Iremos de mal a mejor. Hirokazu Kore-eda ha escrito algunos de los estudios menos complacientes sobre los lazos familiares (Un asunto de familia sigue siendo la más redonda), así como un par de fábulas interesantes sobre el sentir más allá de la vida orgánica, desde las rumiaciones en el limbo de After Life (1998) o el amorío con una muñeca hinchable en Air Doll (2009).
Con Sheep In The Box, Kore-eda pone en contacto ambos mundos rehaciendo el primer acto de la A.I. Inteligencia Artificial de Spielberg, esta fábula sobre la integración de un robot como sustituto de un niño fallecido, con la sensibilidad callada de la After Yang de Kogonada.
Kore-eda hace grandes esfuerzos por convertir este cuento sobre el duelo en una utopía tecno-humanista a escala familiar: los padres protagonistas, Haruka Ayase y Daigo relajados en los alegres clichés de la normalidad familiar, llevan el duelo de su hijo a medio digerir para cuando llega a sus manos el joven Tamagotchi humanoide al que interpreta un inexpresivo Kuwaki Rumi. Pero el cineasta tras De tal padre, tal hijo nunca plantea este regalo envenenado como una vuelta a la casilla de inicio, o la posibilidad de borrar el duelo por delante.
Para Kore-eda, no hay duelo por delante porque Sheep In The Box nunca se plantea en clave de drama. La pareja vive en una casa idílica, y disfrutan de una rutina luminosa que el niño artificial nunca pone en riesgo. Increíble hasta lo más hondo, el guion rechaza cualquier conflicto en pos de un retrato tranquilo sobre la convivencia con un hijo nuevo, que no un sustituto.
En la banda sonora, suenan cuerdas intrusivamente inspiradoras y jazz de fondo, que asfixian cualquier atisbo de inquietud y aplanan la reflexión propia a la que nos anima la epónima «oveja en la caja» de El principito. Humano: Kore-eda quiere que sonrías, que te emociones, aunque deba obligarte.
Hamaguchi pelea y nos rejuvenece
Cuando Kore-eda estrenó en Venecia su película francesa, La verdad, descubrimos que la cadencia y la sencillez japonesas, una vez expatriadas, se convierten en teatralidad y simplonería. Por ende, resulta en una paradoja total que las tres horas y media de All Of A Sudden, la película francesa de Ryusuke Hamaguchi, sean tan declamadas y superficiales como el film de Kore-eda y, sin embargo, transcurran con la ingravidez de una buena conversación entre amigas.
Heredera visible de la cotidianidad trascendente de Yasujiro Ozu, la película de Hamaguchi cuece el vínculo entre una antropóloga médica, responsable de una residencia para personas con alzhéimer (Virginie Efira), y una filósofa (Tao Okamoto) al cargo de un joven con un autismo acuciado y enferma terminal de cáncer. En la otra, ambas mujeres encuentran a una igual con la que compartir sus impresiones (el encuentro está libremente basado en una correspondencia real), eso es, las ideas pequeñas, las escondidas y las indigestas.
Tras un largo paseo que concluye en una clase magistral sobre las lógicas y consecuencias urbanas, ecológicas y sociales del capitalismo tardío –pizarra incluida–, la casa y las herramientas del amo son evidentes, ineludibles.
Sin embargo, bien lejos de la oscuridad imberbe que movía El mal no existe, hoy Hamaguchi se toma el tiempo –el suyo y el nuestro, que le entregamos con gusto– para seguir rumiando. Tres horas y media después, con la claridad formal y argumental de La ruleta de la fortuna y la fantasía (una película llana en el mejor sentido), All Of A Sudden imagina cómo estas dos mujeres brillantes podrían resolver los problemas que, en la vida de ellas, aún tienen solución. El resultado, la esperanza: salir del cine habiendo visto realizada una utopía, una de veras. Por pura humanidad, All Of A Sudden ha recibido los aplausos más largos y calurosos de esta edición.
La excelente tragedia suburbana ‘Paper Tiger’
Como el joven protagonista de la muy autobiográfica Armageddon Time, de la que originalmente iba a ser una continuación directa, también pisa el suelo quebradizo de la promesa el protagonista de Paper Tiger, Irwin, un tipo tan dulce y pasivo como parece, fabricado a molde de la suburbia estadounidense (Miller Teller).
Irwin mira a su hermano mayor Gary (Adam Driver), un expolicía divorciado que conduce un Mercedes –y su dinero, su carisma…– como el espejo en el que comparar cada una de las facetas de sí mismo que sabe justo fuera de su alcance; es decir, como el padre, el hombre y el empresario que nunca se atrevió a ser. Amonestación: quien se la juega, tiene las de ganar tanto como las de perder.
Y de ahí a la tragedia. Cuando el negocio de consultoría que apenas han montado resbala en terreno vedado de la mafia rusa, salvaje y desalmada, el corazón de Irwin señalará por culpable de todo a su hermano Gary, mientras que sus tripas le recuerdan que nadie obligó a Sísifo a volar tan cerca del sol.
En apenas unas horas, como en El cabo del miedo de Scorsese en versión ciudad-dormitorio, la familia que regentan Irwin y su esposa Hester (Scarlett Johansson) se encuentra en medio de un neonoir adrenalínico, a lo Francis Ford Coppola o Michael Mann, una película cuesta abajo que mira a su indigno protagonista a la cara mientras le pregunta: ¿de veras se cree digno del papel?
Irwin no se separa tanto del ladrón «DIY» de The Mastermind, hundiéndose en las arenas movedizas de su mediocridad mal disfrazada de heroísmo, aunque es en Edipo con quien podría compararse. Con una omnisciencia ajusticiadora, James Gray dibuja a este rey ciego ante la enfermedad terminal que su mujer le esconde, y que da a Johansson la excusa para comprimir todo el dolor del mundo en un silencio reprochante.
Pero el Edipo de saldo está ciego, ante todo, a los esfuerzos de su hermano por encajar en el hueco rígido al que lo ha condenado. En uno de sus mejores papeles en años, Adam Driver construye a un héroe de acción de verdad (alguien que lleva una pistola en la tobillera, mueve fichas y protagoniza un final digno del Heat de Mann), quien avanza desmigajándose ante las expectativas, las personales y las del juicio de su hermano. Quizás la mejor película de Gray hasta el momento, Paper Tiger duele hasta en el alma.












