Para acertar el viernes en el Metropolitano, la jugada era sencilla: solo había que apostarlo todo al rojo. En claveles para el pelo, en faldas con volantes o en bandanas de principios de los 2000 (a 25 euros cada una en la tienda de ‘merchandising’ oficial). Sí, también valían las camisetas de la Selección Española. ‘The Romantic World Tour’ aterrizó en un estadio con el corazón dividido entre el encuentro que se estaba disputando en el SoFi Stadium de Los Ángeles y el espectáculo que tenía enfrente. El reto no era sencillo, pero Bruno Mars lo aprobó con nota. Aunque puede que a esta hora siga sudando.
El gran recinto deportivo del barrio de San Blas se teletransportó a lugares lejanos y épocas pasadas. Lugares de la costa oeste de Estados Unidos, con los que se mimetizó cantando los dos goles de La Roja. El segundo, el de Mikel Merino que valió el pase a las semifinales del Mundial, coincidió con la fiesta final de Uptown Funk y se desató el delirio colectivo. También a otras épocas que para algunos fueron mejores, aquellas en la que estaban de moda los trajes de sastrería de siluetas clásicas, los looks monocromáticos y las gafas de sol de las estrellas del Hollywood dorado. Ni el DeLorean DMC-12 de Doc Brown soportaría una aventura así.
A sus 40 años, el artista hawaiano es una mezcla de lo que siempre fue y de lo que siempre quiso ser. En sus gestos se sigue viendo con claridad a aquel veinteañero que le cantó al amor más puro en Just the way you are (una de las más coreadas en el último tramo), pero esa dulzura deja pronto paso a su alma disco, quizás la faceta en la que se siente más cómodo. Se nota que Michael Jackson ha sido siempre uno de sus ídolos. Hace mucho que no tiene que demostrar nada a nadie y tiene claro que el tiempo que le quede en la industria va a hacer lo que le apetezca. La estrategia no le está saliendo nada mal: hoy por hoy es el artista más escuchado en Spotify.
Ha llovido mucho desde la última vez que pisó suelo madrileño y su propuesta musical ha cambiado en forma y fondo. Casualmente, fue un día de finales de junio de 2018 cuando él mismo ofreció el primer gran concierto en el entonces recién estrenado estadio del Atlético de Madrid. De aquella presentó las 16 canciones de su espectáculo 24k Magic World Tour ante 55.000 personas. Seguro que más de una ha repetido y ha podido ver la evolución de un artista polifacético que defiende con la misma solvencia baladas como When I was your man o temas tan cambiantes como Locked out of heaven. Por cierto, por aquel entonces también había Mundial, aunque el pobre papel de los de Fernando Hierro hiciera que muchos hayan preferido olvidarlo.
Son nueve las canciones que tienen en común ambos shows. Sus grandes éxitos, los que nunca fallan, fueron los que más gritaron al unísono las más de 65.000 personas que se dieron cita en el templo rojiblanco, ayer rojo a secas. Este sábado se esperan otras tantas en el segundo de sus dos únicos conciertos en España. Treasure, Versace on the floor, Marry you o Locked out of heaven son una apuesta segura, aunque alguno de ellos ya sobrepase la década. La pasión también se deja ver en la reventa: las entradas para la segunda fecha superan a esta hora los 500 euros.
El ticket del show, en realidad, viene con una oferta de 2×1: Bruno Mars y Silk Sonic, dos caras de una misma moneda. Los asistentes pudieron disfrutar del talento en solitario de Mars, que quiso dar el protagonismo a los temas de su último disco, The Romantic, una mezcla de ritmos retro, soul y r&b con pinceladas latinas. Un cóctel que, cuando se agita, desata la efervescencia entre un público heterogéneo. Había algunos entrados en años, más de un jovencito, pero, entre todos, se llevaba la palma la franja entre los 30 y los 50. Seguro que no fueron pocos los que escucharon en directo la banda sonora de su vida, de sus amores y desamores. Eso sí, le cantase a una cosa o a la contraria, al de Honolulu no se le borró la sonrisa en ningún momento. Igual que solo paró de bailar el ratito que se sentó al piano.
En la segunda entrega de ese 2×1, Mars compartió protagonismo con su otra mitad, Anderson Paak, que en los prolegómenos había hecho de DJ. Fueron seis canciones que se sintieron como un disco entero. No porque fuese una propuesta tediosa, sino por los contantes cambios de ritmo. El broche final no podía ser otro que Leave the door open, la que fue su carta de presentación en un mundo postpandémico que se ve ahora tan lejano. En ese momento llegó uno de los pocos guiños a la cultura española de la noche: Mars y Paak pasearon un jamón por el escenario y el primero, incluso, se atrevió a cortarlo. Le faltó esa valentía para arrancarse con alguna palabra más en castellano, un idioma en el que ha sacado versiones de alguno de los ‘hits’ de su último trabajo. Unas ‘covers’ que parece que deja en el estudio.
La tercera parte fue, sin duda, la del éxtasis. Los espectadores, totalmente entregados, disfrutaron de los grandes éxitos sabiendo que el disfrute estaba llegando a su fin. La canción que Mars eligió para despedirse de Madrid fue Dance with me, de su último disco. Y aunque sudó la gota en el bochornoso atardecer de la capital de mediados de julio, más de uno se quedó con las ganas de más bailes. Este sábado, la segunda parte.












