Tres estadios como el actual Heliodoro Rodríguez López, o poco más de dos recintos deportivos como el nuevo coliseo grancanario, serían necesarios para reunir a las 70.000 personas que se dieron cita en el Santiago Bernabeu, donde se estrenó León XIV, el primer papa que visita Madrid en los últimos quince años.
Fue una celebración religiosa moderna, en la que el pontífice rompió la imagen de tímido, hasta el punto de que, antes de sus palabras, rompió el protocolo para poner en valor la importancia que tiene para los jugadores marcar un gol: «Yo supongo que para un jugador de fútbol hacer un gol en este estadio es algo que marca toda la vida. Don José, hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre». A punto estuvo de finalizar en forma de oración… por los siglos de los siglos.
Un Bernabeu lleno para recibir al Papa
Frente a aquellos incrédulos que cuestionaban si la gente se echaría a la calle en masa para ver al papa —un supuesto que incluso la comisión vaticana llegó a plantear al alcalde de Santa Cruz como condición para no recortar este sábado el trayecto desde la avenida La Salle hasta el puerto tinerfeño—, el poder de convocatoria de León es incontestable. Y hasta pareció intentar romper en algunos momentos el estricto protocolo vaticano, como cuando llegó al Bernabéu y pareció dudar si subirse al papamóvil o echarse a andar ante una muchedumbre enfervorizada.
Otro momento en el que pareció pensárselo fue cuando el grupo La Voz del Desierto, de Getafe, en vez de hablar y dar su testimonio, interpretó una de sus canciones. Entre los presbíteros, después de la entrega de rosarios —para la que parece haber perdido refuerzos el secretario personal del papa ante la alta demanda—, uno de los integrantes se quitó el pañuelo que llevaba a modo de scout. Miró al papa. León XIV lo abrazó. Se lo quitó. León lo cogió… y al final lo levantó, aunque no tanto como cuando Carolina Marín le regaló una raqueta de bádminton en el encuentro celebrado el domingo.
La especialidad del pontífice, según ha quedado de manifiesto en su primer viaje a España, es pararse a cada rato donde le presenten a un bebé para darle su bendición, lo que pone de los nervios a la seguridad de la comitiva.
Una celebración poco convencional
Por momentos, la fiesta con la que las Diócesis de Madrid, Alcalá de Henares y Getafe recibieron al papa pareció una americanada, poco dada a los estrictos protocolos vaticanos que obligan a mantener el recogimiento y las actitudes piadosas.
Sobre el césped protegido del Bernabeu hasta se bailaron, con coreografías eso sí recogidas y con los colores institucionales del Vaticano, algunos clásicos como Iglesia peregrina de Dios; aun así, poco o nada tuvo de estilo carnavalero una ceremonia como la de ayer.
Mención aparte merece el momento en que, al final de la celebración, se interpretó el himno a la Almudena, evocando para muchos la devoción a la Virgen del Pino o a la patrona general de Canarias, la Virgen de Candelaria. Para entonces ya habían pasado dos horas y media desde que arrancó la celebración.
Como maestros de ceremonia… ni Alexis Hernández ni Kiko Barroso, sino el matrimonio formado por Christian Gálvez y Patricia Pardo, que poco antes de salir al escenario parecía que solo tenía pendiente tocar el terreno de juego antes de hacerse la señal de la cruz.
Del “oe, oe, oe” al golazo de la Iglesia
En los prolegómenos de la espera por la llegada del papa actuaron incluso el mago Jorge Blass y el humorista Santi Rodríguez, entre cánticos que ensayó el propio Christian: «Contigo, León, un solo corazón». Aunque la «jaculatoria» favorita fue el cántico deportivo del «oe, oe, oe…». En medio de la animación, parecía por momentos un FIFA locutado por los mismísimos Manolo Lama y Paco González, que servían en bandeja el histórico golazo.
Entre los representantes de los laicos estuvieron una familia conocedora de la discapacidad, el joven Álvaro —que hace un año fue bautizado, confirmado e hizo la Primera Comunión, y que ahora ya proyecta su boda— y varios migrantes de Perú que esponjaron el corazón del papa.
Fue una celebración que tocó el corazón y mostró a un papa cercano y emocionado.
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