Venezuela vive bajo el imperio de lo transitorio: parte de los que perdieron sus seres queridos no saben cuándo iniciaran su duelo porque no han recibido los cuerpos de las víctimas del doble terremoto, aquellos que se quedaron sin casas no están en condiciones de imaginar dónde dormirán una vez que abandonen parques y campamentos; los dueños de los apartamentos que en apariencia no sufrieron daños irreversibles desconocen en qué momento se confirmará que estos son habitables y sin riesgos. La transitoriedad es la norma de un país que no cesaba de aferrarse a los últimos milagros de una nueva supervivencia. El desastre encontró a la «presidenta encargada», Delcy Rodríguez, cumpliendo los últimos días de su interinato formal de seis meses establecido por la Carta Magna. La situación de emergencia ha dejado de lado las purezas constitucionales. Se espera que en su caso no se aplique el principio de incertidumbre dominante. No es ese el interés de Estados Unidos.
El seísmo encontró a Venezuela en pleno proceso de transición visual desde los días donde los carteles exaltaban la figura de Nicolás Maduro. Habían comenzado a proliferar las imágenes abstractas después del secuestro llevado a cabo el 3 de enero por un comando militar norteamericano. El rojo dio paso al azul como color oficial. Había un contador de los días de ausencia de Maduro en la terminal de buses de plaza Venezuela: dejó de funcionar antes de que se cumpliera el tercer mes de su encierro en una cárcel de Nueva York. Parte de la vieja y nueva cartelería se ha caído con los temblores. Lo que permanece es un apellido: Rodríguez, que define la actualidad a pesar de las heridas de la tierra, los muertos, heridos y desaparecidos.
Al politólogo Guillermo Tell Aveledo le ha llamado la atención el hecho de que sea Jorge Rodríguez, la principal autoridad parlamentaria, el encargado de dar a conocer los balances oficiales sobre el desastre, y no un representante del Gobierno o el Estado. Como si todo quedara en familia, sugirió al portal Efecto Cocuyo. Jorge Rodríguez fue nombrado por su hermana para dirigir la comisión que se encarga de los «campamentos transitorios» para los damnificados y de coordinar proyectos para la construcción de viviendas en un corto plazo. El «hermano mayor», dijo Aveledo, decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Metropolitana, «goza de una centralidad y una confianza tales por parte de la presidenta interina que asegura una disciplina absoluta en la narrativa y la exposición que el Gobierno desea proyectar».
Los hermanos dieron la cara para defender la respuesta del Estado tras el doble terremoto. Uno al lado del otro. Diosdado Cabello, el ministro del Interior y Justicia, es el otro lado del triángulo del poder, pero no presta sus nombres al modo en que se ejercita. El «Rodrigato» enfrenta por estas horas no solo la presión de los sectores opositores que reclaman que la transición no sea solo estética sino institucional, también la de los miles de damnificados que en breve exigirán certezas.
El mapa de los daños
El seísmo deja a la vista un enorme daño estructural en Caracas y La Guaira, la «zona cero» del desastre, ubicada a 30 kilómetros de la capital. El Gobierno interino informó que comienza a implementar una «evaluación rápida» de la destrucción edilicia a partir de tres indicadores, bajo, mediano y alto. Según las autoridades, 189 edificios colapsaron por completo y otros 774 sufrieron daños severos. «Sismo Ayuda VE», una plataforma digital de emergencia impulsada por H y Machete, una asociación de migrantes venezolanos en Barcelona, computa unos 1.300 edificios, de los cuales más de un centenar colapsaron por completo y 300 tienen estructuras con daños severos que requerirán ser desalojadas. «Nos hemos encontrado con imágenes realmente preocupantes. Creo que poco a poco la gente va tomando conciencia de la escala de los daños», señaló al diario El Nacional Luken Quintana, ingeniero estructural de formación y director de H y Machete.
A la vez, el Colegio de Ingenieros de Venezuela ha convocado a los profesionales a conformar brigadas técnicas para evaluar el grado de destrucción en cada caso puntal. Los especialistas coinciden en que no se pueden sacar todavía conclusiones ni ni señalar responsabilidades generalizadas hasta que no concluyan los «estudios de patología estructural y se procesen los resultados forenses que dictaminen científicamente qué ocurrió en el subsuelo y en los elementos de soporte».
¿Quién pagará los costes políticos?
Algunos analistas sostienen que es también temprano medir el coste político que pagará el Gobierno provisional por el modo en que actuó en medio de la catástrofe. Antes de que la tierra se estremeciera, la popularidad de Delcy Rodríguez no era superior a la que tenía Maduro. Existía un descontento transversal que a la vez incluía a antiguos chavistas perplejos por el nivel de alineamiento con EEUU. A las herencias del pasado se añaden ahora los lastres de la tragedia. Ningún presidente latinoamericano ha salido indemne de un terremoto. Alan García terminó su mandato con un alto grado de rechazo debido a la respuesta de su Administración al terremoto en Pisco y zonas aledañas del sur peruano que en agosto de 2007 dejó casi 600 muertos. García creó el Fondo de Reconstrucción del Sur (FORSUR) que prometió reponer con rapidez las casas destruidas, algo que nunca ocurrió. La retirada de escombros duró años, y las viviendas definitivas tardaron mucho en llegar. Michelle Bachelet estaba a punto de cumplir su mandato cuando tuvo lugar el terremoto del 27 de febrero de 2010. Sabastián Piñera tomó su lugar el 11 de marzo. Ambos fueron objeto de críticas, pero no impidieron sus respectivas reelecciones.
El caso de Rodríguez es completamente distinto. Para explicarlo se utiliza un verbo que no es ajeno a este momento crítico. Sostiene Diego Bautista Urbaneja, columnista de La gran aldea, que ella «apuntala» los «negocios norteamericanos» desde el 3 de enero. Por el contrario, Washington estima que la presencia de María Corina Machado «sería algo inconveniente, pues podría generar agitaciones internas que pondrían en riesgo ese dichoso apuntalamiento». Para el columnista, «Trump ha hecho una mala apuesta, de la que siempre puede salirse, claro está». Su trato hacia el interinato «ha pasado en estos días a niveles de mayor calidez» al punto de que «se ha pasado de la sensación de ser un país tutelado, como se había uno acostumbrado a admitir, a la de ser un país ocupado». Nadie se atreve a formular en voz alta si el magnate republicano pagará el precio de sostener el edificio del posmadurismo.
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