Podríais pensar que es IA, pero es real. Florentino Pérez ofreció una de las ruedas de prensa más surrealistas de la historia. Una comparecencia larga, desordenada, inverosímil y por momentos cómica, en la que el presidente del Real Madrid se sentó ante los micrófonos para defender al club y acabó retratándose a sí mismo.
Su séptima rueda de prensa en 26 años. No comparecía desde 2015, cuando ratificó a Rafa Benítez como entrenador. Durante demasiado tiempo, Florentino proyectó la imagen de un dirigente poderoso, temido y casi intocable. Pero esta vez bajó al barro. Sin filtros, sin control del relato y con una frase que nos lleva directamente a otra escena reciente del fútbol español. El ya célebre “No voy a dimitir”.
Salió a “dar la cara” y a negar las “horribles” informaciones publicadas por la prensa sobre el Real Madrid. Convocó elecciones y acto seguido presentó su candidatura. Presidente de una compañía con más de 170.000 empleados y una facturación superior a los 50.000 millones. Quiso recalcar que conoce a los medios de comunicación, a sus directores y a los periodistas que trabajan en ellos, y que sigue muy de cerca lo que publican.
Con especial mención al ABC, sobre el que descargó una decepción casi personal. Anunció que se dará de baja de la suscripción “por respeto a su padre”. Más tarde lo llamó “papá”. Papá. Oír a Florentino Pérez en un contexto profesional y público refiriéndose así o diciendo “joder” fue otra de las notas discordantes.
La rueda de prensa se convirtió en un intento de ajuste de cuentas. Florentino acudió para denunciar una supuesta campaña contra el Real Madrid y contra su persona por parte de la prensa “antimadridista”. Con enfrentamientos directos, como con Rubén Cañizares, y señalamientos personales a los periodistas y medios “críticos”, también a LaLiga, el Barça, Negreira, los ultras y cualquiera que, en su imaginario, forme parte de esa gran conspiración contra el club. Todos contra el Madrid. Todos contra él.
Queda claro que no entiende la crítica como parte de la función del periodismo, sino como una amenaza que debe ser neutralizada. También aprovechó para jactarse del cierre de Relevo. Se le vio perdido entre papeles, apartando el micrófono, buscando artículos en el móvil, quitándose y poniéndose el anillo, interrumpiendo preguntas.
Especialmente graves fueron los comentarios machistas y racistas que dejaron al descubierto una forma impropia de un dirigente de esta era. Cuando quiso dar la palabra a una periodista diciendo “que pregunte esta niña, que sois todos muy feos”, no fue una anécdota simpática ni una salida campechana. Fue paternalismo. Fue condescendencia. Fue una manera de reducir a una profesional con muchos años de experiencia como Lola Hernández a una “niña”. También se refirió a otra profesional, María José Fuenteálamo, como una mujer que escribe en ABC que “no sé ni si sabe de fútbol”. El comentario machista más repetido en nuestra profesión.
También resultó profundamente desafortunada la referencia a “este señor joven con acento sudamericano, mexicano”. Un comentario innecesario, impropio y revelador. Porque no aportaba nada al fondo de la cuestión. Solo servía para señalarlo por su origen o por su acento. Y cuando un presidente del Real Madrid habla así, no es un simple desliz, es una muestra de una cultura de poder que se permite licencias que hace tiempo que no deberían estar toleradas.
Ese fue quizá el momento más revelador de la rueda de prensa. Florentino Pérez parecía estar hablando desde otro tiempo. Desde un lugar en el que el poder podía permitirse bromas machistas, comentarios racistas sin que nadie levantara la ceja. Pero esa época ya no existe. O, al menos, ya no funciona igual.
Quiso presentarse como el gran defensor de los socios, como el hombre que salvó económicamente al Real Madrid, con su propio patrimonio, quiso puntualizar. Presumió de títulos, de ser el mejor equipo de la historia y de ser el mejor presidente de la historia. Porque en su cabeza así es. Por eso desmereció la terrible temporada deportiva de un equipo que acumula demasiados fracasos. Uno de los momentos más esperpénticos fue cuando entre las grandezas que destacó, los 66 títulos y las 7 ligas robadas, quiso realzar que gracias al Real Madrid “los niños de África pueden ver el fútbol gratis”.
Lo que vimos no fue a un dirigente imbatible, sino a un señor enfadado, irritado y cansado. Un hombre desacostumbrado a la crítica pública, incapaz de comprender que los periodistas no están allí para aplaudirle ni para dejarse aleccionar. Florentino se presentó como víctima de una conspiración mediática, pero terminó ejerciendo exactamente aquello que denunciaba, presión, señalamiento y descalificación.
“Los enemigos de dentro déjemelos a mí. A los externos los tengo que denunciar”, vino a decir. La frase resume perfectamente la comparecencia. Hay enemigos. Hay que combatirlos. Hay que acabar con los malos.
Salió a despejar cualquier duda sobre su estado de salud y pretendió dar la imagen del que un día fue. Y lo hizo mal. Muy mal. Porque los mitos no suelen caer de golpe. Se erosionan. Se agrietan. Un día dejan de dar miedo. Un día la autoridad se convierte en rabieta de mal perdedor.
La viva imagen de un gánster que ya no intimida como antes. Que, como él mismo ha reconocido, recibe a diario críticas de medios supuestamente afines, filtraciones desde el propio Real Madrid y vive en un clima de desgaste interno que ya no puede controlar.
Ayer Florentino Pérez quiso demostrar que sigue mandando. Que no se va. Que no dimite. Que volverá a presentarse. Que nadie se atreve contra él. Que lo tendrán que “echar a tiros”.
Y quizá por eso la defensa era imposible. Porque no se trataba solo de explicar una mala gestión o de hacer autocrítica. Se trataba de sostener una figura. Un mito. Una manera de mandar. Y ayer, ese mito se desmontó un poco más.












