Hay una pulsión muy humana que nos empuja a la rebeldía en temas que condicionan nuestra libertad. Si no, no se entiende que seis años después de pasar por una pandemia que nos obligó a confinarnos para ayudar a frenar la propagación del covid, ahora aún nos encontremos con vecinos reticentes a seguir las indicaciones de seguridad en los territorios asediados por el fuego. Es eso y el miedo a lo desconocido: el resplandor de las llamas en el cielo cercano asusta y precipita acciones.
Miles de personas se han sometido a órdenes de confinamiento en los últimos días en nuestro país, una cifra inédita que se justifica en los incendios simultáneos que han asolado el territorio. Quedarse o evacuar un espacio es una decisibilñlete ón compleja que debe venir guiada por los expertos. Aun así habrá cabos sueltos, sujetos a imprevistos que pueden desencadenar tragedias, como ha pasado en el incendio de Almería.
Los incendios son un reto de seguridad y salud pública de primer orden y si la Administración se vuelca en esta protección todos debemos ir a una.
Hace años que se imparten cursos de autoprotección y conciencia de riesgos en urbanizaciones, y la vida confinada ya es una posibilidad demasiado real como para que no tengamos en casa kits de supervivencia o al menos en mente las prioridades para el autocuidado.
La ola de calor, por motivos distintos, también llama al autoconfinamiento: si uno no puede acceder a un refugio climático durante las horas más peligrosas de sol, debe proveerse en casa de medios para combatirla.
En Alemania han muerto más de 4.300 personas en la última semana solo de calor extremo por las temperaturas récord, y la conocida brecha de igualdad en nuestras ciudades hace a las personas mayores y solas, sobre todo mujeres, especialmente vulnerables si no recurren a un aire acondicionado que muchas no tienen.
La teleasistencia de los servicios sociales es una pieza clave estos días para esa concienciación, más educación climática y recursos son el paso siguiente en esta era del calor extremo.
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