recorrido
Un camino enfocado a la música que empezó de niño al otro lado de la ventana de la casa en la que veraneaba, por donde se colaban aquellos ensayos de la Unión Musical, donde ingresaría años más tarde. Eso sí, antes desfilaba por los pasillos golpeando tapas de ollas como platillos o incluso llegó a terminar disfrazado de mariachi con una trompeta de juguete hasta que a los nueve años cogió la de verdad.
Una pasión por el instrumento que vivió de pasacalles en pasacalles, serenatas, procesiones, jornadas que le dejaban la boca dolorida de tanto tocar pero con la satisfacción de vivir las fiestas en hermandad. Expuso que antes de vivir profesionalmente de la música, Andreu fue camarero del restaurante Batiste donde aprendió a ser detallista, moverse con elegancia, permanecer atento y entender el sacrificio. Con las actuaciones que hacía recorriendo pueblos de Alicante y Murcia pagó matrículas, cursos e incluso su primera trompeta de gama alta.
Concurso internacional
Después llegó el salto cuando en 2001 ganó el Concurso Internacional de Trompeta de Benidorm y el prestigioso Éric Aubier le propuso estudiar con él en Francia. Se marchó a París sin saber francés y prácticamente sin conocer siquiera cómo funcionaba el metro y en sus estudios allí se llevó la medalla de oro por unanimidad. En la maleta llevaba una fotografía de sus compañeros de banda, un calendario para acordarse de Santa Pola y varias camisetas de su villa que acabaron vistiendo sus compañeros franceses.
La distancia y aquellas llamadas de su madre mientras sonaban al fondo la banda y las campanas de la iglesia durante la Purísima hicieron que comprendiera lo que significaba echar de menos el pueblo. Esas cosas tan simples como bajar a la Glorieta, encontrarse con los amigos, pasear o tomar un café, confesó.
Discos de oro
Después Madrid le abrió una puerta inesperada coincidiendo con Toni Mangas, quien le ofreció utilizar el local donde se preparaba un proyecto todavía incipiente. El Bicho. Su carrera orquestal despegó con más de un millar de conciertos, discos de oro y giras por Europa, África y América. Ni siquiera entonces Santa Pola dejó de marcar su calendario. Andreu recordó viajes casi imposibles desde Bilbao o Ámsterdam para llegar a tiempo a un desfile o a la Serenata, además de la emoción de escuchar un «Pepe, Visca Santa Pola» entre el público durante un concierto en Estocolmo.
Repasó su etapa al frente de la Unión Musical de Jacarilla, localidad donde también fue pregonero y cuyas celebraciones coinciden prácticamente con las de Santa Pola, de ahí que pagase un precio: el sacrificio de privarse durante años de ofrendas, serenatas y procesiones junto a su familia. Incluso relató a modo de anécdotas aquellos regresos en coche intentando alcanzar al menos los últimos compases del Motete.
Moros y Cristianos
El trompetista también se mostró orgulloso de haber recibido el encargo de componer la música del Himno Oficial de los Moros y Cristianos de Santa Pola, con letra de María Sempere Montiel, y llegó a ser reconocido en el propio acto. Recordó que para el proyecto reunió a las dos bandas, la Colla y un coro formado por los propios festeros. Aquellos ensayos, explicó, acabaron representando para él valores locales como el «esfuerzo, compromiso, solidaridad, nobleza, valentía».
La última parte del pregón se convirtió en un recorrido musical por los ocho días que Santa Pola tiene por delante mientras sonaba el espíritu de La manta al coll y Ximo para representar los primeros días de Moros y Cristianos; las melodías de ABBA para evocar el carácter desenfadado del desfile multicolor; o dando vida con su instrumento a Hallelujah, de Leonard Cohen, interpretada a la trompeta junto a Joaquín, Nacho y Jorge, como homenaje a los músicos santapoleros fallecidos.
La traca final llegó con Viva la Vida, de Coldplay. Andreu convirtió «la Bomba» que cierra cada año las fiestas en símbolo del final del verano, pero también del deseo colectivo de volver a encontrarse el año que viene. Y allí, con la música convertida en relato, hizo cantar a una Glorieta hasta la bandera un «Visca Santa Pola» antes de pronunciar las palabras que todos esperaban: «Por orden de la Señora Alcaldesa… ¡se ordena que den comienzo nuestras fiestas!». En el cierre otros músicos lo sorprendieron con una interpretación antes de dirigir los himnos de Santa Pola y de la Comunidad Valenciana.
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