El sargento primero Matanza o Pablo García Matanza (Lugo, 1985) nos atiende al llegar a la Base Aérea de Alcantarilla, después de haber pasado la mañana en Zaragoza practicando el salto que realizará el próximo sábado en Vigo. Parte de su vida transcurre en el aire, entre la aeronave y la tierra pasa una parte considerable de su tiempo.
—Va a ser usted quien porte la bandera en el salto del Día de las Fuerzas Armadas. ¿En qué consiste esa maniobra?
—Yo voy a ser el que porte la bandera de España. El salto lo componen dos personas. Una es la primera que sale del avión y no abre el paracaídas de primeras, lo hace un poco más bajo. El otro lo hace antes y despliega la bandera una vez está posicionado correctamente. Esa primera persona, a la que llamamos guía (será el también gallego subteniente Vidal), le va marcando el camino por el que lleva el estandarte porque puede haber diferentes capas de viento que afecten a la navegación. Él puede equivocarse, porque es el primero que va, y el que lleva la bandera aprovecha ese posible error para corregir y caer en el sitio exacto.
—¿Cuánto dura un salto de este tipo?
—Unos cuatro minutos. Salimos a unos 1.500 metros y vamos haciendo comprobaciones de viento a distintas alturas para ver cómo afecta la navegación. Arriba puede haber una capa de viento totalmente distinta a la que te encuentras abajo y eso complica mucho el salto.
—¿Qué pasa por la cabeza cuando está en el aire?, ¿está nervioso por la ocasión?
—Parece que vas un poco en efecto túnel. Llevas como unas orejeras puestas y solo ves el objetivo. Pero nosotros, por el bagaje profesional que tenemos y la cantidad de exhibiciones que hacemos al año, tenemos muy desarrollada la visión periférica. Estás atento a muchísimas cosas al mismo tiempo. La dificultad de este salto no es tanto técnica como la repercusión mediática y la importancia del día. Para un militar paracaidista, saltar el Día de las Fuerzas Armadas o el 12 de octubre en Madrid es la cúspide de tu carrera.
Pablo García Matanza. / FDV
—Además es gallego.
—Sí que impone un poco más. Aunque no sea Lugo, es Galicia y es mi tierra. Vivo a 900 kilómetros, pero mi mujer y mi hija viven allí, mi madre está allí y mi hermano también. La última vez que salté en Galicia fue durante el Xacobeo, en la Praza do Obradoiro, llevando la bandera de Galicia y la de España. Fue espectacular, pero esto tiene otra dimensión.
—¿Qué es exactamente la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire?, ¿a qué se dedica?
—La patrulla se creó en 1978. No es una unidad como tal, sino una patrulla formada por personal seleccionado de la Escuela Militar de Paracaidismo y de la unidad de operaciones especiales del Ejército del Aire EZAPAC (Escuadrón de zapadores paracaidistas). Inicialmente hacíamos exhibiciones aéreas y saltos con bandera en festivales, actos militares o civiles. Después llegaron las acrobacias, que son figuras acrobáticas con los paracaídas abiertos. Juntamos varias campanas y hacemos diferentes maniobras en el aire. Tenemos figuras como el espejo con bandera, el espejo triple o invertidos. Hemos llegado a juntar once campanas a la vez. Esa es la parte más espectacular de las exhibiciones.
—¿Cómo es el entrenamiento diario?
—Todo se estudia primero en tierra. Analizamos meteorología, capas de viento, navegación y preparamos mentalmente cada salto antes de hacerlo. Luego están los entrenamientos de precisión, acrobacias, vuelo en formación, banderas o túnel de viento. Además grabamos muchísimos saltos para analizarlos después y corregir errores.
—¿Cuántos saltos hacen al año?, ¿y exhibiciones?
—Estamos haciendo unos 500 o 500 y pico saltos al año cada uno. Eso sale a una media de cinco saltos diarios. Exhibiciones son más de treinta por toda España. Prácticamente estamos fuera todos los fines de semana. Además somos también la selección española de paracaidismo, tanto civil como militar, y competimos en distintas disciplinas.

El sargento Matanza aterrizando ayer. / fdv
—Además de la patrulla, usted pertenece a una unidad de operaciones especiales. ¿Cómo se compagina eso?
—La vocación militar es lo primero. Nosotros seguimos perteneciendo a nuestras unidades y, aunque ahora estemos centrados en la patrulla acrobática, podemos ser activados para cualquier misión. Cuando ocurrió la DANA de Valencia, por ejemplo, ese mismo día me activaron y me fui con los rescatadores a buscar desaparecidos. Fuimos de los primeros en llegar junto con la UME.
—¿Cómo fue aquel despliegue?
—Nosotros fuimos en calidad de rescatadores porque estamos preparados para todo tipo de situaciones extremas. Los primeros días había muchísimo caos y mucha gente desaparecida. Después las tareas derivaron en limpieza, ayuda a la población y apoyo a la UME, pero inicialmente nuestra misión era localizar personas y prestar asistencia.
—Usted estudió Ingeniería Informática antes de entrar en el Ejército. ¿Cómo llegó a la vida militar?
—La vida da muchas vueltas. Yo soy ingeniero informático. Estudié en Burgos y me tocó la crisis de 2009-2010. Me fui un año a Inglaterra para aprender inglés porque quería ser controlador aéreo. Allí trabajaba haciendo camas y limpiando habitaciones de hotel mientras estudiaba el idioma. Volví a España, hice oposiciones y no aprobé. Ya me preocupaba depender económicamente de mis padres y siempre me había gustado la vida militar porque tenía un amigo de la familia militar que me contaba historias cuando era pequeño. En la Subdelegación de Defensa me hablaron de la posibilidad de ser controlador aéreo militar y decidí entrar en el Ejército.
—Y eligió ser paracaidista.
—En aquella época apenas salían plazas por la crisis y una de las pocas opciones disponibles era una unidad paracaidista en Zaragoza, el EADA. Entré allí, hice el curso básico de paracaidismo y me enganchó completamente. Después promocioné a suboficial y tuve claro que quería seguir ligado al paracaidismo y a las operaciones especiales.
—Dicen que la instrucción inicial de operaciones especiales es muy dura.
—Muy dura. Solo un 15% de los que entramos acabamos la formación. Son nueve meses de muchísimo desgaste físico y mental. Puedes pasar semanas sin apenas contacto con tu familia, sin teléfono y sometido a muchísimo estrés. Hay fases de supervivencia y de trato de prisioneros. Recuerdo pasar una semana en diciembre, en una chopera de Albacete, prácticamente sin comer, con muy poca agua y soportando muchísimo frío. Al final no aguanta el más fuerte físicamente, sino quien tiene mejor cabeza.
—¿Qué despliegues internacionales hace su unidad y en cuáles ha participado usted?
—Mi unidad ha desplgeado en Kosovo, Afganistán, Irak o Senegal, entre otros. Cuando estaba fuerte la misión en Afganistán, aun estando en la patrulla, salíamos a operar con los equipos que estaban allí. También hemos participado en despliegues en África, por ejemplo en Senegal, dentro de ese tipo de misiones de apoyo y actividad operativa en el extranjero.
—Después de tantos años fuera, ¿le gustaría volver a Galicia?
—Sí, claro que me gustaría. Mi mujer y mi hija viven allí, también mi madre y mi hermano. Pero en el Ejército del Aire hay muy pocas plazas en Galicia. Básicamente está el aeródromo de Santiago y otras en Noia. Llevo ya quince años aquí y toda mi carrera profesional está ligada al Ejército del Aire.
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