La detección del alzhéimer a través de un análisis de sangre, una herramienta ya presente, de manera rutinaria, en la práctica clínica de la mayoría de hospitales de Catalunya —esta es la comunidad donde más implementada está—, permite «llegar antes al diagnóstico, iniciar antes los tratamientos y evitar pruebas innecesarias». «Es decir, los biomarcadores en sangre tienen un impacto real en la atención del paciente», defiende en EL PERIÓDICO el doctor Marc Suárez-Calvet, neurólogo de la Fundación Pasqual Maragall y del Hospital del Mar de Barcelona.
Pero, además, una «línea emergente» son los «biomarcadores digitales» obtenidos mediante teléfonos móviles u otros dispositivos digitales, que permiten «monitorizar» de forma continua aspectos como la memoria, el lenguaje, la actividad ordinaria y los movimientos», destaca Suárez-Calvet. «Esto ofrece una visión mucho más completa que una evaluación puntual realizada en una consulta», añade. Funcionan de una manera similar a las lecturas de seguimiento que por ejemplo hacen los cardiólogos. En estos momentos, hay varios biomarcadores digitales en desarrollo y fase de investigación. Ninguno está todavía incorporado en la práctica clínica.
Esto supone una «democratización» en el tratamiento de la segunda enfermedad, después del cáncer, más temida por los españoles. Son «más fáciles de usar» que por ejemplo una punción lumbar. La percepción de Suárez-Calvet, sin estudios en la mano pero basándose en su práctica clínica, es que los biomarcadores en sangre dada su rapidez y agilidad permiten diagnosticar más rápido los casos y acceder, cuando el paciente cumpla el perfil, a los tratamientos: por primera vez en la historia, hay dos fármacos ya aprobados por las agencias reguladoras —el lecanemab y donanemab—. Sin embargo, aún no están financiados por el Ministerio de Sanidad, por lo que los pacientes españoles aún no pueden acceder a ellos, en medio de una fuerte presión de la comunidad médica.
La próxima generación de neurocientíficos
El doctor Suárez-Calvet participa esta semana en una nueva edición del curso internacional sobre biomarcadores en enfermedades neurodegenerativas, organizado por el Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC), centro de investigación de la Pasqual Maragall, el University College London (Regne Unit) y la Universidad de Gothenburg (Suecia). «La idea es formar a la próxima generación de neurocientíficos, que probablemente serán quienes realicen los grandes descubrimientos que permitan, si no curar, al menos tratar mejor enfermedades como el alzhéimer, la ELA o el párkinson», ilustra Suárez-Calvet.
Este neurólogo recuerda que, aunque el alzhéimer es la enfermedad neurodegenerativa «más frecuente», existen otras patologías —como la demencia frontotemporal, la demencia con cuerpos de Lewy, la ELA o algunas formas de párkinson— para las que todavía no existen biomarcadores. Pero Suárez-Calvet señala que la existencia de biomarcadores para el alzhéimer está impulsando la búsqueda de otros para el resto de demencias. Además de los análisis de sangre —los más novedosos—, existen otros biomarcadores para detectar el alzhéimer: resonancias magnéticas, TAC, PET amiloide y PET de tau. El desafío ahora son los biomarcadores digitales.
Aun así, el reto de los actuales biomarcadores en sangre es que puedan predecir qué personas responderán mejor a los tratamientos que ya existen o quiénes tendrán «menos efectos secundarios«. «Esto es lo que denominamos medicina personalizada, que en la oncología ya se hace mucho. En oncología ya hay diagnósticos moleculares: el médico puede individualizar tratamientos en aquellas personas que tiene marcadores y sabe cuáles tendrán una respuesta mejor», destaca Suárez-Calvet.
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