He criticado a lo largo y a lo ancho la supuesta equidistancia de Cristian Mungiu en Fjord. He apelado a la irresponsabilidad política que, en pleno auge de la ultraderecha, supone comparar las violencias ejercidas dentro de una familia de radicales religiosos con las medidas del Estado en que se amparan, que Mungiu ve como controlador y quisquilloso hasta lo sectario.
También he atacado la condescendencia con que se ha dirigido hasta ahora a la platea el cineasta de 4 meses, 3 semanas, 2 días, Palma de Oro en 2007, o de R.M.N. en 2022, otro filme con muy poco miedo al ridículo.
En fin, no me parece que un panfleto resulte digno de una Palma de Oro y Mungiu no me interesa en ningún sentido. Estoy enfadade y pienso permitírmelo, como acto de ciudadanía, porque en tiempos de aplausómetro el abucheo se estila menos que el silencio educado.
A la cinta, mi opinión no le resta hechuras de Palma. Unos aires que son tantos como tenían el resto de galardonadas de la noche, incluyendo la Fatherland de Pawel Pawlikowski o el libreto perfectamente escrito por Emmanuel Marre en A Man of His Time.
Ha terminado recabando el Gran Premio del Jurado la otra-clara favorita, Minotaur, del exiliado ruso Andréi Sviáguintsev ocho años después de Sin amor, así que la jugada ha resultado en un plan B sin fisuras. Dibujamos una Palma clásica, menos que sospechosa…
Bueno: quizás discutida por las feministas, porque alguna se habrá percatado de la acumulación de testosterona autoral consagrada en un palmarés tan poco paritario como la propia Competición.
Para el año que viene, sugerimos incorporar a esta “mesa de los mayores” a alguna de las potentes voces no masculinas relegadas a las secciones paralelas: a la costarricense Valentina Maurel y su Siempre soy tu animal materno, a le favorite de la cinefilia de Letterboxd Jane Schoenbrun (Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma), o hasta a Dominga Sotomayor (Perra), que es una auténtica “vaca gorda” del cine de festivales desde De jueves a domingo, pero que nunca lo es bastante para optar siquiera a la Palma.
Pero Cannes sí puede enorgullecerse de haber estirado sus propias categorías para no olvidar a la Juventud, como el ex-aequo a Mejor Dirección para La bola negra de los Javis y Pawlikowski.
El palmarés de 2026 ha estado bien lejos del revoloteo impredecible de las últimas ediciones, más pop, o de los posibles arrebatos del maestro del cine de género Park Chan-wook. ¿Imagináis una Palma a Hope de Na Hong-jin? Hubiera sido el mayor disparate cinéfilo desde el premio grande a Pulp Fiction, en 1994, otorgado por Clint Eastwood.
El poder del cine
Lo que no critico y, de hecho, he aplaudido con todas mis fuerzas, ha sido el final del discurso de Cristian Mungiu al recoger la Palma por Fjord: “Esta película es una lucha directa contra el integrismo; un mensaje en favor de la tolerancia, la inclusión y la empatía. Son palabras que todos usamos, sí, y ya va siendo hora de llevarlas a la práctica”.
Interrogante productivo: aún no sé si, con esta ceja alzada hacia las “buenas palabras”, atacaba Mungiu a la izquierda progre que su película lleva por antagonista, o más bien a los entregadores y premiados presentes en el Gran Teatro Lumière.
Estos últimos llevaban más de una hora de reloj aprovechando cada discurso de presentación del premio, luego cada entrega y también una buena mayoría de las recogidas, para poner en discursos magnánimes todos los poderes del cine para cambiar el mundo, aunque siempre en genérico. Sólo Nadine Labaki y Andréi Sviáguintsev osaron señalar a los responsables del terror en el Líbano y en Rusia. El resto de discursos, al rato, han empezado a entremezclarse entre sí.
El cine como “un refugio ante el mundo destructor allá afuera”, el cine “está mucho mejor que la situación geopolítica actual, pero mucho peor que la FIFA”, el cine “es el santuario de la fraternidad; un cielo libre para la curiosidad y una maravilla compartida”.
El cine, el cine y el cine, ce mayúscula. Decía Mungiu: “Es importante hablar con relevancia y pertinencia, y hacer películas que nos permitan entender la dirección en la que va el mundo”. Apelar a que el cine es una puerta a lo político sin atravesarla nunca es tan inocuo como no decir nada… Solo que de ruido nos sobra, y de nueces vamos muy faltades.












