La premisa del libro es que la Tierra no es propiedad exclusiva de los humanos, aunque así nos lo hayan vendido. ¿Qué consecuencias prácticas tiene esa mentalidad para el planeta?
Pensar que el planeta existe para uso exclusivo de los seres humanos es un problema. Esta visión tiene raíces culturales y religiosas, especialmente en la tradición judeocristiana, donde el ser humano aparece como una especie «central» o «superior», con derecho a dominar el resto de formas de vida. A partir de esa lógica, la naturaleza se interpreta como propiedad. Como algo que puede explotarse libremente, transformarse o simplificarse según nuestras necesidades y sin límites. Esto incluye desde extraer recursos sin restricciones hasta reducir ecosistemas complejos a unas pocas especies útiles o rentables. Y es aquí donde empiezan los problemas.
Se trata de una idea perversa.
Sí. Esta forma de pensar se ha reforzado históricamente con procesos económicos y políticos como la privatización de tierras, los cercamientos y el desarrollo del capitalismo. La consecuencia práctica de este pensamiento es una relación extractiva con el entorno. Tratamos la Tierra como «nuestra» y no como un sistema compartido. Eso refuerza la idea de excepcionalidad humana y dificulta vernos como una especie más dentro de una red mucho más amplia de vida, lo que contribuye directamente a la degradación ecológica actual. Y aquí mi mensaje es claro. La Tierra no nos pertenece a los humanos, solo somos una especie más entre millones de otras.
«Pensar que el planeta existe para uso exclusivo de los seres humanos es un problema»
Hoy existe más conciencia climática que décadas atrás, pero es cierto que muchas veces el discurso ecologista solo gira en torno al cambio climático. ¿Qué dejamos fuera cuando solo hablamos de eso?
Cuando reducimos el discurso ecologista a cuestiones como el cambio climático o el aumento de emisiones, el problema de fondo es que estamos simplificando en exceso un problema mucho más amplio. Centrar el debate en estos dos elementos deja fuera otros factores clave como la crisis de biodiversidad. Es decir, el deterioro de la red de vida que sostiene los ecosistemas. Por eso reivindico entender la crisis no solo como climática, sino como ecológica y de biodiversidad. Este discurso ya está muy presente en la ciencia pero ahora debe calar a la política y a la comunicación pública. El libro intenta ser una aportación a eso. Hay que reivindicar esta visión más integral del ecologismo.
¿Y por qué debería preocuparnos tanto que haya otras especies, muchas veces invisibles, en peligro de extinción?
Hay una metáfora del biólogo Miguel Delibes de Castro en ‘La naturaleza en peligro’ que lo ilustra de forma muy clara. Imagina una lavadora. Si tú le quitas un tornillo, sigue funcionando. Si le quitas dos, también. Si le quitas cuatro, hace ruido. Pero si le quitas ocho, igual deja de funcionar. ¿Es el octavo tornillo el responsable? No. Es el conjunto. Con la biodiversidad pasa exactamente eso. A diferencia del cambio climático, cuyos efectos ya son muy visibles, la crisis de los ecosistemas y de las especies es invisible hasta que llega a un punto colapso. Si colapsa el Amazonas, por ejemplo, sabemos que habrá una disrupción brutal de los patrones climáticos globales. Pero hasta que no ocurra, no lo veremos. Por eso hay que recordar algo clave: no podemos existir como sociedades humanas al margen de ecosistemas funcionales.
«No podemos existir como sociedades humanas al margen de ecosistemas funcionales»
¿Por qué es tan difícil comunicar la gravedad de la crisis de biodiversidad?
Creo que ha habido un problema de marketing. Solo se ha comunicado el riesgo al que se enfrentan algunas especies emblemáticas como el lince, el panda, el quebrantahuesos o el cóndor. Y eso ha hecho que se inviertan muchos esfuerzos y mucho dinero para su conservación. Ha faltado aplicar la misma mirada a otras formas de vida. Cuando se extingue un marsupial, por ejemplo, todo el mundo lloraba por el animal pero nadie piensa en los tres parásitos que han desaparecido con él. Aunque su valor ecológico es igual de importante. Cuando realmente entiendes cómo funciona la vida, cómo se relaciona y qué es realmente la ecología, que no es más que una red de interacciones, también entiendes la importancia de protegerlo todo.
¿Protegemos a los animales en función de lo bonitos que nos parecen?
Sí, en gran medida sí. Muchas veces la conservación de especies está condicionada por criterios emocionales o estéticos. Tendemos a proteger más aquello que nos resulta bonito, carismático o cercano. El problema es que esa lógica deja fuera a muchas especies fundamentales para el funcionamiento de los ecosistemas. Hay animales y organismos poco visibles o poco atractivos que cumplen funciones ecológicas esenciales y cuya desaparición puede tener consecuencias muy graves. Es cierto que algunas especies emblemáticas pueden servir como «especies paraguas», es decir, que al protegerlas también se conserva el ecosistema que habitan. Pero reducir la conservación solo a esos casos es insuficiente. La biodiversidad depende también de especies pequeñas, discretas, feas o aparentemente insignificantes.
«La biodiversidad depende también de especies pequeñas, discretas, feas o aparentemente insignificantes»
El libro critica la idea de proteger la naturaleza solo por lo que nos aporta. ¿Por qué considera insuficiente ese enfoque?
Los argumentos utilitaristas pueden servir como herramientas válidas para justificar políticas de conservación. Pero basar toda la protección de la naturaleza únicamente en criterios económicos o funcionales tiene un problema de fondo porque mantiene la misma lógica extractivista que ha contribuido a la crisis ecológica actual. Es decir, alimenta la idea de que debemos valorar la naturaleza solo en función de cuánto nos sirve o cuánto produce. Si la protección depende únicamente de la rentabilidad o de la utilidad, siempre existirá el riesgo de que deje de considerarse prioritaria. Por eso mismo, la defensa de la naturaleza también debe entenderse como un valor cultural, moral y patrimonial en sí mismo. Del mismo modo que una sociedad reconoce el valor de una obra de arte más allá de su utilidad práctica, también debería ser capaz de reconocer el valor inherente de los ecosistemas y las especies, incluso cuando no resultan «útiles», bonitas o rentables para los seres humanos.
«Del mismo modo que una sociedad reconoce el valor de una obra de arte más allá de su utilidad, también debería ser capaz de reconocer el valor inherente de los ecosistemas cuando no resultan «útiles», bonitas o rentables»
¿Cómo se comunica el valor intrínseco de la naturaleza a personas completamente desconectadas de ella?
Es complicado. Pero tenemos herramientas que nos permiten reconstruir nuestro vínculo con la naturaleza aún estando en sociedades cada vez más urbanas y desconectadas del entorno vivo. La primera es el cuidado directo. A veces basta con implicarse en espacios pequeños y cotidianos como un alcorque, un balcón, un huerto urbano o un tramo de río para generar una relación emocional y de responsabilidad con aquello que se protege. La segunda es la ciencia ciudadana, es decir, participar activamente en proyectos de observación y seguimiento de biodiversidad, porque conocer cómo funciona un ecosistema ayuda a valorarlo y defenderlo. Y la tercera, quizá la más poderosa a nivel emocional, es el arte. Frente a los datos o los discursos técnicos, experiencias culturales capaces de traducir la crisis ecológica en emociones consiguen que las personas conecten de forma mucho más profunda con la naturaleza y se impliquen más en su conservación.
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