La leyenda negra sobre Morrissey y sus cancelaciones (la última, el pasado marzo en Valencia, según dijo, por no haber podido dormir la noche anterior a causa del bullicio fallero) quedó felizmente extraviada este sábado en el Poble Espanyol, donde el hijo más discutido de Manchester apareció puntualmente, o casi (con 11 minutos de retraso) y lució carisma, voz distintiva y repertorio en un señor concierto que culminó la andadura del primer Barts Festival. En su nota de balance, la muestra reportó un total de 68.000 asistentes en sus 20 noches de programación, con una ocupación media del 70%.
Morrissey movilizó a la afición y en el acceso al festival llegaron a acampar fans la noche anterior para entrar los primeros (proceso muy ordenado, con números plasmados en el dorso de la mano). El Poble Espanyol rozó el lleno, comprensible porque hablamos de una figura referencial del pop que ha sido muy cara de ver en Barcelona: la de este sábado fue solo su cuarta presencia en nuestros escenarios, tras el lejano bolo de The Smiths (Studio 54, 1985) y sus dos conciertos en solitario (Sant Jordi Club, 2014; Razzmatazz, 2015). ‘Moz’ vino, solo faltaría, acompañado de cierta conversación extramusical, después de que, este jueves, pidiera al presidente Pedro Sánchez que hiciera el favor de prohibir las corridas de toros, que “siguen empañando” la credibilidad de España. Como es costumbre en sus actuaciones, la oferta gastronómica en la plaza fue estrictamente vegana.
Máscaras sociales
Su nuevo álbum, ‘Make-up is a lie’, lanzado en marzo, fue acogido con tibieza por la crítica, si bien entre sus altibajos hay canciones que se ganaron merecidamente la inclusión en el ‘set’, y no solo la titular, robusta y meditabunda, que nos habló del maquillaje como metáfora de las máscaras sociales y las apariencias. Pero, para entrar en materia (tras un hilo musical a través de The Runaways, Interpol y David Bowie), Morrissey eligió ‘Billy Budd’, recuerdo del álbum ‘Vauxhall and I’ (1994), con sus versos sobre la entrega anímica a una relación tal vez herida por el estigma social.
Banda expeditiva, un quinteto con puntales fiables como el guitarrista Jesse Tobias, que lleva ya más de 20 años en su puesto, imprimiendo solidez a ‘I just want to see the boy happy’ y ‘The youngest was the most lover’. Morrissey lució buenas aptitudes vocales y tomó la palabra para estrechar, a su manera, lazos con el público. “Estoy aquí por vosotros. Vosotros y yo, como deseábais”. Un primer rescate de The Smiths, ‘A rush and a push and the land is our’ (tema tardío, de 1987, que el grupo no llegó a tocar en vivo porque ya se disolvió) y un vaticinio apocalíptico: “El mundo se acaba, ¿no lo habéis notado? ¡Todo se acaba!”. Pero a la orquesta le corresponde amenizar el hundimiento, y el estribillo de ‘First of the gang die’ no fue un mal compañero de debacle. En la pantalla, una imagen de The New York Dolls.
El precio de la fama
Entre el material reciente, ‘Kerching kerching’ y ‘Zoom zoom the little boy’ dejaron un rastro de frialdad, mientras que ‘Notre dame’ sí que destacó con su envolvente arquitectura pospunk, sus sintetizadores fríos y ese fondo relativo al incendio de la catedral parisiense y a su fragilidad como símbolo de una civilización. Ciertas dudas sobre el relato oficial: “Notre-Dame, sabemos quién trató de asesinarte / Notre-Dame, no nos quedaremos en silencio”. La pieza más álgida del nuevo disco, ‘The monsters of Pig Alley’, es poco festivalera, pero marcó territorio con su medio tiempo envolvente. Habla con suma crudeza del precio a pagar por la exposición pública, de la miel y la tragedia: “Una vez has probado la fama, nada más te satisfará / Han encontrado un cuerpo en un descampado”.
Pero el método más eficaz para electrizar el lugar fue resucitar ‘How soon is now’, con toda su urgencia y su reverberación guitarrera, tanto que justo en ese momento el cielo expresó su opinión y precipitó un chaparrón que provocó huidas a los pórticos del Poble Espanyol. Nada que pueda alterar el pulso de un inglés, claro. En un ciclo emocional ‘in crescendo’, y con la lluvia ya en retirada, Morrissey dejó de lado todo atisbo de distanciamiento para cantar de muy modo sentido ‘I know it’s over’, más The Smiths, seguida de otra perla, ‘Everyday day is like Sunday’, que no es lo que parece, ya que invita más bien a dar el mundo por un caso perdido y tirarte por el balcón con alegría.
Morrissey con las espadas en alto, implicado y cáustico, rescató la canción antitaurina que solo canta cuando baja de los Pirineos (‘The bullfighter dies’), si bien se despidió invocando el romanticismo, en su versión más pasada de vueltas, con ‘There is a light that never goes out’. Escena de móviles en alto, y un mensaje final: “Creed solo que veáis solo con vuestros ojos, dejad de ver las noticias, y hasta que nos volvamos a ver, sabed que os quiero”.
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