Hasta la vista, marjane

Marjane Satrapi ha muerto de pena. Podría haber sucumbido a la rabia o la desesperación, que razones no faltan para ello, pero Satrapi, lo sabe quien la ha leído, era, más que cualquier otra cosa, una sentimental. Cabezota y respondona, como ella misma se narraba de niña, conservó aquel espíritu indómito en su edad adulta y eso fue, probablemente, lo que la sostuvo, con tanta coherencia, durante toda su vida. Eso y el amor, el gran amor, encarnado en Mattias Ripa, su compañero y su esposo.

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