Carina es panadera y estaba repartiendo el pan por los pueblos cuando su hija, menor de edad, la llamó preocupada por la cercanía de las llamas a su casa. Tuvo que dejar el reparto a medias y conducir a toda prisa de regreso a su hogar, donde las llamas ya habían conseguido entrar. El incendio de Zamora amenazaba su casa.
Por suerte, los vecinos de su pueblo y su primo, que es bombero, le ayudaron a apagar el fuego: «Nos ayudó muchísima gente». Cuenta que tuvo que meterse dentro de su propia piscina para llenar recipientes sin parar. Organizó con los presentes una cadena humana con cubos para achicar el agua.
Explica que las autoridades trataron de tranquilizarlos: «No os preocupéis, que el fuego no va a subir». Aun así, confiesa haber cortado unas encinas para impedir que el fuego entrara. Carina reflexiona sobre el continuo «miedo» que siente la gente del mundo rural a tocar o limpiar la vegetación por temor a las sanciones ambientales. Ese reparo, en su caso, desapareció ante la gravedad de la situación. «Lo siento mucho, pero las he recortado. Esa encina no es mía, pero estaba metida encima de mi casa». Nos tienen prohibido todo».
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