Hay en Gijón una casa con un cerezo enano traído del Valle del Jerte del que cuelgan siete cerezas. En el Valle del Jerte ha comenzado la época de la recolección: en mayo es el momento de las cerezas tempranas, en julio llegarán las picotas. Durante toda la temporada, que dura unos tres meses, y aunque la tecnología ha ido haciéndose cargo de muchas labores, una parte importante sigue haciéndose oculo nudo. Así, a ojo, hay que seleccionar las maduras y, mediante el descarte, separar las pochas, que pueden estar picadas por un pajarito o algo podridas.
La traducción literal de «recolección de cerezas», cherry picking, se emplea, además, por tal descarte hecho a simple vista y con rapidez, para hacer referencia a la llamada falacia de prueba incompleta, que consiste en descartar la información que contradice nuestras creencias, seleccionando únicamente aquellos datos que las refuerzan. Es un error en la forma de razonar (o de hacer trampa en el campo de la argumentación) que guarda relación con el sesgo de confirmación, por el que nuestra mente tiende a hacer ese mismo descarte y a quedarse tranquila con sus ideas previas. Preservamos nuestras emociones.
Semana tras semana, año tras año, el descrédito de las instituciones es mayor: asumimos que el engaño es parte del sistema y nos adentramos en una política cortoplacista regida por el marketing. En lo que parece haber un cambio es en el abandono colectivo de mínimos comunes, aquello en lo que estamos de acuerdo, bueno o malo. La polarización está siendo utilizada por la clase política, que la ejerce sin respeto por las instituciones desde las que opera, es decir, sin respetarnos. Desde la calle hemos aceptado la dialéctica del amigo-enemigo: no importa qué decimos, sino con quién coincidimos al decirlo. Si queremos destruir el argumento que nos oponen, bastará decir que eso mismito fue señalado por alguien del equipo contrario para colocar a nuestro contrincante en el grupo de las fuerzas enemigas. Y con eso bastará. Al fin y al cabo, en este mundo de especialistas, una conjetura tiene el mismo peso que la opinión, y esta que el conocimiento. Lo que te pasa por la mente es la verdad: tú decides si, para ti, la Tierra es, o no, plana, o si las vacunas llevan, o no, implantados microchips para el control de la población. Incluso el legislador ha concedido que puedas decidirlo para terceras personas si de lo que se trata es de negar que existen dos sexos inalterables. Y lo hemos permitido porque nos hemos alejado de la idea de la casa común. Lo que quiero plantearles es la necesidad de proteger la colaboración entre personas en la inevitable acción de convivir, siendo para ello necesario hacer uso de lo que Marina llama vacunas frente a agentes patógenos como la información falsa o los bulos: pensamiento crítico e inteligencia ética.
Una sociedad que se quiere democrática, con una alta tasa de escolarización y una escuela que enseña a leer, escribir y convivir debe preservar el juicio crítico antes que los vínculos emocionales con el sentimiento de tener razón y que otras personas se equivocan.
Consumimos información sesgada, parcial, interesada; los algoritmos limitan nuestro acceso a determinadas fuentes de información, mostrándonos aquello que amamos y aquello que odiamos, sin matices. La sociedad se descompone ante la falta de credibilidad de las instituciones rectoras y el sentimiento de estar a merced de una clase dirigente sin valores que no protege aquella casa común. Podemos hacerlo desde la ciudadanía, abandonando la lucha entre consignas y aquello de «lo del otro, peor». Necesitamos abandonar el método del descarte a ojo de la información que no nos gusta: no necesitamos creer o no creer, sino saber -lleva tiempo- y decidir en base a datos reales, exigiendo responsabilidades y siendo al mismo tiempo responsables.
Suscríbete para seguir leyendo









