Ben y tres amigos, vecinos de la zona, se toman la primera cerveza de la tarde-noche berlinesa en la puerta de su Späti de cabecera, a 20 metros de la zona de botellón más arraigada de Berlín que es el Admiralsbrücke, en el barrio de Kreuzberg. «Para la tercera ya nos sentamos en la acera del puente a ver la caída del sol», dice Ben, de 18 años y con un mini job como cajero de un supermercado. Lleva en bolsillo 20 euros, el equivalente a unas 10 cervezas más algún snack a precio de Späti.
En el céntrico barrio de Mitte, Eulàlia, catalana de 24 años afincada en Berlín, se toma su cerveza y unas patatas de bolsa en otro quiosco parecido, pero con mesas y bancos, junto a dos visitantes de Barcelona. «Berghain o Sisyphos están por encima de nuestras posibilidades», dice Eulàlia, en alusión al templo del tecno berlinés y a otro de los clubs ahora en alza. Del Späti de Mitte se desplazarán luego al Mauerpark, o Parque del Muro, en el barrio de Prenzlauerberg. Ahí se sumarán a cualquiera de las fiestas espontáneas que se montan en el parque.
Harry, recién llegado de Hamburgo, entra con un ramo de flores en la mano en otro Späti, esta vez en Friedrichshain, a por tabaco y «alguna botella». Va camino de una fiesta de cumpleaños donde ya le avisaron de que temen «quedarse cortos con el alcohol».
Un grupo de amigos se toman unas cervezas en un Späti de Mitte. / GEMMA CASADEVALL
Camino a las macrofiestas o al cumple privado
El Späti, o quiosco para todo, es en Berlín el punto de encuentro para todo arranque o fin de fiesta. Así es todo el año, pero en mayo se generaliza al abrirse la ronda de las macrofiestas callejeras, sea con el tumultuoso Primero de Mayo, el puente de la Ascensión o el de Pentecostés y su multitudinario Carnaval de las Culturas. Los Späti son tiendas a veces minúsculas, otras en formato algo más grande, pero siempre abarrotadas de cajas de cervezas, refrescos, vinos y alcoholes baratos, más chucherías, bolsas de patatas chips y equivalentes o hasta algún bocadillo. No siguen ninguna norma estética. Su mobiliario dominante son enormes frigoríficos para todo lo que se toma frío, más estantes para el resto de la oferta. No están autorizados a montar terrazas. Pero muchos colocan en el exterior algún banco o cajas de cerveza a modo de asiento. Que sean feos, en algún caso desabridos, caóticos o intransitables no importa. Si algo no es disuasorio en Berlín son los entornos que en español se denominarían cutres.
Tanto Ben y sus amigos, como el grupo de Eulàlia o el hamburgués de cumpleaños probablemente terminarán sus fiestas de madrugada en otro Späti. Hay unos 1.200 en Berlín, tanto en los barrios noctámbulos como en los acomodados, los precarios o los del extrarradio. En su mayoría están regentados por inmigrantes. Unos cerrarán de madrugada, otros exhiben su cartel de open las 24 horas del día.
Todo empezó con el proletariado
El término Späti procede de Spätkauf, traducible por compra tardía. Así se llamaron los pequeños comercios que existieron en el sector comunista de Berlín a partir de los años 50. Surgieron como opción para quienes o bien entraban a trabajar antes de que abrieran el supermercado o salían cuando ya había cerrado. Hasta hace unas pocas décadas, los horarios comerciales en Alemania eran de una rigidez crispante. Sobre las cuatro o a más tardar las seis de la tarde no quedaba un comercio abierto. A los ciudadanos germano-orientales les quedaba el Späti. A los occidentales, la tienda de la Tanke, la gasolinera.

Las cervezas y otras bebidas alcohólicas son el producto estrella de los Späti de la capital alemana. / GEMMA CASADEVALL
Con la caída del Muro, en 1989, el Späti germano-oriental se multiplicó por toda la ciudad. De la cincuentena existente en tiempos comunistas se saltó al millar largo actual. Ya no hacen la función de refugio, puesto que en el Berlín actual hay algunos comercios o supermercados abiertos día y noche. Pero el Späti llegó para quedarse. Es parte de la vida berlinesa, apta para todos los públicos, desde familias con bebés a peregrinos en busca de su fiesta.
Acoso burocrático
«Por aquí pasa todo el mundo: jóvenes, viejos, alemanes, no alemanes. Se sientan, hablan, toman algo. Fuman, compran un caramelo. O no compran nada. Se trata de sentarse, hablar y no estar solo» , explica Alper Baba, presidente del Späti e.V, una organización creada en 2016 para defender los intereses de sus miembros. Baba lleva 10 años al frente de su propio quiosco. Lo denomina su negocio familiar. Abre a las ocho de la mañana para vender leche, café o bollos al recién levantado y cierra sobre la medianoche.
«El Späti nos da la vida y nos la quita. Pero el enemigo no son las horas que echamos aquí, sino la administración y los alquileres que suben y suben», dice. La gentrificación acecha, pero el gran obstáculo es sortear la prohibición dictada hace unos años para abrir en domingo. Son muchas las excepciones posibles esa normativa y unos cuantos los dueños que simplemente se la saltan. «Unos abren porque dicen que venden pan y las panaderías sí pueden vender en domingo. Otros, porque venden artículos para turistas, que también está permitido. Otros no pueden con el papeleo y simplemente se arriesgan a ser multados. Hay que vivir». ¿Cumple Baba con la normativa alemana? «Claro. Casi siempre. Como todos», bromea. Desde su tienda, en el profundo Neukölln, prepara una consulta ciudadana sobre el cierre en domingo de un servicio esencial en la cultura berlinesa.
Suscríbete para seguir leyendo













