Hay asuntos cuya rareza dejamos de percibir de tan cotidianos como son. Los automatizamos para ahorrar energías. El alfabeto es uno de ellos. Lo aprendemos de niños, lo recitamos en voz alta, como una letanía, y lo archivamos para siempre en un cajón de la memoria. A partir de ese momento las letras devinieron invisibles, como el esqueleto que sin embargo nos sostiene. Pero de vez en cuando conviene regresar a ellas. Ahí están: son tan pocas (27, creo) que cabrían, escritas a bolígrafo, en la palma de la mano. La A, la B, la C, la D y así, todo seguido, hasta la Z. Con esos ingredientes, piensa uno, poco se puede cocinar.
Sin embargo, de ahí ha salido todo.
Del mismo modo que con los diez primeros dígitos del sistema métrico decimal se construyen números inimaginables, con las letras del alfabeto se fabrican cientos de miles de palabras (asómense a un diccionario). Pero el verdadero prodigio comienza después, cuando las palabras, al combinarse, generan un número de frases tan grande que resulta prácticamente imposible concebirlo. No hablo solo de las frases ya escritas, sino de las potenciales. De las que podrían escribirse mañana, dentro de un siglo o dentro de mil años. Con las mismas letras con las que se escribe la lista de la compra, se escribe el Quijote. Con ellas se redactan las tragedias de Shakespeare, las novelas de Dostoievski, los partes de guerra, las declaraciones de amor y las notas de suicidio. También la frase que usted lee ahora mismo. Todo procede de aquel pequeño grupo de signos que aprendimos en la escuela sin prestarle atención.
Seguimos sin comprender del todo el fenómeno. Fácil de describir, difícil de asimilar. La distancia entre las pocas letras del alfabeto y los millones de frases contenidos en una enciclopedia es comparable a la que existe entre un puñado de células y un elefante. Hay algo desproporcionado, casi milagroso, en esa capacidad de multiplicación.
El universo entero parece funcionar así. Unas pocas piezas elementales, combinadas de manera obstinada durante miles de millones de años, acaban produciendo mares, galaxias, hormigas, ministros, pianistas y lectores de periódicos. Quizá el Universo no sea más que una inmensa frase, llena de oraciones subordinadas, construida con un alfabeto minúsculo.










