Juan José Millás | La realidad como frase

Hay asuntos cuya rareza dejamos de percibir de tan cotidianos como son. Los automatizamos para ahorrar energías. El alfabeto es uno de ellos. Lo aprendemos de niños, lo recitamos en voz alta, como una letanía, y lo archivamos para siempre en un cajón de la memoria. A partir de ese momento las letras devinieron invisibles, como el esqueleto que sin embargo nos sostiene. Pero de vez en cuando conviene regresar a ellas. Ahí están: son tan pocas (27, creo) que cabrían, escritas a bolígrafo, en la palma de la mano. La A, la B, la C, la D y así, todo seguido, hasta la Z. Con esos ingredientes, piensa uno, poco se puede cocinar.

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