En las postrimerías de mayo de 1986 comenzó a anunciarse una conferencia en el Club Prensa Canaria: ‘Homeopatía, medicina del hombre total’. Lunes 2 de junio, ocho de la tarde, entrada libre. Otro acto más dentro del ciclo ‘Taller de las ideas’. Nada hacía presagiar que aquella velada quedaría grabada, años después, en la memoria de quienes la vivieron por razones que nadie entonces podría haber imaginado.
La víspera del encuentro, distintos medios adelantaban el perfil del conferenciante. El doctor belga Luc Jouret se había licenciado en la Facultad de Medicina de la Universidad Libre de Bruselas en 1974 especializándose en cirugía y obstetricia. Según se decía entonces, durante sus años de práctica, había recorrido distintos lugares del planeta, experiencias que lo llevaron a replantearse el origen y el sentido de la enfermedad. En China se interesó por la acupuntura, en los Andes practicó la medicina de alta montaña; en África, la selvática y en Filipinas vivió experiencias con varios sanadores. Este itinerario lo había conducido finalmente hacia la homeopatía.
Sin embargo, lo que el público que acudió aquella noche al Club Prensa Canaria difícilmente podía imaginar era la verdadera dimensión del hombre que se presentaba ante ellos como un simple homeópata. Su nombre completo era Luc Georges Marc Jean Jouret y había nacido treinta y ocho años antes en el antiguo Congo Belga, donde su padre trabajaba como funcionario colonial. Tras doctorarse ejerció durante un tiempo la medicina convencional antes de dejarlo todo para recorrer el mundo en busca de aquellas respuestas que la ciencia oficial no había podido ofrecerle.
Medicina alternativa
A partir de entonces comenzó una intensa etapa de viajes y aprendizaje vinculados tanto a medicinas alternativas como a corrientes espirituales. Está documentado que visitó Filipinas en 1977 y que posteriormente recorrió China, Perú e India, hasta que esa búsqueda terminó conectándolo con grupos esotéricos y organizaciones de carácter iniciático. Fue en ese ambiente donde acabó conociendo a Joseph Di Mambro, un esoterista francés que canalizaría su inquietud espiritual hacia el templarismo. La maniobra de seducción fue calculada. Primero lo deslumbró revelándole que, en una vida anterior, había sido nada menos que San Bernardo de Claraval —redactor de los estatutos fundacionales de los Caballeros Templarios—, para a continuación presentarle a Julien Origas, fundador de la Orden Renovada del Templo (ORT), un grupo neotemplario de inspiración rosacruz.
El único español entre los 48 muertos fue el peluquero tinerfeño Leopoldo Cabrera Gil, quien había viajado a Suiza
Tras la muerte de Origas en 1983, Di Mambro impulsó a Jouret a asumir las riendas de la ORT, convirtiéndose ese mismo año en el nuevo gran maestre de la orden. La situación desembocó al año siguiente en un conflicto interno: la hija de Origas lo expulsó del grupo en medio de disputas relacionadas con el liderazgo y los fondos de la organización. Aquella fractura partió la orden en dos, y cerca de la mitad de sus miembros siguió a Jouret hacia lo que con el tiempo acabaría conociéndose como la Orden del Templo Solar.
Un público fascinado
Para entonces, Jouret ya había perfeccionado el instrumento que acabaría convirtiéndolo en un gurú irresistible: la palabra. Sobre el escenario hablaba con calma, sin estridencias, mezclando referencias médicas, espiritualidad, ecologismo y esoterismo en discursos cuidadosamente construidos para fascinar a públicos muy distintos. Recorría sin descanso la Europa francófona, el este de Canadá y Martinica. Hoteles, universidades, auditorios. Sus charlas llevaban títulos como ‘La vejez: la puerta a la eterna juventud’, ‘Amor y biología’ o ‘Cristo, la esfinge y el hombre nuevo’. Se había convertido en una figura magnética entre determinados sectores francófonos de Europa y América del Norte.
Sus libros y grabaciones comenzaron a circular por librerías de la Nueva Era y tiendas de productos naturales. Sus conferencias seguían siempre el mismo patrón: empezaban con reflexiones sobre salud, equilibrio o espiritualidad y poco a poco derivaban hacia territorios más insólitos: energías cósmicas, reencarnación, civilizaciones desaparecidas, jerarquías espirituales y un conocimiento reservado para una élite.
Encuentros privados
Quienes tuvieron la oportunidad de escucharlo aún recuerdan cómo, a medida que avanzaba la charla, los conceptos se volvían más difusos y la fascinación más intensa, por eso al final de cada sesión se distribuían folletos y se informaba a los interesados de que, si deseaban profundizar, podían solicitar acceso a encuentros privados donde se les revelaría más, pues en realidad, aquellas conferencias gratuitas no eran más que un señuelo que muchos pagarían con la vida.
Nada de eso, sin embargo, trascendió aquella noche del 2 de junio en el Club Prensa Canaria. Valiéndose de una traductora, Luc Jouret desarrolló una disertación centrada en la homeopatía como sistema de medicina alternativa basado en el principio latino Similia similibus curantur, es decir, «lo similar cura lo similar». A partir de esta idea, sostuvo que las enfermedades debían tratarse con agentes o medicamentos que, en un individuo sano, producen fenómenos parecidos a los síntomas de la enfermedad que se pretende combatir.
Tras la charla se repartieron folletos con los que Jouret logró captar entre los asistentes a varios futuros miembros de la Orden del Templo Solar. Algunos de ellos eran miembros de la ORT que habían acudido a escuchar a quien, apenas dos años atrás, había sido su gran maestre.
En cuanto al resto, la mayoría acabó olvidando a aquel personaje… hasta que ocho años después volvieron a verlo repetido hasta la saciedad en los informativos de todas las cadenas.
48 cadáveres
El 5 de octubre de 1994, la policía suiza descubrió 48 cadáveres de miembros de la Orden del Templo Solar. Sus cuerpos aparecieron vestidos con túnicas ceremoniales. Muchos estaban dispuestos alrededor de un altar. Las autopsias revelaron intoxicaciones con drogas, además de heridas de bala y signos de asfixia en numerosas víctimas, entre las que había varios niños.
La mayoría de los cadáveres estaban tan calcinados que eran irreconocibles. De hecho, los de Luc Jouret y Joseph Di Mambro solo pudieron ser identificados mediante registros dentales. Según los informes forenses, ambos murieron envenenados.
Como ningún pariente reclamó sus restos, ambos fueron incinerados y sepultados discretamente bajo una lápida sin nombre. Las autoridades helvéticas decidieron mantener en secreto el lugar exacto de su enterramiento temiendo que sus prosélitos acudieran a venerar sus tumbas.
Nuevos suicidios
Pero la muerte de los dos líderes no detuvo el horror. Aunque su estructura quedó profundamente debilitada, la orden protagonizó nuevos episodios de suicidios y asesinatos colectivos en Francia y Canadá.
Fue entonces cuando los medios descubrieron que existía una célula canaria de aquel siniestro grupo al revelarse que el único español entre los 48 muertos fue el peluquero tinerfeño Leopoldo Cabrera Gil, quien había viajado a Suiza con billete de vuelta, lo que hacía poco probable que hubiera acudido hasta allí con intención de suicidarse.
Conjeturas
Por eso, tras la tragedia, los miembros de la célula canaria vivieron meses de angustia: algunos temían correr la misma suerte que sus correligionarios, convencidos entonces y ahora de que aquello no fue ningún suicidio sino una ejecución y que ellos serían los siguientes; otros temían ser detenidos por las fuerzas de seguridad, que los vigilaban de cerca ante la posibilidad de que se dispusieran a cometer otra masacre colectiva.
La mayoría continúa asegurando que Jouret sigue vivo y que orquestó su desaparición camuflándola con un suicidio colectivo: el escenario idóneo para que alguien como él, investigado por tráfico de armas, escenificara su muerte mientras huía con los millones de francos que se evaporaron de las cuentas de la orden.
Lo que sí es seguro es que quienes acudieron al Club Prensa Canaria aquel lunes 2 de junio de 1986 ignoraban que acababan de asistir al prólogo de una de las tragedias sectarias más estremecedoras del siglo XX.














