La urgencia por reabrir el estrecho de Ormuz puede tener un coste para la paz en Irán. «[Estados Unidos] promete que este es el final del conflicto, pero no ha resuelto nada. Los problemas que llevaron a las hostilidades siguen ahí», advierte John Erath, director del Centro para el Control de Armas y la No Proliferación (CNAP), en Washington D. C. «Cualquier acuerdo potencial tiene que abordar la cuestión nuclear. De lo contrario, podríamos estar otra vez en la misma situación dentro de uno o dos años», añade, en una entrevista con EL PERIÓDICO.
«La prioridad parece ser gestionar las consecuencias. Hasta ahora no se aprecia mucho esfuerzo por abordar las causas reales del conflicto», afirma Erath, que trabajó durante 30 años para el Gobierno estadounidense y, en su etapa más reciente, para el Consejo de Seguridad Nacional de EEUU. El problema es que, para atajar la crisis energética y económica autoinflingida por EEUU, el pacto deja para la fase técnica las cuestiones decisivas: qué ocurre con el uranio enriquecido, qué acceso tendrá el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), qué límites se imponen a las centrifugadoras y qué alivio de sanciones recibe Irán.
Ahí está la contradicción: la premura por contener las consecuencias de la guerra se ha impuesto a la necesidad de abordar las causas invocadas por Trump para justificar la ofensiva: impedir que Irán desarrolle la bomba atómica. El riesgo también es técnico: la negociación entra ahora en el terreno de los materiales fisibles, las inspecciones y la verificación. A Erath también le preocupa quién estará a cargo de esta fase: «Cuando se tratan cuestiones específicas sobre armas nucleares, uranio enriquecido o materiales fisibles, se necesita gente que sepa realmente lo que está haciendo«, sostiene.
Promesas incumplidas
El llamado «acuerdo preliminar» se queda corto y no ofrece garantías. «Hasta ahora, parece que Irán ha reafirmado sobre todo compromisos anteriores, más que ofrecer nuevas concesiones», explica a este diario Chen Kane, jefa del Programa para Oriente Medio del Centro de Estudios sobre No Proliferación (CNS), el mayor centro de investigación y formación del mundo dedicado a frenar la proliferación de armas de destrucción masiva, radicado en Monterrey, California.
La promesa iraní de no desarrollar ni adquirir armas nucleares no es nueva: ya estaba recogida en el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y en el acuerdo nuclear de 2015, cerrado durante la presidencia de Barack Obama. No cumplió su palabra entonces y ahora, Irán parece enrocada en el mismo principio: Teherán sigue defiendo que el enriquecimiento de uranio es un derecho nacional. Sin embargo, los expertos matizan que el derecho internacional no recoge ese supuesto, pero que Teherán se ampara en la ausencia de una prohibición expresa a enriquecer uranio.
La cuestión clave no es solo que Irán acepte no fabricar una bomba, sino que permita comprobar que no conserva los medios para acercarse a ella de forma rápida y opaca. «Un verdadero avance requeriría transparencia completa y la retirada de todo el estoc de uranio enriquecido, en todos los niveles, no solo del uranio altamente enriquecido al 60%», señala Kane, especialista en armas de destrucción masiva y terrorismo en Oriente Medio.
Un policía de Irán frente a una central nuclear de Irán. / ZUMA PRESS
Eso implicaría desmantelar infraestructura subterránea, limitar la investigación, el desarrollo y la producción de centrifugadoras, restringir los pasos hacia la militarización y cerrar la vía del plutonio. También exigiría acabar con la opacidad. «Un verdadero avance tiene que empezar por cerrar la brecha de información sobre las capacidades de Irán«, advierte Kane. La experta recuerda que el OIEA —la agencia de la ONU encargada de esta supervisión— no ha tenido acceso a instalaciones iraníes en más de un año, ni a talleres de centrifugadoras desde 2022.
Incentivos al revés
El alivio de sanciones también puede tener un efecto contrario al deseado. «El riesgo es que la estructura de incentivos esté funcionando al revés«, resume Kane. El peligro es que, con la premura por abrir Ormuz, EEUU entregue herramientas que permitirían a la comunidad internacional ejercer presión sobre Irán antes de asegurar concesiones verificables en materia nuclear.
«El alivio de sanciones debería estar ligado al cumplimiento hito por hito, no concederse por adelantado«, defiende Kane, una lógica que la Administración Trump no está incorporando. Si se desbloquean fondos o se levantan sanciones cuando Irán dé pasos para abrir el estrecho, añade, puede desaparecer «el principal incentivo» para cerrar «un acuerdo nuclear creíble».
La presión militar tampoco garantiza el resultado buscado. Los ataques pueden haber degradado capacidades, pero también pueden reforzar en Irán la idea de que la vulnerabilidad solo se compensa con disuasión. «Después de haber sido atacado dos veces, Irán puede concluir ahora que las armas nucleares son esenciales para la supervivencia del régimen y para protegerse de futuros ataques», advierte Kane.
El test de Trump
Durante años, Trump desacreditó a su predecesor por haber sido blando con Irán. Ahora, esta crisis se presenta como una prueba. «Trump ha dicho que el acuerdo nuclear de Obama con Irán fue ‘uno de los peores acuerdos de la historia’. Así que ahora tiene que hacerlo mejor. Su propia credibilidad está en juego«, afirma Erath.
La Casa Blanca ha definido el escueto texto de 14 puntos del preacuerdo como «un índice de contenidos», pero Erath lo ve más como «una lista de deseos». Prefiere ser cauto: «¿Cuántas veces has leído un libro cuyo índice parecía muy interesante y luego el libro no era bueno? La parte difícil sigue siendo hacer que ese preacuerdo sea de carne y hueso», concluye.
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