El temporal ya quedó atrás, y las suspensiones, y la desinformación, y la sensación de caos que se apoderó el jueves por la noche del Fòrum, y el Primavera Sound volvió a ser el de siempre, este viernes, ante un público con ganas locas de pasar página. Contó para ello con dos atracciones que sirvieron en bandeja el relato del choque (o abrazo) de generaciones: la efervescente estrella pop ‘tiktoker’ Addison Rae y un grupo, The Cure, salido de las altas brumas del siglo XX.
El festival recuperó el pulso con plena normalidad, tratando de curar las heridas (anunció que se devolverá el dinero a los compradores de la entrada del jueves) y reabriendo la plataforma marina, donde se alzan los dos grandes escenarios, con su extensión de césped artificial todavía húmeda. Ahí señoreó The Cure, en el arranque de su primera gira desde 2023. Su primer concierto desde noviembre de 2024 y el primero en ausencia del teclista Perry Bamonte, fallecido el pasado diciembre.
Cavilaciones severas
Como en aquel último ‘tour’, la proa apuntó para empezar al celebrado álbum de regreso, ‘Songs of a lost world’, muy marcado por las cavilaciones de Robert Smith en torno al paso del tiempo y la muerte. Sonó ‘Alone’, con toda la arquitectura de The Cure en su sitio y las capas de sonido, severas y envolventes. Ahí estuvo la guitarra de Reeves Gabrels, incisiva y a veces disonante, generadora hace años de debate entre los seguidores clásicos del grupo.
Ambiente del Primavera Sound en la segunda jornada del festival / Jordi Otix / EPC
El álbum ‘Disintegration’ (1989), obra cumbre, puso un puntal del repertorio con prontas revisiones de ‘Pictures of you’, ‘Lovesong’ y ‘Fascination street’, y hubo espacio para piezas poco canónicas, como la rareza ‘2 late’ y aquel ‘Burn’ de la banda sonora de ‘El cuervo’. Majestuosidad, danza pospunk (eficaces ‘The walk’ y ‘In between days’) y tensos diálogos instrumentales, en un concierto generoso y con vistas, sobre todo en el largo tramo final, a las canciones más llanas y manejables de su repertorio, que no son pocas.
Amiga de los diamantes
En contraste, y a algunos kilómetros mentales, Addison Rae desplegó su pase superpop, que arrancó con su mayor éxito, ‘Diet Pepsi’. Como el año pasado Sabrina Carpenter, inyectó una clase de ‘show’ que hace no muchos años habría sido impensable en el Primavera. Pero su todavía breve obra reserva atractivas golosinas, y ahí estuvieron ‘Money is everything’ (esos diamantes, “los mejores amigos de una chica”, cita a Marilyn Monroe) y un ‘I got it bad’ con guiño a ‘Baby one more time’, de Britney Spears. En ‘In the rain’ hubo una coreografía a base de paraguas tal vez no muy oportuna.
Addison Rae entretuvo y su noción de pop burló lo más convencional para jugar con soluciones electrónicas ocurrentes, incluyendo el asalto, con deriva ‘rave’, a ‘Von dutch’, de Charli XCX. Veinteañera que juega a ser diva, cantó mayormente en ropa interior blanca y tacones, y a estas alturas ya es difícil averiguar si hubo ahí ironía o no. Más allá de lo visual, en una de sus mejores canciones, ‘Headphones on’, defendió a la música como burbuja y refugio individual. Fue una hora de reloj a base de pop que ilustra de qué manera una criatura de TikTok puede ambicionar lo que le plazca.
Culto forestal
Antes, otros dos nombres dieron alimento en la gran explanada conocida cordialmente como ‘Mordor’. Una figura que ha alentado cierto culto, Ethel Cain, se adentró en los pasadizos de su álbum ‘Willoughby Tucker, I’ll always love you’ en un escenario adornado con vegetación. La canción de apertura, ‘American teenager’, deslizó una crítica ácida al sueño adolescente, a lo que se espera de esa edad y la cruda realidad consiguiente, a golpe de un rock guitarrero que rápidamente derivó hacia su especialidad, la tiniebla vivencial gótica enraizada en el sur americano.
Canciones sobre experiencias traumáticas, de esencia sencilla, dos acordes a veces (‘Dust bowl’), que crecen, se ramifican y acuden a la distorsión para impactar en el oyente. Cain demostró tener carisma, dotes escénicos tortuosos y su cancionero rico en espectros (‘Ptolemaea’) y con escenas de verbo catártico (‘Crush’) se situó en las antípodas del pop desplegado por Addison Rae.
Capas de guitarras
Y un grupo británico con galones, Slowdive, conectó con la narrativa ‘indie’ en su versión exploradora. Como le ocurre a My Bloody Valentine, este quinteto de Reading se ve ahora actuando ante audiencias de un tamaño que en los 90 difícilmente podía imaginar. Pero sus credenciales como pioneros del shoegazing, de las densas canciones con capas de guitarras procesadas y voces etéreas, siguen vivas, actualizadas con discos como ‘Everything is alive’ (2023).
Las voces de Neil Halstead y Rachel Goswell resonaron con toda su profundidad y sutileza, entre ganchos hipnóticos en bucle (‘Crazy for you’) e incursiones en el rock cósmico (‘Souvlaki space station’). Aparatosos y delicados a la vez, dejaron que la melodía venciera su pulso con los graves y los subgraves, y cerraron con su clásico ‘When the sun hits’, de 1993, vestigio de un tiempo lejano que no deja de volver.
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