Toda una vida haciendo lo mismo. Corra o camine, falle o no un penalti –erró porque los dioses no quieren saber nada de los placeres mundanos–, o tenga como compañero a Jordi Alba en el Barça o a Facundo Medina en Argentina. Leo Messi tendrá la cara agrietada por las arrugas y los dedos del pie izquierdo torcidos por la artrosis y seguirá marcando el mismo gol. La vida debe ser lo que ocurre entre que Messi insinúa el pase a la frontal desde la orilla y propina un zurdazo que amarga al portero de turno. Ya pueden los rivales, esta vez los austriacos, ser torturados por los analistas de vídeo mostrándoles una jugada que se ha demostrado indefendible. Porque quien la ejecuta es el mejor futbolista de todos los tiempos.
Ahora que hacen fortuna todos aquellos que explican el fútbol a partir de las estadísticas, a cada cual más rocambolesca, como si los números fueran capaces de explicar la rabia y las lágrimas, el ansia o el miedo, por fin hubo un dato que mereció una lectura de relevancia histórica. Messi, con el toque de primeras y a la red de Austria y la furiosa insistencia con la que zanjó el duelo en el crepúsculo, superó al alemán Miroslav Klose, aventajándole incluso por dos goles y convirtiéndose en el máximo anotador de siempre en la Copa del Mundo (18). Lo logró además el mismo día, aunque 40 años después, que Diego Armando Maradona protagonizó el momento más importante de la historia de los Mundiales, acercando su mano a Dios, primero, y haciendo rodar su cuerpo de barrilete cósmico contra bolos ingleses, después, en el Estadio Azteca de México.
Esta emocional Argentina contracultural que entrenan entre Scaloni y Aimar con más corazón que pizarra –¿y qué?– es un calco de la que conquistó el Mundial de Qatar hace cuatro años. Un puñado de futbolistas implicados que se desesperan por proteger a Messi, que es quien acaba definiendo un destino que está solo en sus pies. Es así en el túnel, donde todos van detrás de su Mesías, y es así en el campo, donde los jugadores van de un lado a otro mientras Messi, a lo lejos y a su ritmo, espera su momento.
Pareció llegar pronto en Dallas, lugar donde las cosas importantes ocurren poco después del mediodía –Lee Harvey Oswald se asomó a esas horas a la ventana cuando puso en la mira de su rifle a JFK–. No iba armado el austriaco Posch, pero se le fueron las piernas llevándose por delante tanto a Lautaro como a su compañero Xaver Schlager. El árbitro se lo pensó, tuvo que ser incluso requerido desde la sala VAR, pero al ponerse frente a la pantalla se le acabaron las dudas. Era penalti y, claro, le iba a tocar a Messi hacer una de las cosas que menos le gustan. El ‘diez’, que quizá no esperaba pasar a la historia por marcar un penalti, no supo bien qué hacer. Ni siquiera hubo carrerilla. Tres pasos, una parada y pelota fuera.
El fallo, claro, desagradó a Messi. Pero después de mirar al cielo y pensar qué hacer, volvió a lo suyo. Aun cabreado, aunque se lo llevaron los demonios, La Pulga se quedó a un palmo de marcar por dos veces, goles que le negó, aunque no con una silla, el exmadridista David Alaba. Hasta que llegó el minuto 39, el centro de Facu Medina, el ejercicio de invisibilidad de Thiago Almada y, esta vez sí, la ejecución de Messi.
Ya podía entonces Argentina dedicarse a sostener a la inofensiva Austria de Ralf Rangnick, el pantocrátor del ‘gegenpressing’, cuya presión avanzada no bastó para mucho más que para que Sabitzer probara las manos de Emiliano Martínez. Continúan por ahora en su sitio.
Sirvió el nuevo homenaje que se dio Messi para que Julián Álvarez pudiera probarse media hora –aún le cuesta, pero ahí apareció Messi para corregirlo y marcar su quinto gol en esta Copa del Mundo–, y para que Argentina ventilara su clasificación como primera, a expensas de su cierre contra Jordania. Evitará a España en dieciseisavos siempre y cuando los de De la Fuente esquiven la segunda plaza (es Austria quien asoma por ahora como rival de los españoles). Ya habrá tiempo para que Lamine mire a los ojos a Leo.
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