El turismo global ha alcanzado cifras récord, generando dinámicas industriales y logísticas sin precedentes a escala internacional. Este fenómeno viene acompañado de una profunda transformación en la psicología de los nuevos consumidores. Según datos recientes del INE, el gasto total de los turistas internacionales ha marcado récords históricos, rozando los 76.074 millones de euros. Además, un estudio de Business Research Insights prevé que este mercado global alcanzará un volumen de 108.350 millones de dólares.
Este auge se explica porque los viajeros operan con una lógica económica distinta a la habitual. La profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, Ana Jiménez-Zarco, señala que «el consumidor cambia de lógica durante las vacaciones; buscamos relajación y nos liberamos de la necesidad de maximizar la rentabilidad del sueldo». El souvenir, según la experta, cumple un doble rol de validación: «es la prueba física y la evidencia de que hemos estado ahí. No compramos un objeto útil, compramos la evidencia física de haber estado y haber viajado».
No compramos un objeto útil, compramos la evidencia física de haber estado y haber viajado»
Profesora de Economía y Empresa
Esta necesidad de materializar la experiencia no se limita al turismo convencional, sino que se extiende al ámbito religioso. Víctor Albert, profesor de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, afirma que «la religión participa de esta turistificación de las ciudades». El patrimonio religioso se ha convertido en un motor de atracción turística en todo el mundo, también en Badajoz. Se genera así una economía de recuerdos y objetos simbólicos vinculados a lugares como la Catedral o la Ermita de la Soledad.
La paradoja del souvenir global
La paradoja de la globalización es especialmente visible en los souvenirs religiosos. Estos objetos, que buscan encapsular una experiencia espiritual única, a menudo proceden de las mismas cadenas de producción globales que cualquier otro bien de consumo. «Los cientos de miles de turistas que visitan cada día los edificios religiosos en España mantienen estos edificios vivos», explica Albert. Sin embargo, la mayoría de estos recuerdos se fabrican en Asia.
Que un imán de dos euros sea rentable a miles de kilómetros es resultado de las economías de escala. Cristian Castillo, profesor de Economía de la UOC, detalla que «un portacontenedores moderno distribuye el coste del viaje entre millones de unidades, haciendo que el transporte por objeto sea de pocos céntimos». A esto se suma una asimetría comercial: como Europa importa más de Asia de lo que exporta, las navieras prefieren rebajar tarifas para llenar contenedores de vuelta antes que viajar en vacío.
Para gestionar la ultraestacionalidad, las empresas adoptan modelos híbridos. Según Castillo, «la clave para no morir de éxito en julio ni quebrar en septiembre con excedente invendible de mercancías es la flexibilidad». Se contrata un volumen base en Asia con meses de antelación y los picos de demanda se cubren con proveedores de proximidad, ya que el coste de una rotura de stock supera el sobrecoste de un pedido urgente.
Hacia un modelo más sostenible
Esta maquinaria transoceánica choca con un muro generacional y de valores. Jiménez-Zarco apunta que los jóvenes «no tienen vivienda propia, sufren falta de espacio y valoran la sostenibilidad». Esto, añade, «obliga a la industria a innovar en procesos y materiales más sostenibles». De hecho, el plástico pierde fuerza mientras que los productos gourmet como vinos y aceites ya suponen el 13% de la facturación de un sector con 57.000 tiendas en España.
Para el profesor Víctor Albert, este fenómeno ilustra cómo la religión se adapta a la modernidad. «Cómo consumimos la religión es una pregunta que se inscribe muy bien en la actual fase de la modernidad, donde parece que se puede elegir y consumir todo, donde todo es una mercancía y la religión también puede serlo», reflexiona. Los souvenirs religiosos simbolizan esta transformación, donde la fe convive con las lógicas del mercado global y el consumo.
Si nos cargamos el alma de los barrios a base de hoteles y recuerdos de plástico, destruiremos lo intangible que el viajero viene a buscar»
Profesora de Economía y Empresa
El impacto en las ciudades
La proliferación de estas tiendas en los centros urbanos ha avivado el debate sobre el monocultivo comercial y la pérdida de tejido vecinal. Jiménez-Zarco advierte del peligro: «Si nos cargamos el alma de los barrios a base de hoteles y recuerdos de plástico, destruiremos lo intangible que el viajero viene a buscar». El reto también es logístico, por la necesidad de reponer diariamente tiendas sin almacén.
El sistema just in time industrial no es viable en centros históricos peatonales. La solución, según los expertos, es un binomio de microhubs en la periferia y bicicletas eléctricas de reparto. «La furgoneta eléctrica ya sufre restricciones; la pieza clave para la distribución de paquetería es la bicicleta de reparto, que puede cargar 300 kg y tiene acceso libre a calles peatonales», argumenta Castillo. El souvenir es ideal para este paradigma ecológico.
Casa Espada, mítica tienda de souvenirs en Badajoz
Como conclusión, la economista Ana Jiménez-Zarco avisa de que el futuro pasa por coordinar el éxito del mercado con la realidad urbana. «La sostenibilidad turística es imposible sin la complicidad de la población local. Las leyes de zonificación y las normativas municipales son imprescindibles para encontrar un punto intermedio, evitar la gentrificación y proteger el paisaje urbano para no perder el encanto, que es lo que atrae al turismo», sentencia.











